POLO, Leonardo, Curso de Teoría del Conocimiento, IV (primera parte), Eunsa, Pamplona, 1994, 421 pp.

por Juan A. García González

La publicación del pensamiento de Polo ha tenido en su secuencia temporal una curiosidad que a mi juicio muestra la laboriosidad de su autor. Se trata de lo siguiente: en la presentación de su filosofema más característico -la limitación de la mente humana- hecha en un libro del año 1964, se prometieron cuatro volúmenes en los que se desarrollarían las cuatro dimensiones del novedoso abandono del límite mental; pero sólo vio la luz el primero en el año 1966. Lo que a continuación se nos dió no fueron los tres siguientes volúmenes prometidos, sino otra cosa mejor. Después de veinte años de espera aparecieron entre 1984 y 1988 tres volúmenes de un curso de teoría del conocimiento, que justificaban y verificaban con una mayor amplitud de miras y una más madura exposición la anterior propuesta de un límite para la mente humana y la posibilidad de su abandono. A esos tres volúmenes debía acompañar un cuarto, que nuevamente se hizo esperar. Ahora, diez años después del primer volumen, aparece ese cuarto tomo de la teoría del conocimiento; pero como ya sucediera otra vez, el retraso se compensa con el hecho de ofrecer mucho más de lo que se prometió. Y es que ciertamente, este cuarto tomo de la teoría del conocimiento es algo más que una mera parte de un manual de gnoseología. Si yo hubiera de precisar ese algo más, destacaría tres cosas. De una parte constituye la exposición de la segunda dimensión del abandono del límite mental, tal y como nos lo propone Polo; es, por tanto, un desarrollo de su filosofía ya anunciado en 1964. En segundo lugar, es efectivamente la exposición de una parte -de la parte que faltaba- de la teoría del conocimiento humano: la exposición de la razón humana, de las operaciones unificantes, y de los hábitos racionales hasta el hábito de los primeros principios. Pero además, en un tercer pero no menos importante lugar, es un libro de física, de física filosófica: una exposición de cómo entiende el hombre la naturaleza física, sustancias y movimientos, los seres vivos y sus funciones vitales, etc. No es extraño, por tanto, que este cuarto volumen de la teoría del conocimiento se haya tenido que escindir en dos: la parte A, que acaba de salir, y la parte B, ya en prensa. Todo ello sirve como indicativo de que no va a encontrar el lector un texto de fácil lectura, sino por el contrario materia de mucho estudio y meditación.
No tendría yo demasiado inconveniente en afirmar que este cuarto tomo de la teoría del conocimiento es la obra más importante de Polo, como un legado de madurez en su jubilación académica; al menos, es la obra que más precisiones comporta, como corresponde al haber sido muy trabajada (soy testigo -porque los mecanografié- de cómo Polo escribía ya en el año 1980 los primeros ensayos de redacción de este libro). Por ello resulta difícil entresacar algunas de sus aportaciones; la impresión que produce una rápida lectura del libro es la de un exceso: multitud de cuestiones tratadas. Desde el campo de la filosofía de la naturaleza, por ejemplo, estoy seguro de que los estudiosos agradecerán muchas de las sugerencias polianas, como las ideas de retraso temporal (anticipación), o de reserva de la materia con que Polo ilustra el llamado principio de su conservación; pero desde el campo de la lógica, se sugieren también múltiples observaciones, destacando entre ellas el alto lugar que se concede a las matemáticas como modo de conocimiento; y lo mismo podríamos decir respecto de la psicología, a la que seguro interesa la distinción entre las intencionalidades de la sensación, imaginación y pensamiento, bien descritas por Polo; etc. En suma, una cantidad de doctrina realmente incontable. Sin embargo, yendo al fondo argumentativo del libro creo que se puede reducir lo que Polo nos ofrece en esta obra a algunas nociones o cuestiones básicas que tal vez valga la pena reseñar.
Desde el punto de vista gnoseológico, este cuarto tomo de la teoría del conocimiento constituye la propuesta formal del modo como los hábitos intervienen en el crecimiento cognoscitivo de la inteligencia humana: el hábito es, estrictamente, la iluminación de la operación cognoscitiva: el conocimiento no reflexivo del conocer. A mi juicio, esta importante incorporación de la noción de hábito a la teoría del conocimiento permite la síntesis de la crítica moderna -interesada por el conocer- y la gnoseología clásica -atenta más bien a lo conocido-, y hace posible así finalmente dar respuesta a la pregunta por cómo se conoce el ser, con que un idealista podría objetar a un realista objetivo.
