LYNN, Adele B.; La otra inteligencia. Plan para potenciar la inteligencia emocional en el trabajo, Traducción de Ecduardo Hojman, Ediciones Urano, Barcelona, 2006, 347 pp.

María Jesús Bujalance Mestanza

Entre las diferentes formas de definir la Inteligencia Emocional, me he decidido por la que la profesora Lynn ha sostenido en su obra La otra inteligencia: “el conocimiento que se gestiona sobre sí mismo y sobre los demás, para poder vivir auténticamente de acuerdo con nuestras intensiones”. Una Inteligencia Emocional que posibilita la comprensión plena de nuestro yo ideal. El combustible que pondría en marcha esta maquinaria sería las emociones. El control de este combustible es la esencia de la Inteligencia Emocional.

Las emociones impulsan nuestro comportamiento, imponiéndose frecuentemente a nuestros valores e intenciones y provocando un secuestro emocional, el cual puede alterar las percepciones y hacer confundir los hechos.

Para el análisis de la Inteligencia Emocional, necesitamos entender los tres componentes básicos de las emociones: el cognitivo, el fisiológico y el conductual. En el componente cognitivo de nuestras emociones, nos encontramos con percepciones, pensamientos y convicciones, que pueden influir en el estado emocional; en el componente fisiológico, el que entendamos mejor o peor nuestras emociones pasa por el grado de sintonía que tengamos con nuestras reacciones físicas. Reacciones que nunca mienten y que son fuentes creíbles de información respecto de nuestros sentimientos; el componente conductual, es la forma en que se expresan esas emociones (júbilo, felicidad, alegría, etc.). Entre las expresiones conductuales de las emociones también se incluyen las palabras y las acciones. La premisa es que si podemos cambiar lo que pensamos y también la forma en que nos comportamos en determinadas situaciones ejerceremos una influencia positiva en nuestra Inteligencia Emocional.

La capacidad emocional de un individuo puede aumentar con la edad y la experiencia. Esta capacidad incluye la habilidad de autocontrol y de gestionar sus relaciones con los demás, es decir, las experiencias que hayamos vivido cambian no sólo el nivel de conocimiento sino también la conexión emocional que contribuye a la madurez de una persona.

La mejor manera de ver la Inteligencia Emocional es como una sociedad entre el cerebro racional y el cerebro límbico. El primero puede  ser un socio importante a la hora de dar sentido a la memoria emocional y al almacén de datos recopilados por el sistema límbico. También puede ayudar al sistema límbico a diferenciar las verdaderas emergencias que amenazan nuestra vida o nuestra salud. La Inteligencia Emocional no tiene que ver con extinguir nuestras emociones, lo que podría ocurrir si damos preponderancia al cerebro racional; en cambio, se trata de entender cuándo nuestras emociones pueden ayudarnos a llevar a cabo nuestras intenciones y cuándo pueden obstaculizarnos. Tiene que ver con canalizar nuestras emociones de forma tal que operen a nuestro favor. Todas las emociones son útiles. Las emociones no son ni positivas ni negativas per se. Su existencia proporciona información. Resulta esencial comprender cómo influyen en el comportamiento y aprender a interpretarlas y dominarlas con el fin de cumplir nuestras intenciones en lugar de corromperlas. Hay muchos métodos para dominar la Inteligencia Emocional. Entre todas ellas he preferido utilizar el que propone Adele B. Lynn: el guía interior, que nos proporciona orientación, sabiduría y un seguimiento de nuestro progreso a medida que avanzamos por la vida.

Las cinco áreas de la Inteligencia Emocional, de las que habla Lynn son: autoconciencia y autocontrol; empatía; habilidad social; influencia personal y dominio del propósito y la visión. Autoconciencia y autocontrol, que suponen la habilidad de entendernos nosotros mismos y de utilizar esa información para administrar las emociones de una manera productiva. Empatía, para entender las perspectivas de los otros. Habilidad social, para construir relaciones y expresar afecto, interés y conflicto de una manera saludable. Influencia personal, para dirigir e inspirar positivamente a los otros y a uno mismo. Dominio del propósito y la visión, para otorgar autenticidad a la vida y actuar de acuerdo con nuestras intenciones y valores. Si bien todos estos componentes están interrelacionados, serán la autoconciencia y el autocontrol los que abren la puerta a la Inteligencia Emocional.

