Heidegger, Carta sobre el humanismo, Cuadernos taurus, Rafael Gutiérrez, 1970, Madrid

por Alejandro Rojas 

Esta breve obra de Heidegger se ha convertido ya en un clásico de todas las revistas y congresos que versan sobre el humanismo. En la mayoría de los casos refiriéndose a él como un autor antihumanista por su enfrentamiento con el humanismo clásico, sin embargo, haciendo válida la máxima de que todo buen filósofo es humanista, esta “Carta sobre el humanismo” debería ser entendida no como una obra antihumanista, sino como el empeño obstinado por que el hombre esté en libertad de asumir su humanidad, por el empeño de que el hombre no sea extraño a su esencia. Si Heidegger critica el humanismo clásico es porque lo considera insuficientemente previo, Heidegger encuentra la esencia del hombre en un lugar aún más originario: en ser interpelado por el ser de tal modo que el hombre existe como despejo del ser. Explicar este sentido de la humanidad en su filosofía es la empresa de “Carta sobre el humanismo”; una explicación que pasa por hacer ver al lector la especial relación que existe entre existente y ser (el problema, a mi entender, fundamental de la filosofía heideggeriana)

Para conseguir hacer ver al lector la relación entre existencia y ser tendrá que ir adentrándose en los siguientes temas: la esencia del pensar, la esencia del hombre, el ser, y el existir (temas que no están señalados explícitamente en la obra)

La  intención de Heidegger es dirigirnos hacia ese lugar previo del que hablábamos en el que encontremos de nuevo el camino hacia la proximidad del ser, recuperándose la cercanía entre existir y ser que ya buscaba en “Ser y Tiempo” en la noción de cuidado. Pues bien, si lo que Heidegger quiere es explicitar dicha relación lo primero que hará será pensar el pensar, y ello porque sostiene que en el pensar se consuma la relación entre el ser y el existente, siempre entendiendo que en el pensar es el existente el que es interpelado por el ser para decir la verdad del ser. El pensar es pensado, pues, como pensar del ser en el sentido de producto del ser; siendo así que el pensar del hombre es tanto como escucha. Lo contrario del pensar, y volvemos al mundo del se de “Ser y Tiempo”, es la habladuría del uno.

Pero si pensar es ser interpelado por el ser de tal modo que el Dasein como el “ahí” del ser sea entendido en su existencia como “ahí” del despejo del ser que le dirige la palabra, dicho despejo del ser es lo que expresaba la noción de cuidado en “Ser y Tiempo”, tomando ahora la forma de guarda del ser. Si en “Ser y Tiempo” el cuidado propio era la forma en la que el tiempo era concebido como horizonte de comprensión del ser, ahora, una vez radicalizada la historicidad y la escucha de la tradición, el cuidado se transformará en custodia de lo dicho por el ser. Pues es como radicalización de la historicidad como hay que entender el destino del ser. Aclaremos qué quiere decir ser.

El ser es el propio despejo, es su relación con el existente: esto significa el “se da”; el “da” nombra la esencia del ser como conceder. Ser es darse a sí mismo a lo abierto. Un darse que Heidegger concibe como destino: la historia del ser que se revela en el canto de los poetas, siendo el hombre que sabe escuchar el que vive propiamente su destino. Este hombre que sabe escuchar es el hombre que guarda el ser, una guardia que debe ser entendida como la nueva forma de cuidado de la existencia como sí-mismo. Por ello al pensar la verdad del ser estamos pensando  al mismo tiempo la humanidad del hombre, y por ello había mencionado al principio la humanidad de la filosofía de Heidegger.

Es preciso decir todavía algunas palabras acerca del ser. El ser, que hemos expresado en el párrafo anterior como destino, queda oculto. Un ocultamiento que es expresado por Heidegger como olvido de la pertenencia de los pueblos a la historia (apatriedad). Ya en “Ser y Tiempo” habló del mundo y de nuestro esencial estado cadente; se trata ahora de volver sobre este tema, pero dándole más importancia: es desde la noción del hombre como ser en el mundo desde donde se entiende que la interpelación del ser (pensar) sea interpretada como un “recordar histórico” que repare en el destino del ser, un recordar histórico que hace referencia directa a la poesía.

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