LLUCH, M. (edit.); Idea cristiana del hombre, Eunsa Pamplona

por Juan Fernando Sellés

El reciente libro Idea cristiana del hombre es señero para el pensamiento cristiano actual, cuyo estudio, dicho sea de paso, está en auge. Recopila 7 ponencias y 19 comunicaciones del III Simposio Internacional de Fe Cristiana y Cultura Contemporánea promovido por el Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra, y se divide en dos partes: la primera, titulada La medida del hombre, se compone de 4 ponencias y 11 comunicaciones; la segunda, cuyo encabezamiento es El desafío ante el mundo, queda conformada por 3 ponencias y 8 comunicaciones. A esas partes precede una sucinta Introducción de Lluch, M., Director de dicho Instituto, y sigue un Indice de Autores citados en el volumen. El fin de la obra busca una revitalización filosóficoteológica de la antropología cristiana.
Tras su lectura me parece pertinente ofrecer al lector la siguiente tesis: “las diversas antropologías cristianas son jerarquizables, es decir, son más o menos elevadas (verdaderas) según el método empleado para llevarlas a cabo”. A continuación se intenta exponer un esbozo de esa jerarquía, de menos a más, tomando pie para ello de los diversos artículos de que se compone el libro que se describe.
1) Hay antropologías cristianas que tienen un enfoque biológicofilosófico. A esta perspectiva responden los siguientes trabajos del mencionado libro: “El organismo inteligente: malentendidos en torno a una paradoja” de José Ignacio Murillo, y “La indeterminación de los fenómenos mentales. Una hipótesis acerca de la relación pensamiento y cerebro humano” de Natalia López Moratalla, ambos enmarcados dentro del actual debate que ha venido a llamarse problema mente y cerebro.
2) Hay antropologías cristianas cuyo enfoque es laboral, sociocultural y económico. Dentro de este apartado se pueden encuadrar los siguientes artículos que ofrece el libro en cuestión: “¿El trabajo es la corrupción o la perfección del ser humano?” de Richart Schenk, “El problema sociopolítico del cristianismo actual”, de Rafael Alvira, “El hombre donal y la demografía” de José Antonio García Durán, “Humanismo cristiano en dirección de empresas: objeciones y respuestas” de Domenech Melé, y “Relativismo y fundamentalismo, una perspectiva antropológica” de Fernando Miguens.
3) Hay antropologías cristianas con un marcado enfoque fenomenológico. En este marco es representativo el estudio de Francesco Botturi que ofrece el libro que comentamos: “Escisión de la experiencia e identidad antropológica”. También son en cierto modo fenomenológicos los estudiosos de las antropologías de los fenomenólogos clásicos. De ese estilo es el artículo de Alberto León, “Von Hildebrand: hacia una ética fenomenológica más cristiana y realista”. Y más literario que fenomenológico es el trabajo de Javier Aranguren: “Marisa Madieri y la paciente espera. Vida activa, vida contemplativa”.
4) Hay antropologías cristianas con un eminente enfoque ético. Éste admite a su vez dos modalidades: el éticofilosófico, y el éticoteológico. Los dos primeros trabajos que a continuación se citan pertenecen al primer marco, el siguiente, en cambio, al segundo. “Acerca de la solidaridad humana. La asimetría de la relación entre las personas” de Paul Sabuy es ético. El corte éticovitalista del trabajo de Juan Ignacio Manglano “Vivir a lo grande. La necesidad vital de la grandeza de ánimo” también es claramente ético. Por su parte, el escrito “La sabiduría y la vida humana: lo natural y lo sobrenatural”, que pertenece a Lawrence Dewan, versa sobre los cimientos de la moral y de la ética, pero su fundamentación es teológica.
5) Hay antropologías cristianas con un neto enfoque historicofilosófico. También en este libro tenemos ejemplos. En efecto, comparecen cuatro estudios sobre la antropología de cuatro pensadores relevantes del s. XX, tres franceses y un ruso: Marcel, Nedoncelle, Mouroux y Soloviev. Julia Urabayen, trabaja la antropología de Gabriel Marcel en “El carácter ontológico y ético de la libertad en la filosofía de Gabriel Marcel”. José Angel García Cuadrado considera en “Fidelidad, libertad y tiempo. Nota sobre la filosofía personalista de M. Nédoncelle” las claves de una antropología cristiana según tal filósofo. Juan Alonso, en “Sentido cristiano del mundo: la persona y el mundo desde la perspectiva personalista de Jean Mouroux”, resume la concepción del mundo y de la persona de este célebre teólogo. Por su parte, Marcela García, en su trabajo “Vladimir Soloviev y la divinohumanidad” resume la antropología del que pasa por ser el mejor pensador ruso de los últimos tiempos.
