SMILG VIDAL, Norberto, Consenso, evidencia y solidaridad. La teoría de la verdad de Karl-Otto Apel, Comares, Granada, 2000, 345 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

La transformación semiótica de la filosofía Apel reconstruyó el proceso de convergencia operado en los años 60 entre las más diversas tradiciones kantianas, fenomenológicas, analíticas, hermenéuticas y neopragmatistas, incluyendo ahora también los casos autoenajenados e inclasificables de Wittgenstein y Heidegger, legitimándolas en nombre de una teoría consesual de la verdad. Según Norberto Smilg, el giro lingüístico de los años 60 articuló la triple noción de verdad, como aleceia o desvelamiento fenomenológico, como prueba analítica o coherentemente autojustificada y como simple convención o conformidad pragmática, mediante una teoría consensual de la verdad, que a su vez se justifica en nombre de una pragmática transcendental del discurso similar la propuesta por Peirce hace ya más de 100 años. Precisamente este fundamento transcendental evitó que las propuestas de Apel se quedaran en una simple pragmática universal utópica y a la vez falibilista o en sí misma revisable, como ocurrió en Habermas (cf. N. Smilg (ed.): “Karl Otto Apel. Apel versus Habermas”, Comares, Granada, (Colección Claves, 1) 2004), sin tampoco fomentar un relativismo cultural, o un dogmatismo irracionalista, como por distintos motivos acabaría sucediendo en la así llamada postmodernidad. De todos modos la teoría consensual inicialmente tampoco se remitió a los criterios de existencia, de adecuación o de evidencia, propios de la filosofía clásica, donde por distintos motivos también se siguió otorgando una prioridad a la relación sujeto-objeto sobre la relación sujeto-sujeto, que ahora se juzga más básica.
Para justificar estas conclusiones se dan siete pasos: 1) Se reconstruye el giro semiótico iniciado por Wittgenstein en el modo de concebir la filosofía; 2) Se analiza la teoría consensual de la verdad de Peirce, como presupuesto de este giro semiótico; 3) Se describe la polémica de Apel con el racionalismo crítico de Popper y Albert acerca de la amplitud otorgada al falibilismo epistemológico, al decisionismo metodológico y al principio de refutación, sin poder ya remitirse a ningún criterio de evidencia válido por sí mismo; 4) Se analiza la relación del falibilismo y de la teoría consensual de la verdad respecto del mundo de la vida y la necesidad de una verdad adecuación al modo de Tarski, que ahora se afirma como un presupuesto de la soldadura epistemológica existentes entre ambos; 5) Se contrapone la teoría consensual de la verdad con la noción de aleceia o desvelamiento en Heidegger, mostrando la superioridad de la primera; 6) Se analizan los desarrollos posteriores de la crítica del sentido en la hermenéutica filosófica de Gadamer, con resultados similares; 7) Se fundamenta la teoría consensual de la verdad en la teoría de los actos de habla de Austin y Searle, aunque dándole un sentido pragmático-transcendental muy distinto del uso meramente subjetivo apriorista y autodestranscendentalizador que entonces se le dio, o del uso pragmático universal que después propuso Habermas.
Para concluir una observación al lector. Smilg tiene en cuenta el creciente distanciamiento de Apel respecto de Habermas en Diskurs und Verantwortug de 1988 o en Auseinandersetzungen de 1998, aunque lo haga de un modo indirecto citando diversos artículos sueltos también recopilados en la publicación antes citada. En gran parte este distanciamiento vino provocado por las numerosas implicaciones que el universalismo y, en su caso, el transcendentalismo de la teoría consensual de la verdad acabaría teniendo en diversos debates, ya sea sobre la explicación/comprensión con P. Winch y von Wright, o sobre la naturaleza del postmodernismo filosófico con los post-estructuralistas Derrida y Lyotard o el neopragmatista Rorty. El cualquier caso la formulación del principio complementario de autoalcance y de autotranscendencia le permitiría reconstruir las transformaciones ocurridas en el modo de concebir la existencia, la adecuación o la mera conformidad recíproca, otorgándoles un nuevo valor de verdad en continuidad con el que le otorgaba la filosofía clásica, aunque ello fuera a costa de incrementar aún más las discrepancias al respecto.

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