del AGUILA, Rafael; Sócrates furioso. El pensador y la ciudad, Anagrama, Barcelona, 2004, 232 pp.

por Alejandro Fernández Meneses

Rafael Del Águila es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Su especialidad es la Teoría Política donde ha publicado importantes trabajos sobre Maquiavelo, el comunitarismo de Walzer, el liberalismo pragmático de Rorty, etc.

En esta obra el autor nos propone un análisis de la falacia socrática que él observa cuando Sócrates sostenía, según Platón, que el pensamiento conducía al bien, pues el bien producía siempre el bien y, por su parte, el mal siempre producía el mal. Dicho análisis se condensa en los cuatro capítulos (más el capítulo introductorio) que componen la obra que, en resumen, se refieren a las siguientes cuestiones: en qué consiste la actividad de pensar en oposición –aparente- contra la actividad política de la ciudad, primeramente; una referencia al poder, en principio considerado como algo malo, como medio para dirigir la convivencia cívica, en segundo lugar; y, finalmente, la inversión de la falacia socrática por parte del filósofo italiano Maquiavelo.

En el capítulo introductorio Del Águila nos contextualiza el tema de su obra. Primeramente nos justifica el título de la obra, pues con ello trata de expresar la furia del logos que se indigna ante la resistencia del mundo a dejarse moldear por la palabra. En ese sentido, es una furia buena pero que debe moldearse. Y Sócrates es el ejemplo de los encuentros y desencuentros que se producen entre el pensar y el mundo, es decir, las tensiones habidas entre el pensador y la ciudad. Nos indica en qué consiste la falacia socrática, la cual es analizada en los capítulos posteriores.

El capítulo primero es una presentación de Sócrates, su biografía y la consideración que se tenía de él en su época. Según Del Águila, Sócrates era un político activo aunque se hubiese alejado de las instituciones políticas: es decir, ejerció una actividad cívica mediante la transformación individual de los ciudadanos a través del pensamiento y la palabra, con el fin de procurar una ciudad más virtuosa y justa (p. 58).

El capítulo segundo el autor analiza en qué consiste la falacia socrática que él advierte, afirmando que ésta se basa, erróneamente, en asegurar que la actividad reflexiva  produce siempre buenos efectos para la ciudad. Esto es, la acción moralmente buena o correcta es siempre provechosa políticamente. Según Del Águila, admitir esto nos conduciría a afirmar tres sueños o visiones utópicas, a saber: primero, se entendería que el pensamiento es el remedio contra el mal; segundo, confiar el gobierno a las personas sabias significaría una ausencia de orden y disciplina política; y, en tercer lugar, alentaría una ciudad que no es una ciudad propiamente dicha, pues este planteamiento ignora los inconvenientes y los costes que una ciudad implica, eliminando la injusticia y la mundanidad imperfecta. De manera que en toda ciudad hay un trabajo cívico que realizar, consistente en el cuidado del grupo (y de uno mismo), en limitar lo tolerable, debatir acerca del bien común, etc.

Por otra parte, nos ofrece una caracterización del poder político, el cual es visto tradicionalmente como un mal, pero es un mal necesario. Sin embargo, ello no impide que deba ser controlado: efectivamente, ya que no siempre cumple correctamente sus funciones, es decir, evitar que los malvados hagan daño y asegurar la paz y la convivencia, entonces el poder político debe someterse al consentimiento de los obedientes, haciéndolo sensible a nuestros intereses mediante nuestros representantes y las leyes. En esta visión de la función del poder político, De Águila reconoce su influencia hobbesiana y maquiaveliana. Respecto a la doctrina hobbesiana, Del Águila afirma que la vida en común tiene un coste, dado que la libertad no es un bien que surja de la sociedad humana espontáneamente (p.152). En cuanto al pensamiento maquiaveliano, acepta la tesis de que el mal es innato en el hombre, ya que el mal no puede ser erradicado en la humanidad y lo único que se puede hacer es cultivar una virtud que permita una política audaz del mal menor. Esto es, a juicio del autor, una política del mal menor no supone, al menos necesariamente, que se quiere hacer el mal: simplemente mantiene la irreductibilidad del mal en el hombre (p.151).

En el capítulo tercero, primero nos explica el autor de qué manera el pensamiento puede contribuir a la política. He aquí la tesis básica de la obra que reseñamos. En síntesis, teniendo en cuenta que el pensamiento genera crítica, desafío, resultando desestabilizador de los fundamentos de la ciudad, se produce una tensión entre el pensar y la ciudad, pues la polis siente el vértigo inestable del pensamiento y este último siente el temblor del conflicto político sin otro juez que la fuerza. En esta situación sólo hay una manera, argumenta Del Águila, en la que el pensador puede colaborar con las tareas políticas: en efecto, si logra establecer un espacio políticamente estable para el desafío. Un espacio donde el juicio político contribuya  a la prudencia, la crítica, la reflexividad continua, la defensa de nuestras libertades. En ese caso, dice Del Aguila, entonces no debe temerse al desafío de lo nuevo o lo transformador, esto es, todo aquello que implica el pensamiento.

Por otra parte, en este capítulo nos expone brevemente en qué consiste la inversión de la falacia socrática que propone Maquiavelo. En resumen, para Maquiavelo la actividad de los grandes hombres políticos está ligada, en ocasiones, al mal para proteger el bien, pues no sólo el bien conduce al bien, sino que, en ocasiones, el bien conduce al mal; y, por su parte, el mal no produce sólo consecuencias malvadas, sino que, a veces, el bien. En fin, concluye este capítulo recordándonos Del Águila que únicamente podemos domar el mal mediante un remedio que contiene en sí mismo el mal que combate: el poder político.

El capítulo quinto está dedicado a la figura de Sócrates donde nos presenta un balance de su vida y su contribución a la polis ateniense de su época. En ese sentido, Sócrates era un “daimon” de la ciudad, una alarma que impide a la ciudad caer en las rutinas de lo dado, cuya educación consistía en la prioridad del habla, de la argumentación, de la deliberación.

En conclusión, la obra es una interesante contribución a la cuestión, de renombre en la actualidad, de la educación cívica, sobre la que, a mi juicio, el autor deja sin responder en esta obra, pues en las páginas de esta obra no encontramos una solución a la cuestión de cómo desarrollar una educación cívica capaz de fundamentar al mismo tiempo nuestra convivencia y nuestros ideales de justicia. No obstante, su obra pretendía dar una respuesta al problema de la tensión entre la ciudad y el pensamiento, ofreciéndonos una alternativa interesante (como se puede ver en el capítulo tercero). Este hecho se ve ejemplificado con la vida política de Sócrates, aunque nos advierta sobre su falacia que es corregida por Maquiavelo.     En cuanto a su estructura, la obra es de exposición clara, si bien en algunos pasajes de los capítulos dos y tres hay ciertas discontinuidades en su argumentación: en el capítulo dos se expone de manera un poco desordenada su caracterización de la falacia socrática, las consideraciones del mal y del poder político básicamente; por su parte, el capítulo tercero engloba varias ideas confusamente concatenadas: empieza hablando de qué consiste el pensamiento, para proseguir con su tesis (es decir, de qué manera el pensamiento puede contribuir a la actividad política) para proseguir con la inversión de la falacia socrática por parte de Maquiavelo, acabando con algunas referencias al tema de la educación cívica.

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