FERRER, Urbano; ¿Qué significa ser persona?, Palabra, Madrid, nº 24, 2002, 286 pp.

por Juan Fernando Sellés

La antropología es la cumbre de la filosofía. Disciplina consolidada en el s. XX, y a la que en el XXI se le reconoce su hegemonía. El último libro de Urbano Ferrer ¿Qué significa ser persona? es una buena contribución en esta línea. En el Prólogo, Rafael Alvira destaca que el tema es central, de suma actualidad, el libro pone en diálogo la filosofía clásica con la moderna, y su lenguaje requiere una lectura cuidadosa.
El escrito está dividido en dos partes, fragmentadas a su vez en tres capítulos cada una. La Primera Parte, Primeras incursiones en la noción de persona, resume los pareceres de filósofos relevantes sobre el concepto de persona. La clave de esta primera parte tal vez sea una presentación de cuño fenomenológico (desde el punto de mira y del lenguaje) de la realidad humana.
El capítulo I, Aproximación fenomenológica a la persona, revisa y sopesa cómo han abordado el estudio de la persona humana pensadores tales como Kant, Fichte, Husserl, Scheler, Stein y Hildebrand. El autor, versado en la filosofía moderna y contemporánea, sobre todo en la vertiente germana, ofrece una aguda síntesis y visión crítica, tarea que es muy de agradecer. A la pregunta sobre ¿qué significa ser persona? responde que para Kant no puede significar nada, porque el yo nouménico es incognoscible (p. 25). Tampoco para Fichte, porque la no trasparencia del sujeto trascendental se mantiene (p. 27). Para Husserl, en cambio, sólo significa algo en la medida en que se puede desvelar la persona a través de los actos y los hábitos, en especial de la voluntad, pues en éstos, por respaldarlos la persona, ésta se implica más en ellos que en los del conocimiento (p. 42). Con todo, en el fundador de la fenomenología subyace la noción de sujeto entendido éste como fundamento de sus actos, y por ello, poco cognoscible. También intentó Scheler acceder a la persona a través de sus actos, pero este enfoque logra escasos frutos. Por eso, “ni siquiera se advierte en él un despliegue del núcleo personal que vaya más allá de la unificación de los actos múltiples” (p. 59). Por otra parte, para Stein el yo es distinto de la persona, el sí mismo. La características de la persona, según la pensadora de Breslau, son ser sustancial y relacional. Por eso, el yo consciente es significativo sólo en parte, porque es inferior al sí mismo. Lo más íntimo de la persona se capta, según Edith Stein, por la empatía. Por su parte, Pfänder distinguió entre el yo central y el yo voluminoso; Hildebrand, en cambio, entre el corazón humano y la inteligencia y la voluntad, siendo el primero superior a esas otras dos potencias.
El capítulo II, Acción social y persona, expone el sentido de la acción social, en cuya entraña se nota una determinada intencionalidad, como destacaron Weber o Schutz, que es irreductible al sistema cultural, posición contraria a la sostenida por Parsons. Con todo, no basta la intencionalidad del actor para que la acción sea social. Para ello se requiere, tal como lo advirtieron Kaulbach, Reinach, etc., la dialogicidad de la acción social, y asimismo, el contexto, como apuntó Austin. Por otra parte, el mundo de la vida acompaña a la acción social en sus distintas dimensiones: espacial y temporal (tesis de Schutz), y social y semántica (como afirmó Habermas). Por lo demás, aunque las personas se comporten de modo similar, existe una identidad personal que no se capta por la acción social (según advirtió Strawson). Ello indica que existe una “identidad de suyo” en la persona que es previa a sus acciones (Haslanger, Inwagen, etc.).
El capítulo III, Los niveles de identidad en la persona, comienza buscando los criterios de la identidad personal. Locke la buscaba en la continuidad psicológica (memoria) a través del tiempo, asunto criticado, por ejemplo, por Scherler. Reid, en cambio, la buscaba en la individualidad propia de la persona. Spaemann alude a la identidad numérica. Taylor a la identidad moral. En cuanto a la identidad corporal del sujeto personal, se expone que el cuerpo es el ámbito donde se manifiesta la subjetividad. El yo personal integra al cuerpo. Se defiende la identidad de la persona con su cuerpo, previa a cualquier acto consciente de identificación entre ambos extremos. Con todo, ello no supone ceder a un materialismo (del tipo marxista o nietzscheano) en el que la persona se tiende a reducir a su cuerpo. Por lo que se refiere a los marcos referenciales (espacio, tiempo, lo público, etc.) en el yo como motivo de acceso a la persona, en este ámbito el autor sigue a Ch. Taylor, H. Arendt, X. Zubiri, etc. frente a Rawls (que tiende al individualismo) y contra los totalitarismos. Viene a sostener que los espacios públicos, las posibilidades históricas, el lenguaje y la cultura son haces existenciales de significaciones en los cuales se manifiestan las identidades singulares.
