GONZÁLEZ, Ángel Luís (edit.) Las demostraciones de la existencia de Dios según Leibniz, Eunsa, Pamplona, 2004.

por Ruben Pereda

En 1996, como fruto del trabajo iniciado por un equipo de especialistas diez años antes, se publicó Las pruebas del Absoluto según Leibniz, donde comparecían los cinco argumentos (cosmológico, verdades eternas, armonía preestablecida, ontológico y modal) para probar la existencia de Dios en la filosofía leibniziana. Aparece ahora la segunda edición, con el nombre más preciso de Las demostraciones de la existencia de Dios según Leibniz. Esta segunda edición añade al esfuerzo que implicó la primera, la revisión y corrección del texto de 1996. Para los estudiosos de la filosofía moderna, esta segunda edición está sobradamente justificada, ya que es el estudio más completo sobre la teodicea existencial leibniziana desde la obra de Iwanicki (1933). A esto se añade la profundidad en el estudio de cada prueba, y la originalidad en la investigación, avalada por la talla intelectual de los autores, contrastada gracias al paso del tiempo desde la edición original.
La introducción del editor (en la presentación del trabajo y el estudio “Presupuestos metafísicos del Absoluto Creador en Leibniz”) da la pauta para comprender y enmarcar los trabajos de cada uno de los cinco autores. Señala, en primer lugar, la consideración de Dios como ser creador, y, en consecuencia, la estrecha relación que tiene con la existencia del mundo. Andrés Fuertes y José Aguilar inciden de modo muy especial en esta idea para tratar, respectivamente, la prueba cosmológica y la demostración por la armonía preestablecida. Sin embargo, en Leibniz el papel divino no se limita a proporcionar la existencia al mundo: también es fuente de las esencias. Esta característica habilita la posibilidad de un tercer argumento: la prueba por las verdades eternas, que estudia y expone la Dra. Socorro Fernández-García.
También hay que tener en cuenta que en Leibniz, como se pone de manifiesto en el estudio del editor, la esencia prima sobre la existencia, y, por tanto, la posibilidad sobre la realidad. En este planteamiento, Dios es el Ens a se, que se convierte en el Ser perfectísimo, según la tradición cartesiana, y en el Ser necesario, según la concepción más madura del pensamiento leibniziano. Los trabajos de Consuelo Martínez, sobre el argumento ontológico, y de Alberto Hernández, que trata del argumento modal, recogen y explican estas demostraciones de Dios que Leibniz elabora a priori teniendo como referencia su peculiar doctrina esencialista.
Pese a ser estudios independientes entre sí, las cinco investigaciones presentan rasgos similares, consecuencia de la común dirección del editor. La abundancia de textos y referencias a las obras originales de Leibniz, tanto escritos menores como alguna de sus publicaciones más importantes, tiene como motivo que “el despliegue o explicación de cualquiera de las pruebas leibnizianas para demostrar al Absoluto debe partir de todas las formulaciones explayadas por Leibniz a lo largo de su ingente obra” (p. 15). Este afán de ceñirse a las fuentes ha permitido que las formulaciones, en algunos casos, se hayan recogido por extenso y glosado en publicaciones posteriores, desde el trabajo de la Prof. Socorro Fernández-García (La existencia de Dios por las verdades eternas en Leibniz, Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Universitaria, nº 38, Pamplona, 1996), pasando por el de Andrés Fuertes, (Formulaciones del argumento cosmológico en Leibniz, (Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Universitaria, nº 39, Pamplona, 1997), hasta el de Consuelo Martínez: Las formulaciones del argumento ontológico de Leibniz,(Cuadernos de Anuario Filosófico, Serie Universitaria, nº 120, Pamplona, 2000) .
El segundo aspecto común es la explicación de la singularidad del argumento que se trata, tanto dentro del propio sistema leibniziano como en la historia de la filosofía. En este sentido, la distinción entre el argumento modal y el ontológico queda sutilmente precisada por los autores de ambos estudios, así como la especificidad de cada una de las pruebas. Las discusiones que surgen al hilo de la singularización de cada una de las demostraciones se afrontan sin complejos. En este sentido, me permito destacar la crítica que Andrés Fuertes hace a Russell y Kant o el modo en qué José Aguilar muestra el lugar del argumento por la armonía preestablecida en el sistema leibniziano.
La argumentación que el filósofo de Hannover emplea para cada uno de sus argumentos es el tercer paso en el esquema de los capítulos. Leibniz, como es evidente, admite diversos modos de elaborar la demostración definitiva de la existencia divina. Lógicamente, cada una de estas pruebas presenta sus características propias, desde el esquema puramente formal de la prueba modal a la dependencia de la realidad de la cosmológica, aunque pueden distinguirse características comunes a las cinco pruebas (algunas puramente metodológicas, como el afán de sistematización; otras de calado más metafísico, como la recurrencia a los grandes principios leibnizianos). Los presupuestos de cada una de las demostraciones, necesarios para comprender su capacidad resolutiva dentro del pensamiento de Leibniz; los principios que animan las pruebas y que permiten seguir la hilazón lógica del argumento; y, por supuesto, el modo en que comparece el Absoluto (como Ser necesario, perfectísimo, creador, sustentador del mundo…) dan el marco general en el que se sitúan los diferentes pasos de cada una de las demostraciones.
Todo lo que se pueda saber acerca de Dios en el pensamiento leibniziano es clave: muchos de los problemas que trató durante su vida se resuelven, en último término, en la divinidad: la libertad, la existencia del mal, la creación, la coordinación de almas y cuerpos… Al mismo tiempo, una cuestión tan nuclear como la existencia de Dios implica y supone toda la metafísica de un autor, y en el caso de Leibniz ni podía ser menos. Esto se traduce en una completa revisión a todo el planteamiento ontológico del de Hannover que no elude ninguna de las cuestiones que tanto durante su vida como posteriormente se le plantearon. Igualmente, abre paso a ulteriores investigaciones acerca de la constitución de la realidad, ya se refiera al mundo creado, ya al Absoluto Creador. Un estudio de estas características siempre es bienvenido, ya sea por su valor intrínseco como pensamiento metafísico, ya sea por volver a plantear cuestiones tan definitivas como el estudio riguroso de la existencia divina en un plano estrictamente filosófico, especulativo.

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