MELENDO, Tomás; Introducción a la antropología: la persona, Ediciones Internacionales Universitarias: Eiunsa, Barcelona, 2005, 168 pp.

María Jesús Bujalance Mestanza

La presente obra consta de una Introducción y seis capítulos, si incluimos el Epílogo conclusivo, donde el autor se despide. Los capítulos son titulados de la siguiente forma: 1) Una antropología adulta; 2) Primera aproximación al significado de ‘persona’; 3) La dignidad personal; 4) La singularidad de la persona; 5) Valor, dignidad y precio y 6) Epílogo.

En la Introducción es explicitado el deseo del autor: “construir una base común que pueda ser aceptada por cuantos estamos convencidos de que la persona es lo más maravilloso que existe en el universo y el tema por excelencia de toda filosofía”.

El primer capítulo es titulado Una antropología adulta. Aquí presenta la antropología como “el estudio, la comprensión y la exposición de lo que es el hombre, de las realidades propiamente humanas”, es decir, “el estudio de la persona humana varón y mujer y de las características que en cuanto tales les corresponden”.

En el segundo capítulo trata de la primera aproximación al significado de persona. El autor trata de remarcar cómo la persona humana que se proyecta “a la grandeza o majestad de determinados seres (…) a lo que (…) hoy denominamos dignidad”. El profesor Melendo no deja de insistir que “la condición de persona expresa sustancial y eminentemente grandeza, nobleza, realce esplendor y señorío”. Pasa a recordar la definición de Boecio con respecto a la persona: “Sustancia individual de naturaleza racional”. Formulación que es considerada por el autor como “una realidad individual y subsistente (…) en el sentido de que no infiere o existe en otra (…) y además, configurada según un particular modo de ser: la naturaleza racional”. Entendiendo racional como lo que designa “el modo de ser de la persona humana”. Termina el presente capítulo preguntándose: ¿Cómo se conoce (y re-conoce) a la persona? Nos habla de tres operaciones básicas concatenadas entre sí: i) el conocimiento en su sentido más preclaro: saber lo que es cada realidad (…) ii) la libertad: real, aunque limitada (…) iii) y el amor (…) que es el acto más supremo de la libertad”.

El tercer capítulo desarrolla la dignidad personal. Nuestro autor comienza buscando el significado primario del término. Para ello, recurre al diccionario de la Real Academia, constatando que el citado diccionario acude a dos sinónimos: excelencia y realce; lo que le lleva a considerar que “la dignidad constituye (…) una especie de preeminencia, de bondad o de categoría superior, en virtud de la cual algo destaca, se señala o eleva por encima de otros seres, carentes de tan alto valor”. Este plus que el autor destaca, le lleva a dar un paso más en la definición de la dignidad: “la valía correspondiente a sobreabundancia de ser, a una poderosa consistencia interna, a una serena y nada violenta fuerza íntima, cuyos frutos más sobresalientes –la libertad y el amor- hacen de la persona un alguien autónomo (…) Interioridad, elevación, autonomía (…) las tres coordenadas que definen la dignidad de la persona. Todas estas consideraciones le llevan al profesor Melendo a concluir que “la dignidad se confirma como la autonomía de lo que (proporcionalmente a su rango como persona) se encuentra asegurado en sí mismo (…) no necesita buscar apoyo en exterioridades más o menos consistentes: ni las requiere, ni se siente amenazado por ellas, ni son estas las que le otorgan su insigne valía; y por todo lo anterior, no sólo puede, sino que se encuentra llamado a darse…sin que ello le suponga pérdida alguna”.

El profesor pasa a reflexionar sobre la dignidad humana y la libertad. Relaciona dignidad y libertad, o lo que es lo mismo, autonomía en el ser con la autonomía del obrar. Empero, quiere dejar claro que “la libertad, tanto en lo que se refiere a los actos libres como a la facultad o potencia que los hace posibles, no constituye el fundamento último de esa dignidad”. Porque la persona humana alcanza la plenitud siendo amor. Esta libertad con amor constituirá lo más arcano de la dignidad humana.

Una vez resaltada la importancia del amor en la dignidad de la persona, habla de su inviolabilidad. Mostrando que es imposible vulnerar la dignidad de la persona exógenamente, desde fuera. Sólo puede ser quebrantada por uno mismo. Hace Una distinción entre dignidad ontológica y moral; la primera correspondería a toda persona por el hecho de serlo. Esta dignidad es intangible; la segunda es la que puede ganarse o perderse, crecer o disminuir, al estar situada en la praxis. “El ser humano vulnera su dignidad moral cuando su forma de obrar es impropia de una persona y, por tal motivo, se cosifica (…) Lo que deja aún más clara la estrecha conexión entre persona y dignidad”.

