GONZÁLEZ, Ángel, La poesía y sus circunstancias, Edición y prólogo de José Luís García Martín, Seix Barral, Barcelona, 2005, 492 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

El título es un velado tributo a la filosofía de Ortega y Gasset con la que, sin embargo, se polemiza. Por su parte Ángel González es un conocido poeta y crítico literario de la generación de 1950 que el mismo se considera de difícil encuadre, al menos si se pretende hacer una aplicación rigurosa del método de generaciones. En su caso este método se hubiera podido aplicar si la circunstancia de haber vivido bajo la dictadura franquista hubiera sido el motivo aglutinante básico de la así llamada poesía social de la generación de los 50. Sin embargo ahora se reconoce que esta caracterización en su caso puede ser válida, pero en otros se vuelve muy polémica. La pretensión del libro de todos modos es situar la poesía contemporánea española en las difíciles circunstancias que les tocó vivir, desde Bequer, Ruben Dario, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Ramón Pérez de Ayala hasta la actualidad, por la presencia retroactiva o directa que de un modo u otro ejerce la guerra civil y sus consecuencias. En la poesía posterior esta presencia se agudiza aún más, como sucede en los casos de Blas de Otero, Gabriel Celaya, Emilio Alarcos, Manuel Lombardero, Álvaro Salvador, Luis García Montero, o en su mismo Tratado de urbanismo, que ahora se analiza detenidamente. De todos modos esta misma época hay otros muchos poetas de los que se destaca su importancia, y a los que se presta poca atención, ya que se disiente claramente respecto de su modo de entender la poesía, como al menos sucede en el caso de José María Pemán, Luis Rosales, Leopoldo Panero o los Novisimos. A este respecto se defiende la permanente vigencia de una poesía residual, cuyo mejor exponente habría sido Northrop Frye, cuando afirmó que “todo poema procede de otro poema” y que la función del crítico literario es tratar de rastrear este cúmulo de influencias intertextuales que a su vez explican la peculiar resonancia que un poema sigue teniendo en el colectivo social por ser expresión del alma de un pueblo, cosa que ahora se muestra con una gran maestría en numerosos ejemplos. Por su parte Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, tan criticada por Machado y Unamuno, rechazó esta opción, y en su lugar defendió un tipo de poesía pura cuyo único fin fue garantizar la vida futura de aquellos procesos de creación artística que a su vez consiguen transmitir la ilusión de dar a conocer un mundo espiritual específico del poeta. Sin embargo Ortega ya advirtió cómo esa poética conllevaba un creciente distanciamiento de los artificios ilusionistas respecto del mundo social y el hombre mismo y, al final, acaba dando lugar a una creciente deshumanización de la poesía. Ángel González ahora también se coloca en esta difícil encrucijada, declarándose radicalmente contrario de la poesía pura, a pesar de admirar a muchos de sus cultivadores, y ferviente partidario de la poesía social, para pasar a justificar a partir de aquí sus preferencias y desdenes. En su opinión, la poesía se debe poner como meta la denuncia inconformista de la represión posbélica, de las medias verdades de la transición política y del desalentador panorama bélico mundial. Sin duda una opción polémica, pero expuesta con coherencia, honradez y maestría.

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