Ignacio Falgueras Salinas, Crisis y renovación de la metafísica, SPICUM, Málaga 1997.

md16260576266por Juan A. García González 

Nos  encontramos en un mal momento filosófico. El desaliento (cuando no el sin sentido) cunde entre los que cultivan la filosofía, y el repudio de toda metafísica es compartido por las nuevas generaciones que se acercan a ella. Este libro, sin embargo, nos llama la atención sobre la repetición de este fenómeno a lo largo de la historia de la filosofía. No es la primera vez que ocurre esto, ni será la última. Las hubo al final del mundo antiguo y al final de la edad media. Pero ¿por qué y cómo nos ocurre justamente a nosotros? Las raíces de nuestra crisis son muy antiguas, arrancan del s.XIII, pero la mantienen viva todavía. Concretamente, nació del desajuste entre la fe y la razón al final de la edad media, y atraviesa toda la filosofía moderna, merced al objetivismo desarrollado por ésta, como reacción al allanamiento de la razón en manos del nominalismo de Ockham. De manera que, aunque quienes hoy desesperan de la metafísica se llaman postmodernos, sólo lo son en verdad por su desaliento, no por haber superado los planteamientos de la modernidad, que es toda ella una crítica a la metafísica, pero sin desesperanza todavía.

Sin embargo, es cierto que en nuestros días la crisis se ha acentuado, ha ennegrecido sus contornos, porque la aversión hacia la metafísica se basa en la percepción de su carácter violento. Esta percepción no es falsa, aunque no está bien matizada. Se percibe hoy especialmente la violencia de la metafísica, porque la metafísica moderna lo ha sido. El método analítico tomado en préstamo a la ciencia es violento para el hombre, tan violento que la propia filosofía moderna en algunos momentos ha creído ver en la violencia el camino acertado para la liberación del hombre. La utopía es también violenta, porque vacía la verdadera esperanza. Esta especial sensibilidad de nuestra época para la violencia de la filosofía nos ofrece una ocasión sin precedentes para adentrarnos en un diagnóstico de la crisis y permite avizorar una solución para los desencantos filosóficos de los finales de época. Hoy es pertinente y posible hacerse la pregunta ¿para quién y por qué la metafísica es violenta? La respuesta del autor es la siguiente: la metafísica es violenta para el hombre, no en sí misma, ni para el mundo. La razón de su violencia radica en la reducción del orden trascendental al orden objetivo, operada por el final de la edad media y desarrollada por la filosofía moderna: la metafísica ha dejado de ser el estudio del ente en cuanto ente para convertirse en el estudio del ente en cuanto que objeto. De esta manera ha pretendido meter de lleno al sujeto humano dentro del universo de las causas y de los principios, lo mismo que habían hecho  los antiguos y hasta cierto punto los medievales; pero al revés, no haciendo al hombre una parte del universo, sino al universo una parte del hombre. Ahí radica la violencia, porque el hombre no es una causa, ni las causas dan lugar al hombre. El hombre es un extraño dentro del universo causal.

La obra propone una salida a esta situación. Discerniendo entre causar, producir y dar, indica que el único ámbito trascendental posible es el dar. El causar y el producir no permiten entender el dar. En cambio el dar permite entender tanto el causar como el producir: la causalidad se puede entender como un tipo de don, el producir como otro superior. No se ha escrito todavía (más que parcialmente) una filosofía del dar, una filosofía trascendental que verdaderamente lo sea. El dar es la condición de una verdadera libertad humana, de un tratamiento del hombre que respete su idiosincracia. La manera de superar nuestra precaria situación es desarrollar una filosofía del dar que separe antropología filosófica y metafísica, pero que al mismo tiempo las respete a cada una: el tema de la metafísica es el mundo y su dar dones; el de la antropología es el hombre y su peculiar dar el recibir.

El libro se presenta como un conjunto de investigaciones sobre el tema propuesto en su título. En concreto, está compuesto por dos investigaciones histórico-filosóficas (cc. I y IV) y dos investigaciones de filosofía primera (cc. II y III). Las indagaciones histórico-filosóficas se centran principal, aunque no exclusivamente, en la crisis de la metafísica, las de filosofía primera en su renovación.

El dato de partida es la crisis en que se halla la metafísica dentro del pensamiento moderno, entendiendo por crisis las críticas, reducciones, amputaciones y negaciones a que se ha visto sometida. El autor busca primero la justificación teórica de ese tratamiento dado por la modernidad a la metafísica y lo encuentra en la reacción objetivista de los modernos ante el problemático planteamiento tardomedieval de las relaciones razón-fe. Pero especialmente llama la atención sobre la crítica cargada de tintes dramáticos que se le dirige en nuestros días cuando se llega a acusar a la metafísica de violenta. El estudio de esta crítica, que se presenta a sí misma como final de la filosofía moderna y de todo residuo de metafísica, revela que en el fondo coincide con las que se hicieron a finales de la filosofía antigua y de la filosofía medieval respectivamente: todas ellas abocan a un abandono de la metafísica por razones antropológicas. Y es que el hombre se encuentra violento cuando se lo incluye dentro del saber metafísico, es decir, cuando es estudiado con métodos metafísicos. La propuesta del autor (que coincide con la de su maestro Leonardo Polo) es la de separar drásticamente metafísica y antropología, como ramas del saber filosófico independientes entre sí por su tema y por su método.

Para abrir camino a esta propuesta, el capítulo segundo se ocupa de establecer las diferencias o, en su caso, distinciones entre causar, producir y dar. El causar es físico, es decir, y corresponde a la esencia del mundo, el producir es humano y corresponde a la esencia del hombre, y el dar es divino y corresponde a la esencia de Dios. De este modo se corrigen planteamientos confusos y se sientan las bases para un tratamiento filosófico discernido entre sus tres grandes temas: el mundo, el hombre y Dios, a la vez que se abre camino al «dar» como gran y decisivo tema filosófico.

El capítulo tercero se centra en el estudio del problema identidad-diferencia como problema metafísico, no lógico ni antropológico. La base de la renovación de la metafísica se cifra precisamente en entender que la identidad no es diferente de nada y que la diferencia es lo diferente o inidéntico. El mundo es la diferencia diferente, la cual fue expuesta magistralmente por Tomás de Aquino como diferencia ser-esencia. El ser del mundo se subordina al dar divino y se analiza en las causas.

Si cupiera resumir en un párrafo el resultado de tales indagaciones, podría decirse lo siguiente: la crisis a que ha llegado la metafísica a la altura de nuestro tiempo exige una renovación radical de sus planteamientos: sin dejar de ser un saber primero, la metafísica no debe pretender abarcar a la antropología filosófica. Ambas pueden y deben coexistir como saberes primeros diferentes. La posibilidad de esa coexistencia se cifra en que, atribuyendo a cada una lo suyo (dar dones y dar el recibir, respectivamente), ambas sean aunadas desde una filosofía del dar puro (Dios), que sería el saber primero compatible con todo. Desde ella se pueden replantear las relaciones razón-fe de una manera por completo distinta de como se hizo a finales de la edad media y superar el objetivismo dominante en el pensamiento moderno, de manera que el hombre no vuelva a sentirse violentado ni por la teología ni por la metafísica. Y, al mismo tiempo, desde ella cabe reservar para la metafísica la investigación de la diferencia diferente o pura (el ser y la esencia del mundo).

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