BARBER, Benjamin, El imperio del miedo, Paidós, Barcelona, 2004, 203 pp..

por Alejandro Fernández Meneses

La obra de Barber, que aquí reseño, es una crítica bien fundamentada por parte del autor hacia la estrategia maquiaveliana seguida por los Estados Unidos de Bush. También denominada como “guerra preventiva”, consistiría en la instauración del imperio del miedo según la fuerza militar de Estados Unidos. Su objetivo es, pues, la “pax americana” mediante el uso del miedo y del terror, las armas propias del terrorismo del siglo XXI que se rebeló en los atentados de New York el pasado 11 de septiembre del año 2001. Frente a esta medida poco fiable y sólo válida a corto plazo, Barber establece la “democracia preventiva”, o estrategia amparada en la legalidad y el Derecho internacional. Dicha estrategia pretende establecer la democracia, lo cual se consigue a largo plazo porque lleva consigo un trabajo cívico intenso y un desarrollo económico. Esto es, la implantación de dicho régimen político conlleva una consolidación de los derechos y una base educativa que en la actualidad no existe en la Irak hobbesiana, por ejemplo. Veamos un poco más detenidamente cómo argumenta Barber el fracaso de la guerra preventiva, apostando en un futuro lejano por la democracia preventiva.

   Barber, sin plantearse la cuestión de que Estados Unidos pueda o no desarrollar nuevas estrategias de guerra preventiva, entiende que tales estrategias no son efectivas para proteger al país del terrorismo. Dicha estrategia maquiaveliana, que prioriza el miedo para conseguir obediencia o sumisión pero no consigue una seguridad duradera, invita al fracaso porque genera una guerra inacabable cuando, en realidad, su objetivo era establecer una seguridad internacional fiable. Por lo tanto, la estrategia maquiaveliana de Bush es infructífera, pues no consigue Estados Unidos realizar una política exitosa, habida cuenta de que no usa exitosamente el poder. Efectivamente, la estrategia defendida por Bush y Rumsfeld no consigue la estabilidad y la seguridad internacional usando como tácticas el miedo y la guerra. En todo caso, Estados Unidos acaba generando el mismo terror que generaba el terrorismo de Al-Qaeda, convirtiéndose la propia potencia salvadora en una potencia beligerante muy temida la cual ya ha tenido respuestas desafiantes. Piénsese en la tenencia de una bomba atómica por parte de Corea del Norte.

   En cuanto a la alternativa de la democracia preventiva, defendida por Barber, ésta requiere un largo tiempo de instauración, pues la democracia no es un fin sino un proceso continuo que necesita de la educación para inculcar la fundamentación teórica de la democracia. Esta estrategia actúa sobre entidades no estatales, como las redes y organizaciones del terrorismo (formación y armamento), en vez del Estado. Como se sabe, la Doctrina Bush consiguió derrocar el “Leviatán” que había en Irak. Es decir, adaptando la terminología hobbesiana, con la intervención del ejército norteamericano en Irak se consiguió eliminar el fuerte Estado que existía con Sadam Hussein a la cabeza. Pero, cometiendo el error de tratar de exportar el modelo de democracia norteamericano (basado en el capitalismo y en la economía de mercado), en realidad, no sustituyó el antiguo Leviatán por otro renovado Leviatán. De tal manera que el estado de naturaleza que preconizaba Hobbes (la anarquía) está instaurado allí, que se traduce en miedo, inseguridad, ausencia de autoridad. Y es que, a juicio de Barber, la eliminación del Estado no acaba con el terrorismo ya que, aunque éstos reciban apoyos económicos por parte de algunos Estados asiáticos, no dependen de éstos, sino de sus bases organizativas que es donde se instruye marcial y psicológicamente a los terroristas. En definitiva, a juicio de Barber la democracia requiere una profunda educación cívica, algo que ha sido  desdeñado por Occidentes, dejando un vacío que los fundamentalistas islámicos se muestran dispuestos a llenar. He aquí la clave para comprender el fracaso de la instauración de la democracia occidental en los Estados islámicos de manera inminente. En otras palabras, es algo que debe alcanzar por sí misma la sociedad islámica, pues cualquier intento externo, incluso con las mejores intenciones, conduce al fracaso a corto plazo.

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