BOGHOSSIAN, Paul; PEACOCKE, Christopher; New Essays on the A Priori, Clarendon, Oxford University, 2000, 478 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Nuevos ensayos sobre el ‘a priori’ reune un conjunto de artículos donde se revisa la tesis kantiana de la aprioridad del conocimiento. Para Paul Boghossian y Christopher Peacocke resulta difícil negar la evidencia de la aprioridad del conocimiento, aunque es mucho más discutible si se le debe asignar la validez, el sentido y la verdad que les atribuyó Kant. En este sentido el método analítico ha aceptado la presencia irreflexiva en la propia experiencia sensible de diversos elementos aprióricos de validez indiscutible, ya se trate de nociones teóricas o empíricas, atribuyéndoles un valor inicial específico con independendencia de la información suministrada por propia experiencia sensible, y de la posible justificación posterior mediante un método de prueba adecuado, ya sea inductivo o deductivo. Pero es muy distinto la noción de ‘a priori’ en Kant a partir de un análisis de la necesidad interna de una intuición sensible respecto al uso que de esta misma noción hará después Frege, Quine, Strawson o Kripke, donde ya la noción de ‘a priori’ se asocia a diversos tipos de necesidad, dando lugar a diversos tipos de aprioridad sensible e intelectual, aunque se sigue manteniendo la exigencia de localizar un fundamento adecuado verdaderamente independiente de la propia experiencia, ya sea de tipo psicológico, ontológico o simplemente cultural.
Por ejemplo, Quine tuvo una concepción semiótica de lo ‘a priori’ exigiendo una justificación estricta por tratarse de un requisito lógico, semiótico o simplemente ontológico de los respectivos procesos de comprensión recíproca, sin atribuirles ya un valor transcendental de tipo kantiano, sino más bien en virtud del tipo de prueba por la que en cada caso se justifican. En cambio Wittgenstein defendió una concepción pragmática de lo ‘a priori’, exigiendo una justificación en virtud del uso de las reglas del juego del lenguaje admitidas en el mundo de la vida, sin que las diferencias entre ambas propuestas fueran triviales. A este respecto Quine exige al ‘a priori’ una justificación a partir exclusivamente del significado de las proposiciones, a fin de evitar una justificación meramente pragmatista o utilitarista del progreso de la ciencia. En cambio Wittgenstein exige tener en cuenta la totalidad de las relaciones que el uso de esa proposición mantiene con el mundo de la vida al cual se remite, valorando lo ‘a priori’ en razón del juego del lenguaje al que en cada caso se remite, pero desbordando ya claramente el marco exclusivamente semiótico en el que Quine sitúa esta noción. Por su parte Peacoke parece defender un racionalismo moderado que va más allá de Quine, admitiendo otro tipo de pruebas pragmáticas acerca de lo ‘a priori’ al modo de Wittgenstein. Sin embargo es aquí donde las propuestas de Peacocke plantean un interrogante: ¿Realmente el uso pragmático que Wittgenstein hizo de lo ‘a priori’ supuso un alejamiento aún mayor del uso transcendentalista kantiano, como ahora al parecer se sugiere, o en realidad fue la forma más adecuada y legítima de seguir defendiéndolo, sin cerrar el paso al enigmático ‘noumeno’ o cosa en sí’.

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