Searle, John R.;
Mind, Language, and Society. Philosophy in the real
World,
Basic Books, New York, 1998, 169 pp.
Carlos
Ortiz de Landázuri
John R. Searle, en 1997 y 1998, defendió la necesidad por
parte de la neurociencia de un lenguaje privado en primera
persona capaz de detectar la posibles disfunciones
lingüísticas aparecidas en el uso del anterior lenguaje en
tercera persona, a fin de poder determinar si su uso es
correcto o incorrecto, sano o patológico, en cada caso
concreto. A este respecto en 1997, en El misterio de la
conciencia (Searle, J. R.; El misterio de la conciencia.
Intercambios con Daniel Dennett y David J. Chalmers,
Paidós, Barcelona, 1997, 141 pp.), refutó la unilateralidad
de los anteriores argumentos materialistas de Daniel
Dennett a favor de un lenguaje objetivo en tercera persona
capaz de lograr la progresiva eliminación por parte de la
neurociencia de cualquier referencia a la mente o
conciencia subjetiva, cuando en su opinión hubiera sido
necesario llevar a cabo un análisis previo de los
presupuestos implícitos en su propia propuesta. En su
opinión, las propuestas de Dennett a favor de la
objetividad de un lenguaje neurocientiífico en tercera
persona adolecen de numerosos malentendidos que hacía
tiempo parecían erradicados del ámbito de las ciencias
antropológicas, pero que, sin embargo, ahora vuelven a
resurgir con más fuerza de mano de esta nueva ciencia. En
su opinión, Dennett no pretende explicar la conciencia o
mente humana, sino simplemente disolverla o negarla, para
sustituirla a su vez por la actividad neuronal propia del
cerebro. Todo se da por bueno con tal de conseguir este
propósito.
A este respecto, según Searle, la neurociencia de Dennett
concibe los organismos vivientes desde un conductismo
radicalizado que los reduce a en simples mecanismos
estímulo respuesta, sin apreciar la mediación de un centro
funcional básico que a su vez permitiría regular el inicial
procesamiento de aquella misma información. Por otro lado
Dennett también habría defendido una versión funcionalista
fuerte de la inteligencia artificial (AI) mediante la feliz
confluencia de cuatro factores: las máquinas cibernéticas
de von Neumann, un ilimitado conexionismo neuronal, el
virtuosismo de las series algorítmicas cifradas y los
hallazgos antropológicos respecto de los procesos
neuronales de reproducción mimética. Sin embargo su
propuesta prescinde de lo principal respecto a una posible
explicación de la conciencia: la justificación de un centro
funcional superior capaz de articular y dar un sentido
unitario a la interacción existente entre todos estos
factores, así como de detectar la aparición de disfunciones
lingüísticas en el uso del anterior lenguaje en tercera
persona.
Finalmente, Dennett habría defendido un materialismo
eliminativo que reduce la actividad de la conciencia a la
mera actividad neuronal del cerebro, haciéndola depender
exclusivamente de las entradas y salidas de información
procedente de la experiencia, expresadas a su vez en un
lenguaje en tercera persona. De este modo se habría dejado
de tener en cuenta el papel decisivo desempeñado por el
lenguaje en primera persona utilizado por la propia
conciencia para expresar su capacidad de regulación de la
respectiva actividad cerebral, como efectivamente ahora
exigiría un modelo no-reduccionista de interacción
recíproca entre mente y cerebro. De ahí que ahora se
postule la necesidad de encontrar un nuevo modelo no
reduccionista de interacción mente-cerebro, donde se
reconozca un doble influjo: por un lado, el influjo causal
que la actividad cerebral puede ejercer sobre los diversos
estados mentales; y, por otra parte, el mayor o menos
alcance intencional que de un modo indirecto los estados
mentales atribuyen a los estados cerebrales por haber sido
un factor desencadenante decisivo, una ‘conditio sine
qua non’, del establecimiento de este segundo tipo de
relación.
A este respecto Searle en 1998, en Mente, lenguaje y
sociedad, también habría dado un paso más respecto de la
anterior modelo reduccionista de Dennett. En su opinión, el
modelo de interacción mente-cerebro debe tener en cuenta
desde un principio la mutua influencia que la actividad
neuronal y la conciencia se ejercen recíprocamente entre
sí, sin pretender suplantar el peculiar papel desempeñado
por cada uno de ellos. Sólo así se podrá apreciar la
peculiar causalidad intencional indirecta que la
neurociencia debe atribuir a la actividad cerebral sobre
los estados mentales, ya que sin su concurso la conciencia
tampoco podría atribuirles un mayor o menor alcance
intencional. Se reconoce así la importancia desempeñada por
un lenguaje objetivo en tercera persona capaz de describir
la actividad cerebral desde criterios estrictamente
científicos. Sin embargo ahora también se resalta la
necesidad complementaria de un lenguaje privado en primera
persona capaz de expresar la intencionalidad meramente
causal que de un modo indirecto ahora también se atribuye a
esa misma actividad cerebral respecto de los posteriores
estados mentales que ella misma origina. Sólo así la
neurociencia podrá conmensurar la actividad cerebral y los
respectivos estados mentales, pudiendo distinguir cuando el
funcionamiento mental-cerebral es propio de un homúnculo
sano respecto de la actividad patológica propia de un
“zombi” enfermo, dando lugar a disfunciones
lingüísticas que el propio paciente es incapaz de corregir.