6) Hay antropologías cristianas con un enfoque metafísico. El método cognoscitivo que emplea la metafísica para conocer sus temas, los primeros principios o actos de ser reales fundamentales, es el hábito de los primeros principios. En esta obra podemos encontrar los siguientes trabajos en esta línea: “Dignidad humana: dimensiones y fuentes de la persona humana” de Josef Seifert, y “Antropología personalista subyacente en la Biblia” de Joaquín Ferrer Arellano. Esos estudios atienden al acto de ser humano, pero lo estudian como un fundamento.
7) Se dan también antropologías cristianas con un enfoque de antropología trascendental. Este enfoque no se reduce al metafísico, porque ese es distinto por inferior o menos cognoscitivo, al que se emplea la antropología para alcanzar su tema, la persona, a saber, el hábito de sabiduría. Según esto, la antropología no es una metafísica de la persona (es decir, una metafísica regional), sino un saber superior a la metafísica. Al nombre de antropología se añade la palabra trascendental para distinguirla de la antropología filosófica tradicional, porque, a distinción de los planteamientos filosóficos precedentes, los siguientes estudios no se centran en la naturaleza humana (cuerpo, funciones, facultades sensibles y espirituales), tanto en estado nativo como en estado activado o desarrollado (ético, gnoseológico…), a lo que se puede llamar esencia humana. Tampoco se ciñe este enfoque a los productos humanos, como lo hace la antropología cultural. Sino que se centra en los radicales del acto de ser personal, que son, a su vez, rasgos peculiares de toda persona (también de las angélicas y divinas). Hecha esta precisión, hay que decir que esta obra contiene tres estudios con este planteamiento, aunque en el tercero se añade el punto de vista teológico a este proyecto. Uno de ellos es el de Lluís Clavell “El hombre como ser libre”. Otro, el de Salvador Piá “El carácter filial de la co-existencia humana”, y el tercero es mi trabajo “Un programa distinto de `idea´ cristiana del hombre”.
8) Hay antropologías cristianas con enfoque bíblico. En esta obra lo ejemplifican los estudios de Claudio Basevi “Líneas fundamentales de la antropología en San Pablo” y Miguel Lluch “Adán o Cristo. El fundamento de la antropología cristiana”. El primero analiza el significado de los términos bíblicos. El segundo advierte que sin la elevación en orden a Cristo no se entiende la naturaleza humana, es decir, que el fin (y por tanto la comprensión) del hombre creado, es su elevación sobrenatural. Quedarse en la sola naturaleza es, pues, un reduccionismo que no explica al hombre sino a medias.
9) Hay antropologías cristianas con un enfoque teológico. Representativos trabajos en esta obra son el de Juan Borobia “Identidad objetiva del cristiano y conciencia subjetiva”, y el de Eduardo Terrasa “La llamada de Dios como constituyente del ser de la persona. Llamada desde el final y a través de la historia, llamada interior y llamada exterior”. La clave de ambos trabajos estriba en que ponen el acento de la comprensión humana en lo teológico, precisamente porque para ellos lo filosófico es una explicación deficiente.

Conclusiones
De la lectura de esta diversidad de antropologías cristianas se pueden sacar las siguientes conclusiones.
A) No parecen cristianos los planteamientos filosóficos agnósticos que declaran de un modo u otro que no se puede conocer de modo natural a la persona humana (Kant, Heidegger, Sartre, etc.). Tampoco los que declaran que ese tema no se alcanza de modo sobrenatural (materialismos, empirismos, etc.). Similares a los precedentes son los puntos de vista que admiten que la persona humana no es un tema de la filosofía (racionalismo, logicismo, etc.) o de la teología (fideismos, espiritualismos, etc.). No parecen tampoco suficientes para el cristianismo los enfoques antropológicos que rechazan o excluyen la revelación, y los teológicos que prescinden de la antropología. En efecto, no parecen cristianos los que sostienen que el conocer personal se puede alcanzar, o bien sólo por la razón (naturalismos, etc.), o bien exclusivamente por la fe (Kierkegaard, Jaspers, Marcel, etc.).
B) Por el contrario, son antropologías cristianas las que dejan el camino abierto al núcleo personal. Las que declaran que ese tema se alcanza tanto natural como sobrenaturalmente. Las que no excluyen la revelación y la teología. Por tanto, agrupando por parejas las posibles propuestas de antropologías y teologías que se pueden considerar cristianas, parece que es posible distinguir los siguientes grupos:
1) Caben antropologías cristianas que centran su estudio sobre todo en la naturaleza humana (cuerpo y potencias), en la esencia humana (hábitos de la inteligencia y virtudes de la voluntad), o en las manifestaciones humanas (el tener, el habitar, el tiempo y la historia, el lenguaje, la sociedad, el trabajo, la cultura, la técnica, la economía, etc.), dejando abierta, a la par, la puerta a la teología. Pero dado que ninguna de esas dimensiones humanas es el acto de ser de la persona humana, esas antropologías servirán menos al cristianismo que otras superiores que sí lo tengan en cuenta. Se trata de los planteamientos biológicos, sociales, fenomenológicos, éticos, etc. Este enfoque es similar, pero de dirección contraria, a las teologías cristianas que intentan casar el dato revelado exclusivamente con lo natural, esencial o manifestativo del hombre, no con el acto de ser de la persona humana, y, por ello mismo, sus descubrimientos no alcanzarán a la intimidad personal. Serán, pues, antropologías teológicas cristianas válidas, pero insuficientes.
