POLO, Leonardo: Introducción a la filosofía, Eunsa, Pamplona 1995; 229 pp. (Colección filosófica, nº 91).

 

41GJTX0fADL._SX337_BO1,204,203,200_por Juan A. García González

El profesor Polo nos presenta en esta última obra suya una introducción a la filosofía que puede quizás caracterizarse inicialmente por tres rasgos:
– por estar escrita en un lenguaje asequible, sin desarrollos eruditos de las cuestiones apuntadas, etc. como corresponde al hecho de que este libro procede de la transcripción de clases orales dictadas a alumnos de primer curso de la licenciatura de filosofía (p. 9);
– por estar avalada por los cuarenta años de dedicación a la docencia e investigación filosófica del autor, que así queda responsablemente comprometido con ella: esta obra queda marcada por mi propio ejercicio filosófico (p. 9);
– y por estructurarse en torno a la filosofía de Aristóteles; pues la obra se divide en tres partes: la filosofía hasta Aristóteles, Aristóteles (la filosofía como ciencia), y más allá de Aristóteles. Tomar el pensamiento de Aristóteles como interlocutor para acercarse a la filosofía responde a una antigua convicción del autor: el estagirita es el punto de referencia inexcusable en un estudio introductorio de la filosofía (p. 10).
Enmarcada así, esta Introducción a la filosofía se divide en 21 capítulos en los que el autor examina tanto cuestiones relativas a la metafísica -la verdad y el ser, la potencia y el acto, etc.-, como otras relativas al surgimiento de las ciencias positivas desde la filosofía -particularmente de la física y la biología-, así como también cuestiones antropológicas -la ética, la historia, la libertad- y teológicas -Dios como causa y Dios providente, el ateísmo moderno, etc.-. En suma, una introducción a la filosofía muy abierta desde el punto de vista temático, pues el autor se interesa además por asuntos habitualmente separados de la actividad filosófica, como puedan ser la cibernética, el cálculo matemático, o los modernos problemas ecológicos y del orden internacional, etc.
Esta apertura temática resalta tanto más cuanto que se había fijado el quicio de la obra en el pensamiento de Aristóteles. De aquí que el lector atento no sólo se interese por las abundantes sugerencias para acercarse a la filosofía desde esa gran variedad de campos, sino además por las claves con las que el autor ha leído a Aristóteles. Si todo juicio trasluce la personalidad del juez, éste sobre Aristóteles -se juzga en qué situación fragua su filosofía, hasta dónde llega, y qué deja sin resolver- nos sirve también para entender la panorámica desde la que el autor ve a Aristóteles y desde la que escribe a partir de él. Es relevante este juicio a Aristóteles, si atendemos a la trayectoria intelectual de Leonardo Polo, porque explica ese compromiso personal antes mencionado. Intentaré ahora señalar la clave latente -o a veces muy patente- con que ha sido construída desde Aristóteles esta Introducción a la filosofía.
Se trata, fundamentalmente, de considerar como la más central aportación aristotélica a la filosofía -el descubrimiento más importante de Aristóteles- la noción de energeia, o praxis teleia: el descubrimiento aristotélico del acto (pp. 66-7). En esta apreciación tiene que ver la propia filosofía de Polo, que muy tempranamente señaló un límite de la mente humana; porque con el tiempo Polo llegó a comprender que ese límite es precisamente la energeia, la operación cognoscitiva intelectual, por cuanto conmensurada con su objeto; y así lo formuló de una manera axiomática en su teoría del conocimiento.
Desde esta posición central se llena de contenido el comienzo de la filosofía en la admiración: al admirarse se vislumbra lo extratemporal, lo actual (p. 29); surge así la filosofía primera (cc. 1-3). Y entonces, la pluralidad de saberes filosóficos segundos, que históricamente han constituído las ciencias positivas, se interpreta como una extensión de la filosofía al tiempo, a los asuntos temporales. También desde aquella posición se lee a Platón como quien dejó irresuelto el problema del conocimiento (c. 4): la aporía de la ciencia en sí, la koinonía, o su célebre cuestión de diferenciar al hombre despierto del dormido (Teeteto, Eutidemo). Y también desde esa susodicha posición se prioriza la pluralidad aristotélica de sentidos del ser: el ente en cuanto verdadero y el ente real son las dos maneras primariamente distintas de decir el ente (p. 78); lo que conlleva la debilidad teórica del concepto de entelecheia, la actualidad de la ousia (la forma real es potencial, si se admite la distinción real essentia-esse, p. 78).
