DANTO, Arthur, La Madonna del Futuro. Ensayos en un mundo del arte plural, Paidós, Barcelona, 2003, 503 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

El giro semiótico de la filosofía analítica en el modo de justificar sus propios presupuestos ha tenido numerosas consecuencias en teoría del arte. Según Danto, este giro ha dado lugar a una crisis generalizada en el modo de justificar los procesos creativos por parte del arte contemporáneo, dando lugar a una ruptura con los cánones ilusionistas del arte clásico, con una consecuencia importante: se ha abordado la creatividad artística con un talante más autocrítico a fin de delimitar con más precisión cuáles son los límites, las posibilidades y los presupuestos de estos mismos procesos expresivos, aunque con un rasgo común: no se trata de reeditar un proyecto fundamentalista a fin de justificar de un modo aún más autocrítico unos nuevos cánones de belleza, sustituyéndolos por otros aún más sofísticados, pero con pretensiones similares, cuando ahora más bien se pretende justificar la función desconstructivo de la actividad artística. En su opinión, fue Duchamp el primero que ‘introdujo la reflexión filosófica en el corazón del discurso artístico’ (p. 13), al plantear de un modo muy directo la pregunta sobre que añade el objeto artístico a un simple objeto vulgar, como ahora sucede con sus vulgares ‘ready-maders’ que en nada se diferencian a los objetos de uso cotidiano, al igual que despúes sucederá con las cajas de estropajo Brillo de Warhol, o como ahora sucede con el modo como Russell Connor proyectó la ‘Madonna del futuro’, donde un rostro de mujer se proyecta sobre un CD-Rom en vez de sobre el tondo de un vulgar barril, como según algunos interpretes sucedía en la Madonna de la Seggiola de Rafael, ahora tomada como la ‘Madonna del pasado’.
A partir de estos presupuestos se recogen 48 crónicas publicadas a partir de 1993 en ‘The Nation’, destacando las aportaciones de artistas del siglo XX, como Lucien Freud, Salvador Dalí, Picasso, Jaspers Johns, Rothko, Pollok, Ray Johnson, Warhol, o clásicos, como Vermeer, Tiepolo, señalando los marcados contrastes en el modo de entender la creatividad artística. Se pone de manifiesto así el triunfo de la Escuela de Nueva York, aunque irónicamente se trate de un arte efímero donde prevalecen los cánones transitorios con unos propósitos analíticos y contraculturales muy claros, a fin de provocar una actitud transgresora dirigida a replantear una vez más la pregunta: ¿qué es el arte?, sin tampoco aportar una respuesta definitiva. A este respecto Danto admite una posible continuidad entre el arte primitivo, el clásico y el llamado arte ‘moderno’, incluido el contemporáneo, siguiendo a su vez las propuestas del segundo Wittgenstein, a saber: en estos casos las diferentes formas de entender la creatividad artística se deben al uso de diferentes juegos del lenguaje, sin pretender localizar un hilo conductor o un ‘aire de familia’ común a todos ellos desde una actitud tremendamente fundamentalista, cuando en la práctica sigue siendo necesaria una contraposición con el canon de belleza autodenominado clásico, aunque sólo sea para marcar la diferencia.
Para concluir una reflexión crítica: para Danto la ruptura del arte contemporáneo con los cánones clásicos ha generado un proceso positivo de mayor reflexión filosófica sobre la naturaleza del arte, que de este modo se inserta en el propio proceso de creatividad artística, sin considerarlo ya como una simple prolongación caprichosa. Hasta el punto que hoy día estos mismos procesos creativos se hacen ininteligibles si no se presupone en el espectador una actitud transgresora similar a la que hace gala el artista cuando utiliza la creatividad artística para llevar a cabo un tipo de reflexiones filosóficas aparentemente desorbitadas. Sin embargo ya Gombrich en la polémica que mantuvo con Goodman a este respecto criticó a Wittgenstein la pretensión de resolver por recurso a la semiótica o al mero simbolismo lo que requeriría una justificación específica de los respectivos procesos de creatividad artística, ya se refieran al logro de una ilusión figurativa, como fue su caso, o a la provocación de un proceso reflexivo de este tipo, como ahora parece ser el caso. A este respecto las tesis de Danto obligan a plantear una cuestión más decisiva: ¿Este proceso de mayor reflexión autorreferencial de los procesos generados por la propia creatividad artística ha supuesto una mayor profundización en la comprensión de una posible evolución de los estilos artísticos, o sólo ha generado un proceso de creciente dispersión sin que haya ninguna posibilidad de localizar un criterio unificador en toda esta proliferación de cánones de belleza, como al parecer generó la así llamada Escuela de Nueva York?

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