LOMBO, José Ángel; La persona en Tomás de Aquino. Un estudio histórico y sistemático, Apollinare Studi, Roma, 2001, 414 pp.

por Juan Fernando Sellés

El libro de José Angel Lombo responde a la publicación íntegra de su tesis doctoral sustentada en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, es una trabajosa investigación históricoantropológica centrada en Sto. Tomás y sus fuentes. A la Introducción, que consta de cuatro apartados, y en que se destaca el objeto de este estudio, el método y sus límites, el problema de las fuentes y la estructura de la investigación, siguen dos partes que configuran el cuerpo del libro; y a éstas, las sumarias Conclusiones así como una extensa Bibliografía y un Índice de autores citados.
La primera parte, Proceso histórico de la categoría “persona”, está conformada por tres extensos capítulos. En el primero se estudia el concepto de persona a lo largo de la filosofía antigua (presocráticos, Platón, Aristóteles, estoicos y neoplatónicos) y en el pensamiento cristiano, tanto en las Sagradas Escrituras (Antiguo y Nuevo Testamento), como en la Patrística (Tertuliano, los padres capadocios, San Agustín, etc., hasta el Concilio de Calcedonia). En el segundo se aborda la definición de persona de Boecio: sustancia individual de naturaleza racional (Liber de persona et duabus naturis, c. III, II, Contra Eutychen et Nestorium, PL MG., 64, 1343 C).. El tercer capítulo se centra en la noción de persona en esos pensadores medievales que la estudiaron y que precedieron a Tomás de Aquino: San Juan Damasceno, San Anselmo de Canterbury, Pedro Abelardo, Gilberto Porretano, Pedro Lombardo, Guillermo de Auxerre, Simón de Tournai, Ricardo de San Víctor, Alejandro de Hales, San Buenaventura y San Alberto Magno.
La segunda parte, El problema de la persona en Tomás de Aquino, es la central de la obra, y se divide en cuatro capítulos. En el primero se procede a un análisis terminológico para distinguir el concepto de persona de los de esencia, subsistencia y sustancia. En el segundo se atiende al examen de la definición de Boecio, que como indicaba el propio Lombo en otro lugar “pasaría a la filosofía medieval como punto de referencia obligado, aunque hay que señalar que recibiría bastantes críticas” (“La persona y su naturaleza: Tomás de Aquino y L. Polo”, Anuario Filosófico, XXIX (1996) 2, 726). Tomás de Aquino también la asumió, pero la corrigió en cada uno de sus términos, pasando de sustancialidad a la subsistencia, de la individualidad a la incomunicabilidad, y de la naturaleza racional a la intelectualidad. El capítulo tercero ofrece la síntesis tomista de estos tres elementos: la individualidad, la sustancialidad y la racionalidad. El cuarto se centra en el tema de la perfección del individuo subsistente racional. Vamos a detenernos y examinar un poco más detenidamente el núcleo de la cuestión, que se expone en los capítulos tres y cuatro de esta parte.
En cuanto al capítulo tercero, considero que la aportación más notable de José Angel Lombo es la sustitución de la racionalidad por la intelectualidad. Esa tesis permite no sólo salir del esquema de la filosofía moderna, marco general en el cual lo distintivo y hegemónico de la persona pasa por ser lo racional, sino que también permite aunar más la antropología tomista con la revelación divina. En efecto, téngase en cuenta que personas no sólo son los hombres, sino también los ángeles y las Personas divinas. Sin embargo, sólo los hombres son racionales. De modo que si la racionalidad fuera lo distintivo de las personas, no podrían ser personas más que los hombres. No podrían serlo aquellos seres de naturaleza superior a la humana. En cambio, la intelectualidad sí es un rasgo característico de todas las personas, también de las humanas. Además, recuérdese que para Tomás de Aquino, en el hombre, el intellectus es acto y fin de la ratio, y por ello, superior a ésta. Por lo demás, téngase en cuenta que para el de Aquino el principio de individuación en los seres espirituales es el mismo espíritu. En el hombre, que es corpóreo y espiritual, ese principio de individuación no deja de ser el espíritu, aunque también lo sea el cuerpo.
El intento de rectificar la individualidad es, a su vez, tan significativo como opuesto a ciertas antropologías contemporáneas, tales como la de Kierkegaard y las de los pensadores existencialistas que han recibido su influjo (entre otras corrientes de pensamiento). En efecto, una persona es para algunos de estos filósofos un individuo. Pero esto no es así, porque, aunque el ser personal de cada quien sea incomunicable, con todo, es radicalmente coexistente, pura apertura personal a las demás personas. Por otra parte, si la subsistencia en Tomás de Aquino marca la distinción de la sustancia respecto de los accidentes, ello impulsa a pensar que, dada la carga ontológica de la sustancia frente a los accidentes, se puede entender a ésta al margen de sus accidentes (no a la inversa). Comparativamente, si la persona es lo radical, lo subsistente en el hombre será tal a pesar de que lo periférico, accidental o no nuclear, deje de subsistir, como le sucede al cuerpo y a todas las facultades y funciones orgánicas con la muerte. Con todo, este modo de saber analógico, que compara la persona a la sustancia, es más equívoco que análogo, pues lejos de ser preciso, es una buena rémora para conocer el ser personal. En efecto, el modelo de las categorías es aplicable exclusivamente a la realidad física, no a la espiritual.
Por lo que se refiere al capítulo cuarto, en él se cifra la perfección de los seres intelectuales en la reditio completa sobre sí mismos, asunto en el que no estoy de acuerdo. Esa vuelta sobre sí se estima que es cognoscitiva y volitiva. Se trata de la teoría de la reflexio, según la cual se llega al conocimiento propio completo tras la completa vuelta reflexiva (otro tanto habría que decir del querer). Pero esto supone afirmar que la ignorancia da lugar al conocimiento, que el deseo da lugar al amar; en rigor, que la potencia da lugar al acto, lo cual es imposible (esta tesis es neoplatónica pero no aristotélica; también es moderna).
En suma, estamos ante un estudio riguroso por lo que al bagaje histórico se refiere, y también por la multiplicidad de citas del corpus tomista aducidas. El uso de ese abundante aparato crítico le permite a Lombo sacar una serie de conclusiones filosóficas minuciosas y con bastante calado, la más notoria, a mi modo de ver y que comparto, es que “Tomás rechaza la identificación de la persona con el alma” (p. 365). Con todo, se echa un poco en falta sacar más partido de la distinción tomista entre persona y naturaleza (he aquí unos textos sugerentes: “persona significat id quod est perfectissimum in tota natura”, S. Theol., I, q. 29, a. 3 co; “hoc autem nomen persona non est impositum ad significandum individuum ex parte naturae, sed ad significandum rem subsistentem in tali naturae”, Ibid., I, q. 30, a. 4 co.). Pero la explicitación de esta distinción real en el hombre Tomás de Aquino tampoco lo llevó a cabo, asunto que hubiese sido muy deseable.

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