En segundo lugar, la filosofía se extiende al tiempo: es la articulación de filosofía primera y saberes segundos que establece Aristóteles; relación que se torna conflictiva en la filosofía moderna ante el despliegue de la llamada razón científica (cc. 7 y 8). Pero si la conexión depende de la actualidad de la energeia, en ella estará también la solución del conflicto planteado por las ciencias. Nos propone Polo que no es rigurosamente válida la idea de una evolución desde la filosofía antigua a la ciencia moderna, pues sienta un divorcio entre ambas. En su lugar, Polo encuentra un denominador común en las distintas visiones del cosmos que el hombre ha ido formulando en la historia: el principio antrópico (a cuyo examen dedica el c. 9); el principio antrópico exige al universo estar hecho de tal manera que se corresponda con la dotación cognoscitiva del hombre (p. 106). Pero resulta que la distinción entre la energeia cognoscitiva y el acto de ser real reduce el alcance de aquél principio, por lo que es menester señalar que en lugar de revoluciones científicas, lo que hay es un intervalo entre la visión filosófica y su reposición (p. 110). Frente al principio antrópico, Polo sostiene que nuestro conocimiento del universo es un conocimiento de causas y principios primeros (c. 10).
En tercer lugar, dos precisiones acerca del valor de la biología y lógica aristotélicas (cc. 11 y 12). La biología aristotélica tiene grandes errores en lo que a fisiología y anatomía se refiere. Pero el mismo Aristóteles es consciente de utilizar en ellas una lógica analógica, a la que no concede un valor de certeza (p. 149); fueron aristotélicos posteriores quienes aceptaron dogmáticamente lo que no eran más que opiniones acerca de estos temas. En cambio, el concepto de vida -manifiesto porque la energeia es operación vital- sí fue certeramente formulado por el estagirita; y, puesto en diálogo con la ciencia actual, permite sugerencias atendibles; como la de entender de distinto modo el código genético: que no es simplemente un mapa, sino la coordinación de unidades informáticas (p. 137); a su vez, esta observación permite afrontar el tema de la evolución, al que Aristóteles no atendió. Por su parte, respecto de la lógica aristotélica la observación de Polo es algo más novedosa: señala que se entiende de distinta manera según el libro del Organon que se considere primario (p. 141); con ello se flexibiliza notablemente la lógica aristotélica, frente al formalismo con que la recibimos habitualmente; pero desde Aristóteles hay que defender que no hay lógica, sino lógicas (p. 153). Y así en este libro Polo valora mucho el papel de la tópica, la retórica y la poética, así como la lógica analógica antes aludida; igualmente, discierne una pluralidad en el seno de la lógica inventiva: la abstracción alógica es diferente de la epagogé sistémica, y de la contemplación intuitiva del cosmos.
Finalmente la antropología aristotélica (cc. 13 y 14). Desde la noción de energeia se puede entender al hombre como el único ser que tiene (p. 155); y cabe además distinguir la tenencia propia de la praxis teleia, de aquellas otras posesiones corpóreas del hombre, y también del nivel superior de posesión que son los hábitos (p. 164). Pero la antropología de Aristóteles es limitada; básicamente le faltan una filosofía de la persona (es patente que la persona no se puede reducir al ente griego, p. 227) y una filosofía de la historia (p. 193). No son los únicos temas ausentes en la filosofía aristotélica (Polo habla también de la matemática no lineal, c. 15, y de Dios como persona, no sólo como ser primero), pero sí son temas que tienen que ver con la libertad, y con la orientación subjetivista de la filosofía moderna a la que un aristotélico debe responder.
Por eso, en los últimos capítulos del libro Polo atiende a la persona y a la historia. Ante todo, la situación del hombre se caracteriza por su complejidad; tampoco el estudio de la historia es ajeno al tema de la complejidad (p. 208). Por su parte, la libertad comporta contingencia, y los acontecimientos que de ella dependen -y ella misma- son accidentales, según Aristóteles. Pero la complejidad y la contingencia apelan a una razón profunda, que la inteligencia humana carece de criterios para medir: la providencia divina; si Dios cuida de todo, hay sitio para una filosofía de la historia (p. 209), en otro caso no. Pero entonces la libertad es radicalmente filial, no un ens per accidens; en definitiva, al hombre le es posible decir: soy, exclusivamente porque Dios ha querido que sea (p. 211); y por esto, ser libre es también ser requerido (p. 223), estar abierto a un destino personal. Con esta libertad filial y destinal la noción de persona se constituye en una ampliación de la filosofía en lo más propiamente suyo: la consideración de lo radical (p. 227): ser persona no es sólo ser dueño de los propios actos, sino radicalmente ser una intimidad apta para encontrarse con otra.

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