El presente capítulo lo concluye hablando del respeto y veneración como respuesta a la dignidad humana. Para el autor “el respeto constituye una suerte de género o significado base, mientras que reverenciar y venerar representan sus especificaciones e intensificaciones (…) al reservar estos dos últimos términos de forma prioritaria a las personas, se pone implícitamente de manifiesto el carácter sagrado de éstas en la tradición cristiana, o más en general, en la clásica (…) La dignidad de la persona reclama ese nivel supremo o magnificación del respeto que calificamos como veneración o reverencia”. Respetar significa dejar ser a la realidad, es decir, la aceptación plena del ser, acogiendo de buen grado la realidad que lo constituye contribuyendo en su desarrollo.

El capítulo cuarto trata sobre la singularidad de la persona. Una singularidad considerada superior o suprema. El autor cita a Kierkegaard para mostrarnos la importancia de la singularidad en la persona. Importancia resaltada por el pensador danés, que sostiene que la singularidad es un requisito ineludible para que pueda relacionarse la persona con Dios. Ante lo cual, el profesor Melendo sigue desarrollando que “si es verdad que todos los existentes son singulares (…) no lo es menos, ni tiene menor importancia, que cada uno lo es a su modo, único y exclusivo: con una configuración y una intensidad diversas, que impide que la individualidad pueda serle atribuida con un significado  y un vigor idénticos al de cualquier otra realidad existente. Cada uno de los seres del universo es más o menos singular y de un modo distinto que cualquier otro”. El hombre en su condición de persona, es singular, y por lo tanto, no comparable a ninguna otra singularidad, de ahí, la inconveniencia de tratar a la persona de forma genérica, en masa y contrastarla con las demás. Nuestro autor quiere insistir en mostrarnos la singularidad como irrepetible, única; reconociendo que “el destino de los hombres no es ser “como los otros, sino tener cada uno su propia particularidad (…) al margen o con independencia de los demás exponentes de la humanidad”. Esto es así, porque sólo se mejora siendo cada vez más quien es, radicalmente diverso de cualquier otro. Una singularidad que hay que buscar por amor. De lo contrario nos veríamos incapacitados para llevar a cabo la misión que como persona nos corresponde. “Sin singularidad, la entrega -culminación del amor- pierde todo su contenido y significado (…) sólo siendo a fondo yo mismo podré (…) contribuir con algo decisivamente real, y realmente valioso, a la convivencia humana”. Esta singularidad de la persona se suele lesionar considerándola como simple función, es decir, no apreciándola por lo que es, sino por su utilidad; produciéndose una instrumentalización de las personas. El capítulo acaba recordándose otras manifestaciones de la singularidad: incomparable e insustituible. Cada persona no sólo es única e irrepetible, sino también incomparable, porque si es posible “calibrar las aptitudes y cualidades, los comportamientos, los éxitos y fracasos (…) en modo alguno lo es, el ser propio de cada persona, donde en fin de cuentas radica, de forma primordial y decisiva, su constitutivo valor o dignidad y su singularidad irrepetible”. La persona también es insustituible, en virtud de su singularidad y los atributos que de ella derivan. Porque por muy poco que valga una persona, nadie puede suplirla. Concluye el capítulo afirmando que “cuando se busaca el crecimiento íntegro de la persona, su singularización (…) la pone en condiciones de capacitarse para ejercer de manera más  adecuada -¡humana y personal!- una multitud de tareas. Al contrario, si lo que se persigue es el adiestramiento para ejercer una simple función, con lo que implica de igualación homogeneizante (…) no sólo mengua la valía de la persona en cuanto tao, sino que ni siquiera se le hace capaz de realizar convenientemente la labor que se ha transformado en objetivo supremo de semejante educación”.

El quinto y último capítulo, es titulado: valor, dignidad y precio. Comienza refiriéndose a la Naturaleza y tipos de bondad. Pasa a tratar la relativización de lo bueno y acaba con la lógica de ‘los equivalentes y de la gratuidad’.