Tras la lectura de esta primera parte, algún lector podría advertir que para este estudio no se ha tenido suficientemente en cuenta el legado de la filosofía griega clásica y tampoco el de la medieval, en especial la patrística y la escolástica, en las que se condensan observaciones de primera magnitud sobre la persona. Por su parte, en cuanto a la doctrina en el que se enmarca históricamente el estudio, también se podría alegar que tampoco se ha tenido en cuenta de modo suficiente a otros pensadores que han tratado del hombre, tanto modernos como contemporáneos, filósofos y teólogos. Sin embargo, el autor responde a ello, tanto en la Introducción como con el título del primer capítulo, que su estudio está encuadrado dentro de la fenomenología y hermenéutica. Y respecto de este enfoque su estudio constituye una buena aportación.
La Segunda Parte, Aproximación ontológico-moral a la persona se abre con esta denuncia tan sugerente: “por las consideraciones de la primera parte se vislumbra que la no transparencia que es constitutiva de la persona hace necesario un método adecuado de tratamiento, que termina por ser ontológico. Pues no estamos ante un fenómeno que podamos inspeccionar y recorrer por sus distintas caras, sino que lo más que la Fenomenología nos ofrece son distintos signos y huellas inesquivables, que hemos de traspasar para columbrar a su través una realidad personal que acontece” (p. 167). La persona, se nos declara, tiene estos rasgos: su acontecer frente a las objetividades fenomenológicas, que es biográfico y temporal. Esta parte se divide en tres capítulos.
El capítulo I, De sus caracteres al ser de la persona, habla de las notas del ser personal y de las distintas expresiones de la relación en la persona. Las notas del ser personal son, según el profesor Ferrer, la corporalidad, la apertura al futuro, el tener (tanto la posesión inmanente como el habitar), la relación (y sus distintas expresiones tales como la libertad), y la incomunicabilidad. A ellas sigue el autor algunos pensadores han añadido otras tales como la sustancialidad (Boecio) y su prolongación como subsistencia (Polo), la suidad o el ser suya (Zubiri), la racionalidad (Tomás de Aquino), etc.
El capítulo II, Persona y comunidad, versa sobre las formas de relación interpersonal. En el estudio del espacio intersubjetivo Urbano Ferrer repara en las distintas modalidades del amor humano. Tras el estudio de este espacio se pasa al de las diversas formaciones comunitarias: el matrimonio y la familia, las comunidades del espacio público, es decir, la sociedad, la nación, el estado.
El capítulo III, La persona, realidad moral, está centrado en la responsabilidad moral de la persona y en su capacidad de prometer. La responsabilidad admite varias dimensiones: para con uno mismo, para con el otro, la corresponsabilidad, etc. Tras esto se atiende al compromiso humano, y por último se dedica la investigación a la búsqueda de la raíz de la dignidad personal, que no se reduce a los actos y manifestaciones humanas. Señales características de tal dignidad son según Ferrer el estar erguida y la autoposesión.
Como se advierte, a lo largo de estas páginas se describen varias notas de la naturaleza y de la persona humana. Para el autor “tanto la naturaleza como la persona son coprincipios constitutivos de un único ser” (p. 266). Tal vez fuese conveniente una delimitación más estricta entre ambos campos, el de la naturaleza humana (lo común al género humano) y el de la persona (la novedad radical). Por lo demás, la obra ofrece una buena panorámica del status quaestionis de la antropología en el s. XX, e intenta un método de acrisolar las diversas posiciones, recuperar las tesis acertadas y prolongar la investigación de tema tan sublime.

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