Nos ponemos en marcha con la autoconciencia, con nuestra capacidad de entendernos a nosotros mismos y luego usar esa información para llevar a cabo plenamente nuestras intenciones. Junto a la autoconciencia, poseemos al guía interior. Será él el que nos alerte cuando nos estemos desviando de nuestras prístinas intenciones. A medida de que desarrollemos la autoconciencia, el guía interior se volverá más complejo. El papel del guía interior, es la de ayudarnos a aprender de nuestras experiencias, con el fin de facilitarnos el llevar a cabo nuestras intenciones.

Ahora bien, ¿cómo hemos de preparar a nuestro guía interior? Los siete pasos hacia la Inteligencia Emocional que el guía interior debe dominar son: observar, interpretar, hacer una pausa, dirigir, reflexionar, celebrar y repetir. La observación se concentra tanto en las cosas que sentimos como en las que nos rodean; explorando constantemente la imagen global para formarse una evaluación precisa. El propósito de toda esta observación es generar una autoconciencia superior; porque la autoconciencia es la entrada a la Inteligencia Emocional. Después de observar, nos planteamos qué hacer con los datos recopilados a través de la observación. El sentido común nos impulsa a pedirle ayuda a nuestro cerebro racional, para hacer una adecuada interpretación. Una de las mejores cosas que hace esta parte del cerebro es analizar la información. El propósito del análisis es determinar los estímulos y patrones de conducta que son exclusivamente nuestros y averiguar cómo esos estímulos  y patrones nos afectan en un momento determinado. A continuación, hay que hacer una pausa. La pausa nos sirve como período de enfriamiento. Sin él, nuestro sistema límbico avanza a gran velocidad y termina controlando la situación sin ninguna ayuda al cerebro racional. Hecha la pausa, viene el momento de la dirección. Dirigir, significa actuar o comportarse de una manera que aumente nuestras posibilidades de realizar nuestras intenciones. Tiene que ver con conocer las técnicas que nos permitan, ante el riesgo de un secuestro emocional, saber cómo controlar nuestras expresiones emocionales. El paso siguiente es la reflexión, la cual es una manera ideal de acercarse a una comprensión de nuestra reacción emocional en el momento en que ocurre, es decir, un verdadero dominio de la Inteligencia Emocional. Durante una reflexión debemos cumplir el principio de Stephen Covey, que no es otro que, buscar entender antes de que nos entiendan. En el siguiente paso, tenemos la celebración. Celebrar integra las experiencias vividas y modifica patrones en el cerebro límbico. Cuando relacionamos el placer con una circunstancia determinada, tendemos a repetirla. El sistema de refuerzos da resultado. De hecho, hemos adoptado muchos de nuestros comportamientos actuales porque otros lo han reforzado: ponernos la servilleta sobre el regazo, bajar la voz en una Iglesia, etc. La mayoría de las veces nos comportamos de una manera específica porque en algún momento de nuestra vida ese comportamiento fue reforzado. Por último, nos situamos en la repetición. La Inteligencia Emocional requiere un aprendizaje constante. El sentido de ese aprendizaje es ayudarnos a llevar a cabo nuestras intenciones. Teniendo presente que en la Inteligencia Emocional, el viaje es lo más importante. Cada día tendremos otra oportunidad de volver a empezar. De repetir. Repetición que tiene que ver con renovar la sensación de sorpresa y admiración que la vida tiene que traernos cada día. Repetir nos proporciona el escenario para que encaremos cada encuentro con una mentalidad nueva, haciéndonos más competentes. Ser más inteligente emocionalmente se consigue con la práctica de los pasos aquí expuestos repetidamente.

María Jesús Bujalance Mestanza

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