HABERMAS, Jürgen; RATZINGER, Joseph, Dialektik der Säkularisierung. über Vernunft und Religion, Herder, Frankfuurt, 2005, 64 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Las propuestas de Jürgen Habermas en 1983, en “Glauben und Wissen”, trataron de localizar el papel que la persona debe seguir desempeñando en la evolución de esta nueva forma de conciencia posconvencional. Para Habermas la localización de estos posible efectos contraproducentes o iatrogénicos es un contraargumento  decisivo a favor de una democracia deliberativa aún más avanzada cuyo objetivo prioritario es fomentar una conciencia posconvencional aún más compartida, sin aceptar las tesis del posmodernismo filosófico a este respecto. En su opinión, la conciencia posconvencional puede justificar un patriotismo constitucional, que dote de una normatividad compartida a las diversas concreciones histórico-jurídicas de las legislaciones vigentes propias de una sociedad civil verdaderamente multicultural, sin necesidad de ningún tipo de corrección proveniente de aquel tipo de vínculos prepolíticos o simplemente naturales, con sus correspondientes presupuestos metafísicos y religiosos, al modo propuesto por Carl Schmitt, Martin Heidegger, Leo Strauss, o por los nuevos clérigos fundamentalistas de Teherán. De todos modos la dialéctica de la secularización necesita llevar a cabo un diálogo cada vez más abierto entre creyentes y no-creyentes, entre la fe y la razón, con un objetivo muy preciso: generar un proceso posmetafísico de secularización cívico-discursiva, que transforme profundamente el sentido metafísico y religioso anteriormente dado a aquellos conceptos previos, incluida la noción de persona, otorgándoles un sentido pragmático-universal meramente civil o público.

Por su parte la intervención de Ratzinger en el debate trata de dar una respuesta a las cuestiones ahora planteadas por Habermas. En su opinión, el tránsito hacia un Estado multiculturalista de tipo posconvencional en ningún caso debe suponer el rechazo o negación de aquellos presupuestos prepolíticos o simplemente morales, que simultáneamente se afirman como la condición de posibilidad de la creación de un ente moral de esta naturaleza. Por razones similares tampoco la transformación cívico-discursiva de la noción de persona debería traer consigo una relativización de aquellos correctivos religiosos o metafísicos, que permitirían reconducir una democracia deliberativa aún más avanzada como la propuesta por Habermas, con independencia del posible acierto de las propuestas de Carl Schmitt, Martin Heidegger, Leo Strauss o los actuales colegas de Teherán. En cualquier caso la justificación de una ética o religión mundial plenamente secularizada y válida para todos se vuelve una pura abstracción y da lugar a una creciente instrumentalización cívico-discursiva de la noción de persona, si este mismo proceso exige una injustificada supresión de todos aquellos elementos pre- post- o simplemente convencionales previos a cualquier tipo de deliberación discursiva.

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