LAUTH, Reinhard; Abraham y sus hijos. El problema del Islam, Traducción y notas de Alberto Ciría, Prohom Edicions, Barcelona, 2004, 577 pp.

por Juan J. Padial

La comprensión del Islam, de su civilización y de sus instituciones constituye un reto para el presente. Urge por la magnitud y fuerza de los problemas con que se ha presentado a Occidente. Reticente a cualquier inculturización, más que de presentación a nuestra civilización, el Islam ha chocado con ella. Además se trata de un reto importante. Carecemos, tanto dentro del mundo islámico como fuera de él, de investigaciones significativas o de estudios exhaustivos. Por último, estos problemas presentan un carácter admirable si se recapacita en la insuficiencia actual de recursos, tanto teóricos como prácticos, para abordarlos. En estas condiciones es muy de agradecer la atención a los fundamentos del Islam que nos ofrece Reinhard Lauth.

La persona y obra de Lauth quizá no necesite de muchas presentaciones. Vela primorosamente en la ‘Academia Bávara de las Ciencias’, desde hace décadas, por la edición histórico-crítica de la obra fichteana. Al tiempo que ha elaborado una obra filosófica de carácter sistemático bien trabada, también ha volcado sus investigaciones a las grandes figuras de la historia como Sófocles, Dostoievski o en éste caso, Abraham, del que penden las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, islamismo y cristianismo.

Metodológicamente la obra se estructura en torno a las narraciones biblicas en torno a Abraham, Sara, Agar, Ismael, e Isaac. Completan el séquito de figuras analizadas, pero como personajes secundarios, Moisés, Jacob y Esau, y frecuentes alusiones a las diferentes tradiciones coránicas, bíblicas, tálmúdicas y neotestamentarias. Esto es, la obra se configura en primera instancia, más como exegética, que como científica. Asunto este sobre el que insiste Ciría en la nota del traductor. No obstante, la factura final de la obra es de una fuerza argumentativa encomiable, aunque sin los apoyos crítico-hermenéuticos usuales en una obra científica. El primor narrativista de Lauth podría parangonarse al de Taylor o MacIntyre por citar sólo dos casos en los que la comprensión de lo vital es inseparable de la comprensión de su historia. El locus metodológico en que se ubica Lauth es el de la filosofía trascendental, al modo cartesiano, kantiano o fichteano, esto es en la visión de la repercusión histórica del pensar humano, en la confianza en la luz que arroja de suyo la verdad.

Como señaló Chesterton, es una ingenuidad pretender saber el x, y, y z de algo sin saber el a, b, c del mismo. Articular el problema actual en torno a las narraciones vitales del gran patriarca y su familia es precisamente lo más acertado. Trátase de una arqueología fundamental de la cosmovisión hebrea, árabe y cristiana. Precisamente por ello, paréceme esta obra especialmente relevante para la Filosofía de la Religión, la Ética y la Filosofía de las Instituciones. Desde un punto de vista antropológico, el problema más acuciante que plantea el Islam es el de la encarnación de la subjetividad –embodiement, ser encarnado (Merleau-Ponty).  En su confesión de la grandeza, separación y sublimidad divinas se aleja de cualquier mixtificación de la divinidad con lo sensible. La exigencia a Abraham de salir del país de Caná implica la depuración de elementos sexual-sensibles de lo religioso, tan propios de las antiguas religiones sumerias, caldeas o fenicias. A partir de ese momento no es una sutileza la distinción entre religión y paganismo. La comprensión de la religio personal es lo que está en juego. Ahora bien, esta eliminación de elementos naturales no implica la extirpación de lo sensible de la dimensión religiosa del hombre. Quizá sea esta la solución budista, pero en modo alguno es la solución adoptada por los descendientes de Abraham. La circuncisión como obra cultural simboliza la separación física y espiritual de una porción de la humanidad. Separación física por cuanto implica una liberación del encadenamiento a lo sensible. Separación espiritual por cuanto tal liberación conlleva entrar en la auténtica paz con Dios (salem), la perfección (musilamat) humana, el logro de la vida (eudaimonia). No obstante, como hace notar acertadísimamente Lauth, la recepción del Islam se realizó sobre comunidades hebreas y cristianas previas. Y así como la tumba donde reposan los restos de Agar en La Meca están asentados sobre las ruinas de una primitiva iglesia cristiana, también el Islam es transmitido en el mundo cristiano oriental sirio, copto, armenio, egipcio, etc. Precisamente en un mundo cultural fuertemente impregnado de monofisismo. Y de modo semejante a cómo el monofisismo ha planteado reiteradamente un reto a la religiosidad occidental, (piénsese por ejemplo en las posturas anglicanas y católicas, como hizo notar el Newman de la Apologia pro vita sua), también el monofisismo afecta a la comprensión islámica de una posible santificación de la carne.

