MELENDO, Tomás, Entre moderno y postmoderno. Introducción a la metafísica del ser, Cuadernos de Anuario Filosófico (serie universitaria, nº 42), Pamplona, 1997, 138 pp

por Francisco Luís García-Paine

El movimiento de la postmodernidad pone de manifiesto que la inspiración básica del proyecto moderno ha desembocado en un fracaso. En la imposibilidad de volver atrás para encontrar unos fundamentos estables de la contemporaneidad y de los próximos siglos es preciso descubrir unos cimientos inéditos que sirvan de apoyo a la nueva civilización, tanto en el plano personal como en el político y social. Hay que establecer las bases metafísicas de la presente civilización. Tal es la propuesta que el profesor Melendo nos presenta en este trabajo.

En efecto, la primera parte del libro muestra cómo la entera moderninad y la tardomodernidad encuentran su inspiración básica en la instauración del cogito cartesiano como principio radical innovador de toda la filosofía futura. Principio con el que se inicia el proceso de demolición de la metafísica y que está en el origen de la actitud anti-metafísica de casi toda la modernidad por su rechazo del ser. Y es que, “al hacer del cogito, ergo sum el fundamento de cualquier lucubración y deducción posteriores, Descartes sustituye el ser como principio de la realidad también de la realidad humana por la conciencia” (p. 8). El pensamiento (y, en general, toda la subjetividad) se alza como principio primero no fundamentado, la conciencia ocupa el lugar que corresponde al ser. Es más, tras desarrollar esta cuestión, el profesor Melendo sugiere que “cuando Descartes concede la primacía absoluta a una conciencia des-substancializada, lo que está repudiando es la misma concidión de real de todo cuanto existe (mientras no se encuentre mediado por el pensamiento)” (p. 20) Resulta claro que en este panorama la metafísica, como saber de lo-que-es y en-tanto-que-es, acabará por ser rechazada.

Además, el repudio de la metafísica tiene como resultado unas actitudes anti-antropológicas y anti-éticas, igualmente características de la modernidad. A este respecto, el autor nos muestra cómo la instauración del cogito como principio primero ocasiona que, junto con la metafísica, se venga también abajo la imagen teórico-práctica del hombre como persona, por cuanto el pensamiento moderno, llevado a la práctica, despersonaliza al hombre, para después levantar su acta de defunción, tras la declaración más o menos retórica de la muerte de Dios; e igualmente se tambalean los criterios determinantes de su actuación moral, ya que los epígonos de la tardomodernidad proponen como criterio de conducta un “egoísmo racional” o un “individualismo responsable”, en el que el sujeto humano se cercena como persona, y que constituye la contrahechura y la antítesis de la verdadera moral, para adentrarse en el oscuro vacío del nihilismo. La primera parte del libro concluye mostrándonos cómo, en efecto, la instauración del cogito como principio radical, esto es, la opción por la conciencia des-substanciada en detrimento del ser, termina abocándonos al nihilismo. Un nihilismo omnipresente, caracterizador y tremendamente actual. Por su parte, la tardomodernidad, al no renunciar a los principios e ideales ilustrados, no hace sino agudizar este proceso anti-antropológico y anti-ético.

Así pues, la única salida real de esta situación pasa necesariamente por la recuperación de la metafísica del acto de ser. Tal es el viraje que debe dar la cultura y el pensamiento actual. La intención del autor es la de persuadir al lector sobre la necesidad de renovar y de cimentar una auténtica metafísica del acto de ser que acoja las exigencias especulativas, culturales y espirituales que se encuentran en la base del pensamiento moderno, y las reconduzcan dentro de la perspectiva del comienzo realista. “Ésa es la tarea primordial. A continuación, habría que poner de manifiesto que el primum ontologicum la condición de ente, se constituye a la par, y de manera indisoluble, como primum gnoseologicum y como primum ethicum. Pero que además se configura, de forma inseparable, como primum estheticum, por cuanto la belleza puede definirse como ‘el ser llevado en plenitud y hecho presencia’; y como primum anthropologicum, en la misma medida en que el hombre vive o muere teóricamente y, en cierto sentido, en la práctica junto con su capacidad de captar la verdad, querer la bondad y hacer y gustar la belleza” (p.125). En la última parte del libro Melendo nos anticipa esta novedosa propuesta metafísica que irá desarrollándo en estudios posteriores y con la que inicia un entero programa de estudios.

