HACOHEN, Malachi Haim., Karl Popper. The Formative Years 1902-1945. Politics and Philosophy in Interwar Vienna,Cambridge University Press, Cambridge, 2003, 610 pp.

por Carlos Ortiz de Landazuri

La biografía reconstruye el impacto que la cultura vienesa de fin de siglo ejerció en la génesis del pensamiento de Karl-Popper, sometiendo a revisión algunas de las interpretaciones que el propio Popper hizo de sus iniciales años de formación, para poner de manifiesto como Popper manipuló su propia historia haciendo propuestas verdaderamente inaceptables para una actitud mínimamente crítica. Según Hacohen, en su autobiografía de 1973, Búsqueda sin término, Popper anticipa la formulación de su principio de refutación a 1920, cuando cuenta sólo 18 años, y la crítica al esencialismo hegeliano aún antes, con una edad de 8 o 9 años, cuando ambas propuestas son históricamente insostenibles. En su lugar Hacohen temporaliza el proceso de formalización del principio de refutación mediante ampliaciones sucesivas pasando por diversas formulaciones de tipo epistemológico, lógico, posponiendo su formulación psicológica definitiva a 1932, cuando publica Los dos problemas fundamentales de la epistemología, o incluso a 1934, cuando publica La lógica de la investigación científica, pero nunca antes. Incluso después seguirá ampliando su uso de este principio para aplicarlo a las ciencias históricas y sociales, como ocurrirá en La Miseria del historicismo o La sociedad abierta y sus enemigos ya en 1945, o a la propia antropología e historia cultural, como propondrá en Conjeturas y refutaciones de 1963, cosa que antes difícilmente hubiera podido hacer. En cualquier caso Hacohen considera que Popper en su autobiografía escrita entre 1963 y 1974 reinterpreta en forma lineal un proceso que fue mucho más sesgado y ambivalente de cómo lo describe, silenciando datos que en su opinión pueden tener un gran interés.

A este respecto la reconstrucción ahora propuesta por Hacohen es inseparable del proceso de sucesivas disidencias que se dieron entre los seguidores de Popper, especialmente Bartley, Agassi y Feyerabend. En todos los casos estas disidencias se originaron por el modo como Popper resolvió sus las discrepancias con Wittgenstein, con una fecha de referencia muy precisa, 1922. En aquel año Popper se declaró en contra de la música dodecafónica de Schönberg, del psicoanálisis y de la teoría de la Gestalt, a la vez que se declaraba a favor de la psicología del aprendizaje globalizado de Bühler, manteniendo en estos cuatro aspectos una clara discrepancia con Wittgenstein, que con el paso del tiempos se fue incrementando cada vez más. Según Hacohen Popper reconduce todas estas discrepancias a un motivo central de tipo lógico, epistemológico y a la vez psicológico, el distinto modo de entender el método de la refutación como alternativa al de la inducción, cuando la realidad fue muy distinta: Según Hacohen, las cuatro discrepancias tuvieron un origen distinto y sólo progresivamente Popper fue viendo la conexión interna entre estos cuatro motivos. Es más, sólo la cercanía a las tesis positivistas le permitió advertir esta interna conexión, dando a sus propuestas un alcance que de otro modo nunca hubiera podido justificar.

En cualquier caso la así llamada ‘leyenda positivista’ no fue tan injusta como el propio Popper nos quiso hacer creer. Para justificar su injusta atribución se vio obligado a retrotraer la formulación del principio de refutación a 1920, cuando la formulación radicalizada de este principio sólo ocurrirá en 1934 o como máximo en 1932, dándole el sentido lógico, epistemológico y estrictamente psicológico que al final terminará teniendo. Sin embargo la atribución a Popper de una actitud inicial positivista siguió siendo una vieja cuestión pendiente entre sus propios seguidores, que ya Bartley trató de resolver en los años 80, llevando a cabo un primer intento de biografía de este mismo período juvenil de formación, aunque quedó incluso después de la muerte de Bartley en 1990. Con estos precendentes Hacohen ha vuelto a intentar una empresa similar, con una diferencia muy clara: ha tenido a su disposición numerosos archivos de intelectuales vieneses de la época, que han quedado abiertos una vez cumplidos los cincuenta años de embargo que pesaba sobre ellos. Se ha podido comprobar la veracidad de muchas de las afirmaciones de Popper acerca de su pasado positivista, con una conclusión clara: Popper ha reinterpretado a su gusto su propia trayectoria intelectual con el único fin de destruir la mal llamada ‘leyenda positivista’ de Popper. En su lugar la documentación aportada confirma que el rompimiento de Popper con las tesis positivistas fue mucho más tardío de lo que el mismo quiso hacernos pensar.

