TAURECK, Bernhard H. F.; Metaphern und Gleichnisse in der Philosophie. Versuch eine kritische Iconologie der Philosophie, Suhrkamp, Frankfurt, 2005, 503 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Metáforas y comparaciones en filosofía aborda una persistente paradoja del pensamiento especulativo: cuando más se pretende evitar el recurso a unos usos metafóricos o comparativos del lenguaje en sí mismos imprecisos – por ejemplo, al referirnos a la muerte -, precisamente entonces se hace un uso indebido del lenguaje, que a su vez genera una mala conciencia especulativa en si misma inevitable. Según Taureck, la poesía también hace metáforas y comparaciones tan audaces o más que la filosofía cuando se remite a la muerte o a otros conceptos límite similares, pero su mala conciencia nunca alcanza los niveles de la filosofía, ya que en su caso tampoco se reividican las mismas pretensiones irrenunciables de precisión y globalidad, como ahora es el caso. De ahí la necesidad de justificar una previa iconología crítica que justifique el peculiar uso que el lenguaje filosófico hace de las metáforas y comparaciones, tratando de justificar el valor de uso asignado en cada caso.

La tradición filosófica tiene acuñadas a  este respecto un gran número de metáforas y comparaciones canónicas que, como ocurre con la imagen de la nave del estado, configuran un ámbito inter-imaginario verdaderamente compartido y dejado a recaudo de la memoria. Al menos así lo hizo notar Ortega y Gasset en la Rebelión de las masas al hacer referencia a una propedéutica heurística previa de ideas y creencias, ya se les quiera dar un alcance poético o estrictamente filosófico (p. 26). Pero lo mismo se podría decir de la metáfora platónica del pastor y del ganado en Heidegger; o del uso estoico de la metáfora del vigilante de una torre, ya se le otorgue un sentido claramente favorable suicidio, o se use para defender el don irrenunciable de la vida, como ocurrirá más tarde en Rousseau; o la metáfora clásica de la cadena de seres y acontecimientos, según se utilice para argumentar a favor o en contra del suicidio, como ocurrirá respectivamente en Hume y Montaigne; o la metáfora presocrática de la noche para referirse al caos frente a la luz ordenada del día, tan presente también en Heidegger, Nietzsche o Hegel. Se muestra así como el lenguaje metafórico de la filosofía configura un ámbito inter-imaginario previo dejado a recaudo de la memoria y cuyo uso cultural compartido es en sí mismo ambivalente. Para justificar estos extremos la monografía se divide en cuatro partes y una conclusión:

1) Las imágenes como presupuesto del filosofar separa tres posibles usos de las metáforas, respecto de nosotros, los demás o en atención a su estricto significado, que a su vez está condicionado retroactivamente por los otros dos. Al menos así sucede en el uso metafórico de algunas expresiones, como la cadena del ser, la aleceia o desvelamiento, el sol, o las letras, el libro y el lector, o el pastor y el ganado, o el arquitecto, dando lugar a distintas paradojas similares a las antes señaladas.

2) Semántica de casos y de probabilidad en el uso filosófico de las imágenes, localiza este peculiar inter-imaginario cultural previo, que a su vez permite unificar la dispersión probabilista de casos respecto del significado metafórico compartido asignado. Se analiza como Descartes, Kant, Adorno, Derrida, Buenaventura, Tomás de Aquino, Rochefoucault, Nietzsche, Spinoza, Rousseau o Hegel, abordaron este problema, incluyendo el debate sobre la incognoscible cosa en sí, o a la reversible dialéctica entre amo y esclavo.

3) Se justifica el peculiar proceso de delimitación y posterior redefinición de los conceptos filosóficos a través de tres pasos: a) Se comprueba la paradoja de la esencial indefinición y de la indemostrabilidad de las nociones y principios filosóficos más comunes, incluido el propio Dios, tal y como fue descrita por Aristóteles, Tomás de Aquino, Xenofanes, Plotino, Hegel o Nietzsche; b) El paso hacia una mayor concreción en el uso metafórico del lenguaje, aunque para ello haya que provocar diversas situaciones límite de imposible justificación, como de hecho sucede con el supuesto metafórico de la salida de la cueva, de la localización de una utopía, o de una transvaloración de los valores; c) Se diferencia el uso metafórico del lenguaje por parte de la filosofía y la poesía, como ahora se pone de manifiesto a través de la imagen del rayo.

4) Se analiza la posible dimensión transcendental del uso de las imágenes en filosofía, ya que el lenguaje metafórico no sería posible sin una previa apertura hacia lo indefinible, y en definitiva hacia la vida, como de hecho ocurre con los conceptos de vacío, ciego o de la propia muerte. En cualquier caso las sucesivas redefiniciones iconológicas de los conceptos se ponen al servicio de la vida, que ahora se afirma como el presupuesto transcendental o la condición de sentido de todo este proceso. Sólo así la apropiación de un valor metafórico de pretensiones en sí mismas imposibles podrá generar a su vez  una crítica iconológica aún más estricta de las posibles consecuencias que su posterior extrañamiento puede generar en el mundo de la vida.

Para concluir una reflexión crítica: Bernhard H. F. Taureck comparte la estrategia hermenéutica utilizada anteriormente por Heidegger y Blumenberg en su crítica de la cultura, pero mostrando los presupuestos pragmático-transcendentales implícitos en su modo de proceder, cosa que antes ambos habían explícitamente rechazado. Para Taureck históricamente ha habido muchas posibles estrategias filosóficas para justificar el significado exacto otorgado al lenguaje metafórico, tratando de hacer compatible la dispersión probabilista de los casos particulares respecto del significado unitario asignado, sin compartir la descalificación generalizada de la historia de la filosofía entonces formulada. Ahora se nos ponen muchos ejemplos del papel desempeñado por el mundo de la vida a este respecto, sin quedarse solamente en las utilizadas por Aristóteles o la filosofía medieval. Por ejemplo, la antes mencionada de Ortega y Gasset. De todos modos ahora cabe preguntarse: ¿no admitiría la metáfora de la vida o la salida de la cueva, o de la legibilidad del mundo, otros usos espirituales mejor compartidos, así como remitirse a otros presupuestos pragmático-transcendentales aún más elevados?

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