Musulmán, el que está en paz (salem) con Dios. El que ha comprendido y vive de acuerdo con el imperativo categórico formulado por Dios a Abraham: Sé perfecto y camina en mi presencia. Esta paz no es mero fruto del cumplimiento de la Ley. Y aquí estribaría según el autor, la diferencia en la comprensión de lo religioso entre Abraham y Moisés. La religiosidad abrahamita exige la idea de autosacrificio, o como señaló Schelling la libertad oferente de uno mismo, diferente tanto de la libertad negativa de ataduras o de la libertad para dedicar la propia vida a una tarea. La incomprensión de la realidad del sacrificio impide ir más allá de una antropología del tener, de la prosperidad, en el que la libertad se vehicula a la vida como obra propia. La antropología subyacente al sacrificio permite la comprensión del amor a lo ínfimo, a lo pobre, que precisamente exigió el sacrificio de Cristo. El sacrificio o libertad también de la propia finalidad vital, permite la comprensión de la religio o del propio ser personal como don. Creo que el enfoque de Lauth es más acertado que el de Marcel, y se acerca a la comprensión poliana del don como trascendental personal. Es precisamente la rehabilitación de la realidad del sacrificio el logro y objetivo fundamental de este libro, y el punto en el que la labor de anotación del traductor incide más. Éste libro constituye una excelente tematización de esta categoría.

Desde la perspectiva de la ética como disciplina, el Islam plantea el problema de la moral superior en el sentido kierkegaardiano, fichteano o hegeliano del mismo. El problema reside en la comprensión del sacrificio como deber. A juicio de Lauth ni hebreos ni ismaelitas han logrado una suficiente penetración en la realidad del sacrificio. El acuerdo entre deber moral (recuérdese el fichteano: “debes lo que puedes”) y sacrificio sólo es posible si se advierte el sentido de la “justicia viviente de Dios” (sedaka abrahamita), que exige la intelección de la condición creada de la persona humana y su relación para con Dios. Así, “lo justo”, “lo que se debe” acoge cabe sí lo inalcanzable para la intelección meramente natural del deber. Como señala acertadamente Ciria esta intelección “no tolera condiciones ni objeciones”, siendo la causa de los actuales conflictos.

En cuanto a la filosofía de la religión, se plantea el problema de la analempsis, del origen divino de la vida espiritual. Y el de la demarcación entre lo natural y lo sobrenatural. Los dos asuntos están íntimamente relacionados, pues la noción de “lo santo” es inseparable de la de lo sobrenatural. Que la religio esté mediada por el propio sacrificio es lo que diferencia la religiosidad natural de la abrahamita. Si la analempsis ha de venir de arriba, es ofrecida, esto es tampoco es una relación en la que el hombre “tenga” lo divino. Esta pretensión del tener a Dios es lo característico según Lauth de la religiosidad israelítica.

Al recapitular se advierten la gravedad y relevancia de los temas abordados por Lauth. Tanto desde un punto de vista estrictamente filosófico, que es el abordado en esta nota crítica, como desde la perspectiva de las diferentes confesiones, la lectura y discusión de este libro, ofrece esperanzas en un mundo marcado por enormes conflictos que reconózcase o no, tienen un origen religioso, y no meramente económico, político, tecnológico, o sociológico.

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