A este respecto Searle distingue tres tipos de
intencionalidad: la intencionalidad meramente metafórica de
aquellas relaciones causales que de un modo genérico
remiten a un antecedente o consecuente, sin
individualizarlos ni llegar a establecer entre ellos una
relación de identificación. La intencionalidad causal
indirecta que ahora se atribuye a la actividad cerebral por
poder generar diversos estados mentales que son los únicos
verdaderamente intencionales. La intencionalidad directa o
explícita, propiamente dicha, de aquellos estados mentales
que a su vez la conciencia remite a tres posibles
supuestos: o bien los distintos objetos del mundo externo,
cuando se utilizan en una primera intención; o a ellos
mismos y a su respectivo proceso de producción, incluyendo
ahora también la actividad cerebral que a su vez los ha
producido, cuando se usan de un modo reflejo en segunda
intención; o a los estados mentales que un ulterior acto de
habla pudiera producir en un posible interlocutor,
pudiéndoles otorgar así una tercera o cuarta intención aún
de mayor alcance.
Searle recurre a un ejemplo tomado a su vez de Elizabeth
Anscombe en Intentions para distinguir esta doble tipo de
intencionalidad directa y causal. En aquel caso Anscombe
recurrió al ejemplo de la lista de la compra a fin de
explicar los distintas funciones desempeñadas por la noción
de intencionalidad en la correcta aplicación de un
razonamiento práctico, distinguiendo a su vez dos supuestos
netamente distintos: la intencionalidad directa o explícita
del propio consumidor a la hora de confeccionar aquella
lista y la intencionalidad causal que aquella misma lista
podría tener para un hipotético detective que a su vez
trata de descifrar el significado que le dio el consumidor,
sin que ya en este caso se pueda hablar de una
intencionalidad explícita o directa. En ambos casos puede
hablarse de verdad o falsedad, según sea posible establecer
una correspondencia entre el estado mental y el objeto en
cada caso intencionado, pero en cada caso cambiarán las
condiciones de sentido exigidas para la correcta atribución
de una intencionalidad de este tipo.
Searle defiende su propuesta desde una epistemología
naturalizada que no admite la referencia a entidades
metafísicas ajenas a los propios procesos ahora analizados,
como en este caso sucede con el cerebro y la mente. En su
opinión, el uso meramente metafórico de la noción de
intencionalidad permite mostrar como los fenómenos
naturales están abiertos a diversos niveles de
inteligibilidad, incluyendo una referencia a una mente
capaz de comprenderlos, sin que la aparición de la
conciencia pueda verse como una anomalía en el
funcionamiento del universo, como ahora pretende el
materialismo eliminativo de Dennett. Es más, sólo si se
admite la anterior estructura de la conciencia, concebida
como la esencia de la mente, se podrá evitar la aparición
de formas de materialismo claramente regresivas, como ahora
sucede con el epifenomenismo o el propio conductismo. Se
concibe así la conciencia como un fenómeno biológico que a
su vez señala la dirección seguida por la evolución del
universo físico y por el desenvolvimiento del propio mundo
social, sin necesidad de remitirse a principios metafísicos
externos a ellos mismos. Se justifica así un realismo, una
epistemología y un mundo social naturalizado, que a su vez
permite explicar la complejidad biológica, mental y
cultural de ser humano. En su opinión, esta sería la la
metafísica naturalizada subyacente a su teoría sobre la
triple dimensión sintáctica, semántica y pragmática de los
actos de habla.
Para justificar estas conclusiones ahora se dan 6 pasos: 1)
Metafísica básica: realidad y verdad justifica la
inteligibilidad del Universo sin presuponer un principio
externo a los propios fenómenos naturales, como podría ser
Dios; 2) Cómo nosotros nos referimos al Universo: la mente
como fenómeno biológico, comprueba la génesis de dos
grandes errores al prescindir de la mente humana a la hora
de comprender el universo, como son el conductismo y el
epifenomenismo; 3) La esencia de la mente. La conciencia y
su estructura, analiza tres posibles lagunas que a su vez
ponen de manifiesto tres rasgos de la conciencia: su
capacidad intencional de apropiarse del universo, de sí
misma y de los valores propios y ajenos; 4) Cómo la mente
opera: la intencionalidad, distingue la intencionalidad
directa propia de los actos mentales respecto de la simple
intencionalidad causal propia de la actividad cerebral,
desde una epistemoloía naturalezada que a su vez rechaza un
materialismo eliminativo como el Dennett; 5) La estructura
del mundo social: cómo la mente crea una realidad social
objetiva, justifica la aparición de diversas instituciones,
como el dinero, mediante el libre juego que ahora se asigna
a la triple dimensión de la intencionalidad, respecto de
los objetos de la experiencia, respecto de sí misma y
respecto de un hipotético interlocutor; 6) Cómo opera el
lenguaje: el habla como un tipo de acción humana, comprueba
como la doble dimensión ilocutiva y perlocutiva de los
actos de habla es el presupuesto último de su anterior
teoría del significado, de la comunicación, del simbolismo
y de las reglas del lenguaje.
Para concluir una reflexión crítica. Sin duda Searle ha
mostrado como el personalismo humanista también puede
aportar una epistemología naturalizada aún más sofisticada,
capaz de otorgar al lenguaje en primera persona de la
conciencia, de la intencionalidad o del propio ejercicio
del lenguaje un papel muy decisivo en la efectiva
configuración de los procesos de interacción recíproca
entre la mente y el cerebro. De todos modos su propuesta
deja una cuestión sin responder sobre la que giró los
posteriores debates acerca de este tema: dado que la
filosofía de la mente atribuye a los estados mentales unos
niveles de intencionalidad muy superiores a los en
principio aportados por los automatismos neuronales de las
explicaciones empíricas, ¿qué tipo de interacción habría
que establecer entre la filosofía la mente y la
neurociencia a fin de hacerlas compatibles?
Carlos Ortiz de Landázuri
Universidad
de Navarra
cortiz@unav.es