Hans Blumenberg, Die Lesbarkeit der Welt, Suhrkamp, Frankfurt, 1981, 420 págs; La legibilidad del mundo, Paidós, Barcelona, 2000, 415 págs.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Hans Blumenberg, en La legibilidad del mundo, ha reconstruido el proceso como el pensamiento filosófico moderno introdujo una creciente contraposición entre estas dos fuentes tradicionales de la verdad, como son la Biblia y el Libro de la naturaleza, sometiendo a critica la postulada unidad de sentido existente entre ellas. Para justificar esta conclusión a lo largo de la obra se defienden tres tesis:
1) La tradición judeo-cristiana identifica el hombre mundano con el hombre ignorante incapaz de reconocer esta legibilidad tanto del mundo creado como del sobrenatural, ya que ni hace un uso adecuado de la fe ni tampoco de la razón. No aprecia la profunda unidad de sentido de los dos libros, la Biblia y el Libro de la naturaleza, sin advertir que en ambos casos se llega a un mismo autor de la verdad. Hasta el punto que está incapacitado para adquirir un recto criterio moral, al menos respecto de las cuestiones que afectan a este tipo de verdades eternas, como ahora sucede con todo lo relativo a la propia santificación personal (cf. p. 1-36).
2) El pensamiento moderno a partir de Laplace reivindicó así una autosuficiencia completa del Libro de la naturaleza como un principio de sabiduría meramente profana sin remitirse ya a nada distinto de sí mismo, aunque no había ocurrido así anteriormente, en Kepler, Galileo, Descartes, Leibniz o Newton. Algo similar también ocurrió con las interpretaciones meramente profanas del Libro de la vida (humana) y de la historia, especialmente a partir de Spinoza, Vico, Herder o Kant, asignando a todo este proceso un carácter plenamente autónomo y simplemente profano, sin otorgarle ningún posible significado escatológico o transcendente, el único que, según esta opinión, a pesar de que anteriormente tampoco había ocurrido así en Bacon, Montaigne, o el propio Descartes (cf. p. 91-201). A este respecto es muy esclarecedor tener en cuenta lo ocurrido en el siglo XVII en del ámbito católico durante el Barroco español. Se asignó el desciframiento del orden temporal a un libro del mundo humano meramente profano, mientras que los designios escatológicos se reservaron en exclusiva a los Evangelios, concibiendo los afanes de tipo temporal como mera vanagloria, como sucedió en el Gran Teatro del mundo de Calderón de la Barca, o en el Criticón y en el Oráculo Manual de Baltasar Gracián, sin terminar de reconocer la profunda unidad de sentido existente entre el mundo sacro y profano (cf. 113-124).
3) El posmodernismo filosófico ha sacado las paradójicas consecuencias derivadas de la ruptura histórica sin precedentes que supuso el rechazo de este viejo ‘mito’, como ya se hizo notar en la propia Ilustración. Por ejemplo, Lichtenberg negó la existencia de un libro profano de este tipo, ya que pronto se volvería inaccesible y erróneo para nosotros mismos, sin poder garantizar la legibilidad de que tanto se presume. Lichtenberg anticipó así el carácter cada vez antropomórfico, o meramente fisonomista, de las nuevas Enciclopedias del romanticismo y del evolucionismo, al menos en los casos de Goethe, Novalis, Schlegel, Ritter, o Humboldt. Tomaron como lenguaje de la naturaleza lo que solo era una proyección fisonomista de sus propios esquemas conceptuales, sin poder evitar la aparición de un creciente antropomorfismo (cf. p. 203-304). En estos casos se hizo aún más paradójico el uso profano de la metáfora del libro debido a la necesidad en ese caso de remitirse a una Enciclopedia absoluta que pudiera contener en sí la sabiduría de todos los libros, sin remitirse ya a una sabiduría divina, como exigía la metáfora de los dos libros. Se generó así la paradoja del libro vacío, totalmente inabarcable e ilegible para cualquiera, donde bien pudiera suceder que no hubiera nada escrito, como ahora hace notar la estética modernista de Mallarmé. Igualmente interpretación de los sueños de Freud propuso una lectura psicoanalítica igualmente profana de los secretos más profundos de la intimidad propia y ajena, mediante la correspondiente proyección de la visión fisonomista que el interprete tiene de sí mismo sobre lo interpretado, sin poder ya eludir en ningún caso un proceso al infinito de sucesivas reinterpretaciones. Finalmente, el descubrimiento del código genético ha dejado de abordar la justificación de los procesos previos de comprensión racional utilizados a su vez en la explicación profana de los mecanismos de reproducción biológica, tratando de evitar a su vez la aparición de este tipo de círculos viciosos antes señalados, salvo que se recurra de nuevo a la metáfora de los dos libros, cosa ya imposible, como progesivamente hicieron notar Plank, Schrödinger, Monod y Miescher (cf. p. 304-413).
Para acabar una reflexión crítica. Blumenberg adopta una actitud postmodernista ante el uso que la ilustración hizo de la interpretación profana de la legibilidad del mundo, sin remitirse a los presupuestos transcendentales que a su vez la habían hecho posible, como ahora sucede con la metáfora de los dos libros, surgiendo una cuestión, ¿realmente el psotmodernismo logra salvar las incoherencias y sinsentidos de la interpretación meramente profana del Libro de la naturaleza, de la vida y de la historia, cuando al menos ahora se pretende seguir defendiendo la tesis de la unidad entre las dos culturas, la científica y la humanística, sin admitir una progresiva asimilación de esta última por la primera? Blumenberg a este respecto no termina de delimitar en toda su amplitud cuál es el legado sapiencial preciso contenido en esta metáfora, salvo que toda la cultura humanística se interprete como una manifestación del carácter ‘autoenajenado’ o simplemente ‘desarraigado’ del ser humano, como ya Karl-Otto Apel criticó a Erik Rothaker, con quien Hans Blumenberg al menos ahora en parte se identifica.

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