Para justificar estas conclusiones Hacohen aporta dos líneas de argumentación: 1) La ruptura de Popper de 1920 respecto del proceso de invención heurística de hipótesis tuvieron unas motivaciones de tipo artístico, con un sentido funcionalista muy claro, sin tener la transcendencia de tipo lógico, epistemológico y psicológico que posteriormente Popper le quiso dar.  De hecho estas rupturas iniciales fueron compatibles con la influencia que en su caso siguió ejerciendo el Círculo de Viena. En cualquier caso sólo a partir de 1932 o 1934 se puede hablar de una ruptura clara con el positivismo lógico del Círculo de Viena, en gran parte en contra de su voluntad. Además, estas discrepancias permitieron que progresivamente Popper alcanzara una formulación aún más amplia del principio de refutación, como fue característico de su postura final.

2) La progresiva ampliación que el propio Popper hizo del principio de refutación aplicándolo a las ciencias sociales y políticas en general debe interpretarse en el contexto cultural vienés de entre guerras, sin poderlo aplicar ya a la resolución de problemas muy distintos como los generados por la guerra fría, o por los conflictos entre bloques, como después se aplicó. Para Hacohen ello supone una ventaja, ya que permite descubrir el sentido cosmopolita de la teoría política popperiana, desvinculándola del uso partidista que después se hizo de ella, aunque el propio Popper fuera el primero en fomentar este abuso interpretativo de sus propuestas. De hecho Popper fue el primero en propiciar una instrumentalización de este tipo, haciendo que los elementos más utópicos y cosmopolitas de su pensamiento quedaran claramente desdibujados y ocultados, tras el ruido de fondo de las interminables polémicas ideológicas generadas en un contexto muy distinto al que fueron pensadas.

Para alcanzar esta conclusiones la monografía se divide en 10 capítulos: 1) El contexto filosófico y político de los judíos asimilados en la Viena de fin de siglo;

2) La gran guerra, la revolución austriaca, el debate sobre la socialdemocracia y el paso fugaz de Popper por el comunismo en 1919-1920;

3) El primerizo año de 1920 donde Popper se interesa por la música, la reforma escolar y la orientación futura de la cultura germánica, entrando en relación con Schönberg, Polanyi, Kraft, Nelson,  y la Escuela de Fries, decantando hacia posturas socialistas y cosmopolitas. En 1922 Popper rompe con Schönberg, el psicoanálisis de Freud y la teoría de la Gestalt, a la vez que se decanta a favor de la reforma pedagógica propiciada por Bühler;

4) El Instituto Pedagógico y de Psicología del conocimiento de 1925-1928, con un primer contacto con el Círculo de Gomperz. Allí fue cuando se planteó en toda su radicalidad el dilema entre seguir una ciencia vieja o nueva. Se localiza así el papel decisivo desempeñado por el problema de la demarcación entre ciencia y no ciencia, así como por la crítica de la inducción en Hume por motivos de tipo lógico y psicológico. En ambos casos fueron decisivas las lecturas de Selz, Nelson y Cincel;

5) La ruptura (Breakthrought) filosófica de 1929-1932 cuando se inicia un racionalismo crítico a partir de sus reflexiones sobre la naturaleza de la geometría teórica y aplicada, tomando como referente la teoría de la relatividad de Einstein, sin depender ya de una geometría euclídea, ni tampoco de un método meramente inductivo, como se puso de manifiesto en el modo de abordar Los dos problemas de la epistemología, precedente inmediato de La lógica de la investigación científica. Fue a partir de entonces cuando se precipitó la ruptura con el Círculo de Viena, especialmente en el caso de Carnap, Reichenbach y Schlick, que se haría efectiva en 1932, pero no antes. En 1930 comienza un proyecto de aplicación a la ciencia natural del método deductivista utilizado por la geometría aplicada en el caso de Cincel, Nelson y Fries, a partir de la noción neokantiana de legalidad propuesta por Vaihinger, Kraft y Duhen. En este contexto es donde ahora se sitúa la polémica con el Círculo de Viena, así como con el Tractatus de Wittgenstein del que se rechaza su mezcla de racionalismo dogmático y misticismo, al igual que ocurrió con La estructura lógica del mundo de Carnap. En 1932 Feigl le animó a publicar estas críticas, que le terminarían consagrando como un pensador heterodoxo al propio Círculo, pero perteneciente al mismo;

6) La lógica de la investigación científica y la revolución filosófica de 1932 a 1935, como ejemplo de una filosofía no fundacionalista, que supuso una revolución metodológica y fue el punto de partida del racionalismo crítico frente al positivismo lógico y el postestructuralismo;

