JIMÉNEZ ABAD, Andrés; El concepto de hombre en la doctrina de la educación de Augusto Comte, Fundación Universitaria Española, Madrid, 2001, 572 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Se trata de la tesis doctoral presentada por Andrés Jiménez en la Universidad de Navarra en 2001. Analiza la importancia que la doctrina de la educación de Comte tuvo en la evolución personal de su pensamiento. En efecto, muchas de las paradojas irresolubles que se acabaron haciendo presentes en los planteamientos positivistas comtianos vinieron originadas por la doctrina de la educación a la que se remiten. La pretensión de Andrés Jimenez es hacer mas comprensibles estas otras motivaciones profundas del ‘espíritu’ positivista, al menos en sus inicios, a fin de que no pasen desapercibidos a una lectura superficial. No se trata de legitimar las excelencias trasnochadas de un positivismo benevolente y compasivo cuya realización práctica al final se hace inviable. Se trata de mostrar más bien como ambos aspectos de esta doctrina positivista nunca estuvieron disociados, al menos en la mente de su principal defensor, aunque en su caso resulte imposible hacerlos compatibles.

La evolución intelectual de Comte es bastante clarificadora a este respecto. Las primeras formulaciones de la ley de los tres estadios responden a las formulaciones positivistas más radicalizadas, especialmente en el Discurso sobre el espíritu positivo de 1848, en clara oposición a las propuestas de Saint Simon. En cambio en su última época comenzó a aflorar un mayor interés por la doctrina de la educación, especialmente en el Tratado de la educación universal, obra póstuma cuya publicación en vida estuvo permanentemente aplazada, y cuya conservación se la debemos a Arbousse-Bastide, que sistematizó con posterioridad a la muerte de Comte en 1857, aunque sus orígenes hay que retrotraerlos a 1822. Como en otros muchos casos también en Comte hay una doble línea de pensamiento: una profunda que a su vez convive con otra más superficial, sin que tampoco sea posible separarlas en dos épocas contrapuestas, aunque es evidente que este otro Comte aflora a la superficie en los momentos mas decisivos. Es entonces cuando se puede apreciar la aparición de un Comte revolucionario, humanista, benevolente, compasivo, religioso, altruista, utópico, feminista, a pesar de que estos calificativos aparentemente no casen nada bien con la imagen más superficial que el mismo ofreció del positivismo.

Para justificar estas conclusiones la obra se divide en seis capítulos: 1) La evolución intelectual. Su temperamento exaltado fue el determinante principal de su progresiva separación de Saint Simon, y de la posterior defensa a ultranza de un positivismo benevolente, que terminó entrando en una clara contradicción con la doctrina de la educación a la que en todo momento se remite; 2) El positivismo comteano visto como una doctrina de la educación desde sus primeros proyectos de 1822 hasta las posteriores interpretaciones de su legado póstumo, especialmente por parte de Stuart Mill y Émile Littré; 3) El periodo decisivo entre sus dos discursos de 1844 y 1848, cuando publica el Discurso del espíritu positivo y el Discurso (preliminar) sobre la articulación del positivismo. En ambos casos se hizo problemático el papel desempeñado por el sentimiento en la dinámica social y en la propia educación del espíritu positivo, tanto a un nivel personal como político; 4) El positivismo, religión de la unidad, analiza el papel desempeñado por el sentimiento religioso en este tipo de procesos, previo reconocimiento de la incapacidad del ateísmo para encontrar un sustituto adecuado a las complejas funciones sociales y formativas desempeñadas ahora por el sentimiento; 5) La doctrina de la educación analiza el papel benevolente, altruista y revolucionario otorgado al arte de la formación moral dentro del sistema político positivista a lo largo de toda su evolución intelectual, destacando el papel otorgado a la mujer y al sacerdote positivista; 6) Los presupuestos antropológicos de la educación positivista justifica las paradojas antes detectadas en virtud de una contraposición más profunda entre la consideración subjetiva y objetiva de las propias propuestas positivistas tanto si se consideran a un nivel individual como colectivo, refiriéndolas en este último caso a la humanidad en su conjunto, y concibiendo la educación como el gran problema humano.

Para concluir una reflexión crítica. Es indudable el gran número de paradojas que rodean al positivismo, sin que Comte sea una excepción a este respecto. Desde esta perspectiva Comte más bien se muestra como un temperamento enormemente espontáneo, que supo ver lo que la experiencia no ha hecho más que confirmar en multitud de ocasiones: el doble lenguaje del positivismo que le permite sobrevivir a pesar de sus contradicciones, sin que a sus propios defensores les sea fácil advertir este doble juego. El fenómeno se repite demasiadas veces como para poder quitarle importancia. En este sentido cabría preguntarse, ¿Hay alguna razón para que la doctrina educativa del positivismo aflore demasiado tarde para poder invertir a tiempo el sesgo escéptico y paradójicamente anticristiano de su doctrina de la ciencia? ¿Quedaron los presupuestos antropológicos de la doctrina educativa de Comte y del positivismo en general radicalmente invertidos en el sentido ahora descrito, o todavía cabe alimentar la esperanza de una posible rehabilitación en nombre precisamente de la doctrina educativa a la que se remiten? Estos son los dos interrogantes fundamentales que una atenta lectura de la tesis doctoral de Andrés Jiménez ahora ayuda a contestar.

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