Durante mucho tiempo, se ha aludido a algo bueno para referirse a todo aquello digno de ser apreciado. “Tal bondad era algo objetivo, ligado estrechamente a la verdad y la belleza, y emparentado con la perfección de una realidad establecida: era bueno, además de Dios (…) aquello que había logrado o se acercaba a su plenitud, y también cuando contribuyera a esa mejora”. También se ha distinguido tres tipos de bien: el útil o instrumental, el placentero o deleitable y el bien honesto, llamado por nuestro profesor como bien digno, absoluto o bien-en-sí. Para nuestro autor “lo útil (…) tiene su bondad fuera de sí (…) no vale por sí mismo, sino sólo en la medida en que se utiliza (…) en cuanto ya no sirve para ejercer su labor instrumental, lo útil pierde todo su valor”; el placentero o deleitable, “al contrario de lo que sucedía con lo útil (…) lo que genera placer radica dentro de sí (…) aunque siempre se encuentre relacionada con quien resulte capaz de experimentar la satisfacción derivada de su uso”; el bien-en-sí, es lo más complicado de definir y apreciar en la actualidad, “…en el mundo de hoy el problema no es tanto el de la definición de lo bueno-en-sí, que en cierta medida le resulta connatural: lo realmente grave y preocupante es la generalizada incapacidad para captar o reconocer este género de bienes”.

Vivimos tiempos en que lo bueno se ha relativizado. Tiempos donde se ha aceptado la generalización del término valor, como sustitutivo del bien y de la virtud. “Ahora no e su propia naturaleza o modo de ser lo que determina la bondad de las distintas realidades (…) sino el sujeto humano (…) quien torna valioso aquello a lo que decide otorgarle semejante categoría”.

Nuestro autor concluye con el apartado titulado Lógica de los equivalentes y lógica de la gratuidad. Comienza preguntándose si existe un precio para lo digno. A continuación nos remite a la distinción que hace Kant entre precio y dignidad, cuando afirma que “En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad”. Kant nos muestra que ninguna persona es sustituible porque carece de equivalencia. Por lo tanto, ante la pregunta formulada con anterioridad cabe responder que, no existe un precio para lo digno porque “las personas (…) y cualesquiera otros bienes absolutos o en-sí (…) no pueden comprarse ni venderse. Ponerles un precio y adquirirlos mediante dinero es lo que tradicionalmente se ha llamado prostitución, que según su etimología griega, es lo mismo que tratarlos o transformarlos en cosas”. El profesor Melendo defiende que entre las personas las relaciones han de ser gratuitas, puesto que no pueden pagarse con nada. Concluyendo que “para los varones y mujeres, en cuanto personas creadas y limitadas, el modo de amar fundamental, el más propio, el más difícil (…) es justo permitir y hacer sencillo y agradable el que nos amen”, con independencia de lo que hagamos; porque es entonces, cuando se manifiesta el epicentro de la dignidad, nuestro ser personal.

El trabajo es concluido haciendo referencia a la importancia de la familia, considerándola “el ámbito imprescindible donde la persona y su dignidad se afirma (…) de manera incondicional; y por tanto, el punto de partida irreemplazable para invertir el rumbo que parece haber adoptado la humanidad en estos últimos tiempos y reinstaurar la primacía de lo digno”. Continúa haciéndose eco de la función primordial de la familia: por un lado, la de “fomentar el carácter personal y único de cada uno de sus miembros, para ayudarles a ser lo que están llamadas a ser: personas cabales, cumplidas (…) y por otro lado, reforzar y ‘restaurar’ esas cualidades sirviéndolas de apoyo y de lugar donde reponer las fuerzas, para transformar la sociedad, bien de forma aislada, bien como familias que se unen a otras familias. Porque (…) la auténtica revolución capaz de instaurar la civilización del amor a que se nos  convoca desde hace lustros, o será familiar o, simplemente… no será”.

Tomás Melendo, Introducción a la Antropología. La persona, p.6.

Ibidem, p. 8.

Ibidem, p. 10.

Ibidem, p. 14.

Ibidem, p. 18.

Ibidem, p. 19.

Ibidem, p. 20.

Ibidem, p. 26.

Ibidem, p. 27.

Ibidem, pp. 31-32.

Ibidem, p. 34.

Ibidem, p. 38.

Ibidem, p. 47.

Ibidem, p. 51.

Ibidem, p. 62.

Ibidem, p. 68.

Ibidem, pp. 73-74.

Ibidem, p. 80.

Ibidem, p. 83.

Ibidem, p. 86.

Ibidem, p. 87.

Ibidem, p. 88.

Ibidem, p. 90.

Ibidem, p. 90.

Ibidem, p. 97.

Ibidem, pp. 98-99.

Ibidem, p. 101.

Ibidem, p. 104.

Ibidem, p. 104.

María Jesús Bujalance Mestanza

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Antropología filosófica

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s