2) Caben antropologías cristianas que, además de lo precedente, reparan también en el acto de ser humano y lo conocen como distinto realmente de la esencia humana y de la naturaleza humana, dejando también la puerta abierta a la teología. Con todo, a la hora de tratar del acto de ser personal humano lo estudian con un sesgo metafísico, es decir, lo ven como un principio o fundamento, y consecuentemente, lo asimilan a los demás principios o actos de ser que descubre la metafísica. Pero con ese método no se capta lo distintivo del ser humano respecto de los demás actos de ser, y se predican de él rasgos que, o bien son propios del ser del universo (la subsistencia, dependencia, etc.), o bien son rasgos propios del ser divino (la identidad, simplicidad, independencia, etc.). En consecuencia, este planteamiento al ceder a una antropología tal ve prematura para alcanzar lo distintivo de la persona o espíritu humano, muchas de sus conclusiones terminan en paradojas insolubles, que son difícilmente aunables con la revelación (por ejemplo: ¿cómo es posible que el hombre sea libre si es fundado? En ello estriban los planteamientos metafísicos. Estos proyectos son similares, pero de signo inverso, al de algunas teologías cristianas que desde el dato revelado intentan explicar al hombre usando categorías metafísicas. El resultado es parecido, a saber, que la riqueza de lo revelado pierde fuerza o se acartona al usar categorías no aptas para ello. En esto radican algunos planteamientos bíblicos, eclesiológicos, etc.
3) Caben también antropologías cristianas, que por considerar que hay teologías cristianas que saben poca filosofía, postergan el dato revelado en demasía y se centran casi exclusivamente en exploraciones humanas más o menos profundas. Su resultado puede ser de mucho fruto humano, pero, de momento, de escaso fruto cristiano. Su peligro será ceder a una especie de naturalismo antropológico. Estas ofertas son similares, pero inversas, a las de esas teologías cristianas que, por considerar insuficientes los planteamientos filosóficos anteriores (de 1 y 2), saltan al terreno teológico demasiado rápidamente, dejando un hiato entre la antropología y la teología (entre razón y fe, según la expresión clásica). Estas teologías se exponen a construir los sillares del edifico teológico sobre arenas antropológicas. El resultado tal vez tampoco sea muy satisfactorio, y, en consecuencia, no podrán ser la mejor ayuda para el cristianismo. Su peligro es siempre lo que podemos denominar un sobrenaturalismo, en el que no se sabe, por ejemplo, en qué dimensión radical humana incide cada una de las piezas maestras de nos descubre la revelación (la gracia, la filiación divina, las virtudes sobrenaturales, las morales, los sacramentos, los dones del Espíritu Santo, etc.). Parecen teologías superpuestas a la antropología como el aceite sobre el agua. No es infrecuente que cuando se quiere evadir esta acusación, se tienda a la mezcla, es decir, a la generalidad o totalización, diciendo, por ejemplo, que la fe afecta a todo el hombre; que la filiación divina eleva al hombre entero, etc., tesis que, en vez de animar el deseo de saber (natural y sobrenatural) acerca de lo real, lo paralizan.
4) Caben antropologías y teologías cristianas que centren su investigación en lo nuclear humano, es decir, en el acto de ser de la persona, y que lo lleven a cabo de tal manera que alcancen lo distintivo del acto de ser humano respecto de los demás actos de ser. Que permiten, además, profundizar cada vez más en él. Que intentan, en consecuencia, aunar los descubrimientos de esa intimidad personal con lo manifestado por la revelación, el Magisterio de la Iglesia, los santos y doctores, con lo alcanzado en la propia oración personal, etc. Obviamente este enfoque requiere más estudio que los precedentes. Si los hallazgos son verdaderos, estas propuestas serán de mayor ayuda para la comprensión cristiana del hombre en cuanto persona que es hija novedosa e irrepetible de Dios. Pero como nunca habrá dos personas iguales, nunca habrá dos conocimientos verdaderos iguales de quién se es y de quién se está llamado a ser como hijo de Dios. Dios no se repite ni al crear los actos de ser personales, ni al crear los actos de conocer personales según los cuales se conocen los actos de ser. A este esquema responde la antropología trascendental y la teología que tenga en cuenta los descubrimientos de aquélla.

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