La importancia de esclarecer esta cuestión no puede escapar a quien, poseyendo un mínimo de formación metafísica, se encuentre al tanto del rumbo que ha ido adoptando la civilización contemporánea. En efecto, lo que se pone en juego con la investigación que el profesor Melendo plantea no es sólo ni principalmente la elucidación teórica del fundamento constitutivo de la realidad; sino también, y a través de ese esclarecimiento teórico, el destino de toda una sociedad: una sociedad que, por decirlo con palabras que no disgustarían a Husserl, debe imperiosamente recuperar el sentido de lo real (zu den Sachen selbst!).

Así, a la típica propuesta moderna, que consagra la prioridad de la conciencia sobre el ser, y que técnicamente se conoce como inmanentismo nihilista, no cabe sino oponer el principio de realidad, que recupera la primacía del ser sobre las mil manifestaciones de la subjetividad humana y el primado del bien-en-sí sobre la utilidad y el placer. Ahora bien, semejante tarea corresponde a la persona íntegra, considerada en su radical unidad. De ahí que, para llevarla a término, sobre todo cuando los entes que hay que recuperar son personas singulares, con toda la carga de dignidad y reverencia que cada una de ellas lleva consigo, resulte imprescindible, junto al conocimiento metafísico riguroso del otro en cuanto ente y en cuanto otro, el amor. Amar, en última y radical instancia, no es sino confirmar o corroborar el ser de lo querido. Por eso, el principio de realidad lleva consigo una inversión radical de la radical inversión cartesiana, que más allá del dividuum postmoderno, reconquista la unidad de conocimiento y amor en el sujeto, y restaura, junto con el primado del ser, el sano sentido común y la filosofía que con él entronca.

Amar la realidad circundante, corroborarla en el ser, lleva aparejada la aceptación complementaria de que yo no soy principio o fuente de su entidad, sino que cuanto me rodea es con independencia de mí: que posee una autonomía propia y un dinamismo interno, derivado de su propio acto de ser, que yo no sólo debo respetar, sino que en la misma medida en que se relaciona conmigo me encuentro llamado a favorecer y auxiliar, hasta que alcance su plenitud. La verdadera filosofía es concebida como amor a la verdad que se identifica con el ente.

Pero, si bien es cierto que no puede haber teoría cabal y completa, conocimiento con alcance real, al margen de la actitud de buen amor, encarnada en las instituciones y en las personas singulares, no lo es menos que apenas existe en la cultura contemporánea establecida un ámbito propio donde esta razón metafísica pueda desarrollarse.

El empeño en proclamar la crisis de la cultura occidental influyó fuertemente en la instauración de la “cultura de la crisis”, en la que ahora estamos sumergidos. Y un elemento nada despreciable de semejante estado lo constituyó lo que ha dado en llamarse “crisis de la racionalidad”, origen de tantas modificaciones en el panorama filosófico contemporáneo. Esa crisis se encuentra esencialmente referida a un solo modelo de racionalidad, hegemónico sin duda en los últimos siglos: la racionalidad científica. De modo que cuando el cientificismo entra en crisis lo hace arrastrando consigo a toda la cultura.

Por eso en muchas corrientes filosóficas actuales se manifiesta un rechazo de la mentalidad científica como modelo exclusivo de todo saber que se pretende legítimo y el consiguiente intento de recuperar la racionalidad para los dominios prácticos. Dentro de estas corrientes el autor se detiene en un somero análisis de la hermenéutica, el último Heidegger (el Heidegger del pensamiento “rememorativo” o “poetizante” propio de sus escritos postreros) que nos remonta hasta Nietzsche (a cuya luz se vienen interpretando los restantes autores de moda) o el pensiero debole. El problema radica, en primer lugar, en que toda esa reconquista de la racionalidad de la praxis se está llevando a término al margen de cualquier fundamentación teorética estricta y genuina. Y en segundo término, es también patente, en estas teorías, la crisis de la racionalidad científico-técnica, en la que tampoco están ya vigentes los principios especulativos. Y aunque han aparecido en el panorama actual corrientes que defienden la posibilidad de una racionalidad filosófica genuina, constrastable y comunicable, y que están recabando la adhesión de grupos cada vez más nutridos de pensadores (la hermenéutica en su versión gadameriana, la “nueva retórica” de Perelman o la “filosofía práctica”), sigue faltando un ámbito donde el saber propiamente teorético se afirme con una racionalidad “fuerte”, que, sin embargo, no se identifique con la científico-técnica.

Sólo en esa esfera podrían plantearse los interrogantes últimos sobre el sentido del mundo y de la existencia humana. Unos interrogantes ineludibles pero que no resultan viables si no se trasciende la versión inmanentista que, en cierto modo, encuentra su origen y paradigma en Descartes.

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