QUINN, J.J.; DAVIES, P.W.F. (eds.); Ethics and Empowerment, MacMillan, Hampshire, 1999, 444 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

La sociología contemporánea ha analizado la aparición de estos fenómenos de subalternancia y sometimiento en el desarrollo del capitalismo tardío, tratando de contrarrestar los posibles efectos contraproducentes a que pueda dar lugar. En 1999 Quinn y Davies en una obra colectiva, Etica y Capacitación, han puesto de manifiesto la influencia de la propia capacitación humana y profesional en el desarrollo de los mecanismos empresariales capitalistas, especialmente en relación al ejercicio de un adecuado autocontrol ético del propio poder de gestión, exigiendo un específico reconocimiento de la autonomía laboral del propio trabajador, especialmente si se trata de un intelectual, ya sea hombre o mujer. Hasta el punto que la mayor aceptación de estos programas de capacitación está teniendo un gran impacto en las propias estrategias de organización empresarial, habitualmente a través del análisis de casos donde se comprueba el posible impacto de diversas estrategias posibles de capacitación ética. Hasta el punto que hoy día el debate por el reconocimiento ha planteado un desafío al modo capitalista de enfocar las diversas estrategias empresariales: la necesidad de otorgar una prioridad al reconocimiento de la influencia directa que estas diversas estrategias de capacitación ética pueden ejercer en el modo de organizar una empresa, según se adopte una estrategia de tipo co-operativista, comunitarista, o simplemente automantenimiento. Evidentemente con estas propuestas se quiere reconocer la necesidad de otorgar a los factores éticos y formativos una mayor importancia de lo que anteriormente se había hecho en el enfoque capitalista de la organización empresarial, sin quedarse en un planteamiento meramente legalista, como anteriormente había ocurrido con el intelectual en general o con la mujer en especial. Sin embargo surge una preguynta, realmente ¿no se sigue haciendo un uso meramente instrumental  de estos procesos de capacitación personal y ética, como si se pudieran someter a criterios de valoración meramente cuantitativos? ¿No se pone esta mayor capacitación al servicio de un tipo de productividad ajena a sus propios intereses? ¿No se somete al trabajador intelectual, ya sea hombre o mujer, a un tipo de sometimiento e infravaloración, como si fuera un oficio subalterno, sin otorgarle la capacitación personal y ética que efectivamente le corresponde, como los propio autores en ocasiones reconocen?

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