Desde el punto de vista temático, lo que en este libro se dice acerca de la naturaleza es el ajuste necesario que la física de Aristóteles necesita para convertirse en interlocutor válido de nuestra ciencia actual. Por comparación con otros intentos que en tal sentido nos ofrece la historia de la filosofía reciente, hay que destacar la precisa manera poliana de recuperar las nociones aristotélicas de elemento, ciclo de transformaciones entre sustancias elementales, movimiento circular como causa de tales transformaciones, etc., así como su incorporación de la biología aristotélica. Por tanto, no sólo un mantenimiento de las nociones o principios más radicales -valga decir, la materia y la forma, o las causas-, sino de todo el entramado de una física teórica, bien que ajustada en lo necesario (y en algunos casos tanto, que un genuino aristotélico rechazaría tales ajustes). Especial relieve tiene, en este sentido, la rectificación del lugar que Aristóteles concede a la circunferencia como forma de un movimiento -clave de su preterido geocentrismo-; pero lo cierto es que sin ella, la naturaleza inerte no se entiende completamente. Notable también, desde la perspectiva de la filosofía clásica, la reducción poliana de las categorías a las causas.
Finalmente, en atención a la inspiración estrictamente poliana -que, por lo demás, constituye el nervio que aglutina todos los demás puntos de vista- entiendo que la noción a que hay que atender es la de explicitación. Con ella se pretende formular el modo como la razón humana alcanza a conocer la realidad física por encima de su propia limitación. En esa línea, hay que notar que la explicitación no es una tarea mental, sino adscrita a las propias causas: encomendada por la mente a ellas. De resultas, el conocimiento de las causas no es objetivo: las causas no son objeto de la razón, sino principios extramentales. Por eso, entre ellas y la mente se establece una pugna que la razón compensa objetivamente; pero los objetos de la razón (conceptos, juicios y demostraciones) son consolidaciones lógicas de esa compensación y no el conocimiento de las causas, que es inobjetivo. Repito, lo notable -y a mi entender guía para comprender el planteamiento poliano- es que la explicitación no es ejercida por la razón en tanto que operación mental conmensurada con objetos, sino que son las causas las que se explicitan en pugna con la razón, y en pugna que no siempre la razón puede compensar.
Semejante planteamiento permite entrever, desde el punto de vista de la realidad conocida, que la manifestación del ente (Polo prefiere hablar de esencia, mejor que de ente) no es un acontecimiento eventual, como la tradición heideggeriana nos está sugiriendo actualmente, pues si bien no se reduce a la lógica humana (el idealismo exigía esta reducción), sin embargo tampoco se produce al margen de la humana razón, sino de acuerdo con ella, o en correspondencia con ella.
Por otro lado, desde el punto de vista del cognoscente humano, la noción de explicitación establece con precisión la diferencia entre los objetos lógicos de la razón, con su peculiar intencionalidad, y el conocimiento de la realidad causal que el hombre puede lograr al razonar, y que no es intencional. En tal distinción radica la que Polo ha llamado con acierto “amenaza de ignorancia”. Si el hombre no nota la finitud de su conocer, impide que resalte la concausalidad explícita, y entonces el conocimiento racional de la realidad sucumbe a la amenzado de ignorancia, a saber: ignorar el sentido principial de la realidad, o el estricto sentido en que es real la realidad física.
Por tanto, no sólo es que la teoría del conocimiento poliana proceda a un ajuste técnico entre los diferentes planteamientos metafísicos, mediante el recurso de distinguir las operaciones intelectuales empleadas preferentemente; ni es sólo que cifre en la objetividad intencional de la razón el lastre que caracteriza a lo que denomina “metafísica prematura”; sino de algo más radical e importante: la posibilidad de que el saber humano se falsee en cuanto que tal por no detectar su propia limitación. El inverso de aquella docta ignorancia del Cusano viene a ser ahora ese ignorante saber que amenaza a la razón humana, en último término, si confunde causas con razones.
Finalmente, para los polianos, un punto de evolución en la formulación de esta filosofía: en este libro se presenta la segunda dimensión del abandono del límite mental como gradual y cuya culminación es la primera dimensión de dicho abandono. El límite mental se nota ya en los hábitos que permiten las operaciones racionales, y progresivamente más, hasta que se detecta en condiciones tales que cabe abandonarlo, es decir, en el hábito de los primeros principios, hábito al que no siguen operaciones. Por tanto no son dos dimensiones del abandono del límite separadas o inconexas, ni en ellas se abandona por igual el límite mental. Esto Polo no lo había dicho así antes.

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