CARDUS, Salvador; El desconcierto de la educación, Traducción de Mireia Blasco, Ediciones B, Barcelona, 295 pp.

María Jesús Bujalance Mestanza

Todos podemos fácilmente estar de acuerdo, en que las claves para entender el papel de la familia, la escuela y los valores, es una tarea ardua y difícil. Normalmente, el mundo de la educación contempla la realidad social basándose casi exclusivamente en categorías morales. Según este punto de vista, el problema consiste en dilucidar si los padres dimiten de su papel de educadores o si se “atreven” a cumplir con él, si los jóvenes pasan de todo o si “colaboran”, si los maestros han perdido la “vocación” o si la conservan. Y este debate se produce en medio de la supuesta maldad intrínseca de una sociedad nefanda, consumista y competitiva, violenta, intolerante e insolidaria, donde imperan la televisión, la prostituida publicidad y una profunda crisis axiológica.

Como consecuencia de esta permanente sospecha moral, se suele creer que la solución de todos los males se encuentra en una especie de gran regeneración colectiva. Se diría que casi todos los problemas sociales quedarían resueltos si la educación fuera lo que debería ser y recibiera el reconocimiento que debería recibir. Por lo tanto, se considera que la educación familiar y escolar es la responsable de transmitir los valores que permitirían al individuo enfrentarse a una sociedad moralmente corrupta.

Personalmente, no comparto estos juicios morales catastrofistas ni me parece razonable convertir la educación en la solución de algo que no tiene nada que ver con ella. Que la solución de todos los problemas universales (incluido lo políticos) radique en la educación, implica además, responsabilizarla de todo lo que no funciona. Y lo cierto es que la educación, por muy buena que sea, tiene unas consecuencias sociales limitadas.

La realidad social debería de analizarse al margen de valoraciones morales; existen factores estructurales determinantes que permiten explicar una situación determinada. Estos factores pueden ser: históricos, económicos, sociales y culturales. Sostener que la situación es como es, en grana medida, al margen de la voluntada moral de los individuos que están implicados en ella, es de una plausible sensatez. A parte de que, no creo en la posibilidad de regeneraciones morales colectivas. Frecuentemente doctrinarias. Sólo la conciencia individual de lo que nos determina colectivamente nos permitirá emanciparnos de ello, aunque sea parcialmente.

Defiendo la idea de que, el desorden actual de la educación no guarda relación con culpabilidades morales, sino que cabe explicarla atisbando simplemente en qué tipo de comunidad nos ha tocado vivir. Esta toma de conciencia debe ir seguida de la búsqueda del propio camino. Los determinantes sociales existen para todo el mundo, pero las posibilidades de liberarse de ellos, por lo general, son individuales. Es urgente crear y proporcionar las herramientas adecuadas, para que cada uno analice por su cuenta cada caso particular, posiblemente de esta manera, estaríamos en mejores condiciones para encontrar un sistema de actuación propio.

Mientras la ideología que defendemos nos haga concebir nuestra visión educativa, como el paradigma de la formación integral del ser humano y, por el contrario, percibamos en la educación del otro, un simple lavado de cerebro, la educación se verá impedida de crecer, evolucionar y desarrollarse.

Es urgente desdramatizar una realidad frecuentemente inventada por aquellos, que no quieren otra cosa que el poder. Cuando Cicerón afirmó que la educación es “liberar al estudiante de la tiranía presente”, nos estaba invitando a tender puentes entre las interpretaciones pretéritas y las expectativas futuras, con el objetivo de mirar más allá del triste partidismo ideológico venga de donde venga. Educar nunca debe confundirse con el adoctrinamiento. La educación se enriquece, madura y sobrevive en un medio, donde prevalezca preferentemente, el respeto por el otro y el consenso.

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