7) La Viena roja y la cuestión judía, que dio lugar a la emigración de 1936-1937, previa a la anexión de Viena por parte de Hitler. En este contexto se sitúa la crítica al socialismo austriaco desde un ideal cosmopolita cada vez más irenista;

8) La ciencia social en el exilio de 1938 y 1939, posterior a su viaje a Nueva Zelanda en 1937. Entre 1935 y 1940 redactó La miseria del historicismo, después de salir de Viena y pasar por Bruselas, Copenhague, Canterbury y, finalmente, Christchurch;

9) La redacción de La sociedad abierta y sus enemigos entre 1940 y 1942 en donde culmina su crítica al historicismo y al totalitarismo fascista y comunista, desde Platón a Hegel y Marx, con un complejo proceso de publicación;

10) El renacer del liberalismo en la ciencia y en la política entre 1943 y 1945. Se comprueba la distorsión que experimentó la obra de Popper al ser leída en un contexto totalmente distinto del que se gestó y que, según Hacohen, ha originado un gran número de malentendidos por modificar el sentido inicial que se le quiso dar. De ser una obra dirigida a criticar la vida política en la Viena de fin de siglo pasó a ser considerado un autor emblemático de la confrontación entre bloques durante la guerra fría, un proceso favorecido por el propio Popper, pero que sin duda desvirtuó su profundo sentido cosmopolita inicial.

Para concluir dos reflexiones críticas. En primer lugar parece indudable que el debate sobre el positivismo del Círculo de Viena, incluido el Tractatus de Wittgenstein, tuvo mayor complejidad del que el propio Popper le otorgó en su autobiografía. Hacohen sitúa este proceso en un contexto meramente neokantiano, cuando la noción de legalidad defendida por el racionalismo crítico popperiano contiene aportaciones muy novedosas, en ningún caso reductibles a los planteamientos de Nelson o Fries, ya se alcanzaran de golpe o de un modo progresivo, como ahora se pretende. En este sentido Hacohen minusvalora tres aportaciones de la metodología de Popper, cuya génesis sin duda supuso una ruptura con la tradición anterior, incluida la propia tradición del racionalismo crítico neokantaino del que ahora se le hace depender, a saber: la noción de ley física a la que se le atribuye una universalidad y necesidad estricta, a pesar de reconocer su intrínseca falibilidad; la interacción teórico-observacional que afecta por igual a ambos extremos de la relación, haciendo que ni el racionalismo ni el empirismo se puedan justificar por sí mismos sin volverse dogmáticos; que el convencionalismo o el decisionismo crítico permitan romper los círculos viciosos que ahora se originan entre ambos extremos de esta relación, a condición de reconocer el falibilismo o falsacionismo de cualquiera de las propuestas que se formulen. Evidentemente los neokantianos apreciaron estos tres problemas, pero nunca supieron darles una correcta solución, ni extrapolar las consecuencias de tipo lógico, epistemológico, antropológico o social que de aquí se derivan, a diferencia de lo que ocurrió con el racionalismo crítico de Popper. En este sentido Hacohen aprecia la dependencia de Popper de estas posturas neokantianas, y que incluso el debate con el positivismo lógico le permitió apreciar sus propias virtualidades. Sin embargo ello no impide que con el tiempo Popper fuera cada vez más consciente de un modo nuevo enfocar la metodología científica, distinto de los seguidos hasta entonces, queriendo resaltar estas diferencias, aún a costa de simplificaciones lógicas en estos casos, que sin duda Hacohen acierta en señalar.

En segundo lugar parece precipitado afirmar que la teoría social y política de Popper debe ser interpretada en el contexto de los problemas políticos debatidos por la socialdemocracia en la Viena de fin de siglo, cuando el propio Popper fomentó una lectura de su obra en confrontación con el totalitarismo fascista y comunista, agudizado por la posterior aparición de la guerra fría entre bloques. En cualquier caso es evidente que Popper prosiguió los debates con Wittgenstein a propósito del método de las ciencias sociales, como después se puso de manifiesto en el llamado incidente del atizador en Cambridge en 1947, o posteriormente en Conjeturas y refutaciones de 1963, así como en la numerosas discrepancias que por este motivo tuvo con sus propios seguidores, de las que también son una buena muestra su propia autobiografía. Evidentemente se puede cuestionar el sentido final que Popper quiso dar a este primer periodo de formación, pero es insostenible mantener que este primer período constituye un bloque cerrado lleno de enigmas, cuya solución deja inalteradas las versiones habituales sobre el resto de su trayectoria intelectual, como ahora pretende Hacohen.

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