RIVERO WEBER, Paulina; Aletheia, la verdad originaria. Encubrimiento y descubrimiento del ser en Martin Heidegger, Universidad Autónoma de Mexico (UNAM), México, 2004, 271 pp.

por Luís Enrique de Santiago Guervós

Detrás de un título como el de este libro, que parece tan familiar y tan usual, el lector descubre una riqueza de matices sorprendente. Normalmente, cuando tomamos en nuestras manos un libro de Heidegger, parece que todo se ha dicho ya, especialmente sobre un tema tan conocido como el de la verdad. Este libro es especial, sobre todo por la sutileza y sensibilidad con las que aborda Paulina Rivero el tema. Habla de “verdades originarias” que acontecen en momentos importantes de nuestra vida, momentos como el de la experiencia amorosa o la experiencia del arte, en las que como el propio Heidegger insinúa hay más momentos de oscuridad (no-verdad) que de luz (verdad).  Habla de la ecología, de la técnica, de la soledad. Para escribir un libro como éste es necesario haber comprendido muy bien a Heidegger, para poder expresar sus ideas con tanta claridad e ir más allá de él. Sólo el que tiene algo que decir sabe guardar silencio, y la autora ha conseguido un diálogo fluido con Heidegger, porque ha sabido escucharlo desde la “soledad” fructífera que nos permite expresar lo vivido. Por eso, nos pude ofrecer las claves de interpretación y las sendas del camino para revivir nuestra experiencia con Heidegger.  Estamos pues, no ante un libro cualquiera, sino ante un libro para pensar, porque da que pensar, porque actualiza el pensamiento de Heidegger de una manera flexible, sin violencias, ni estridencias lexicales, ni oscurantismos. Un libro que al mismo tiempo que se lee se escucha. Es cierto, como dice la autora, que todavía hay mucho que criticar, pero antes, queda todavía mucho que comprender.

Bajo el término Alétheia, la verdad originaria, Paulina Rivero, de una manera original lleva el tema de la verdad al ámbito de la perspectiva. Heidegger ofrece una novedosa y fundamental respuesta al problema de la verdad, una concepción revolucionaria de la verdad, que se encontró ya antes en El nacimiento de la tragedia de F. Nietzsche, porque Heidegger es mucho más deudor de Nietzsche de lo que  intencionadamente parece ocultar. Para Nietzsche como para Heidegger, sostiene la autora, las experiencias fundamentales de la vida las vivimos en contadas ocasiones y para lograrlas es necesario dar un salto fuera de lo habitual. Analiza en dos capítulos las dos perspectivas de la verdad en Heidegger, que no son contrarias, sino que se implican. Esta insistencia de la autora es importante, porque muchas veces nos olvidamos que entre los dos llamados Heidegger hay una línea de continuidad, aunque cambien las perspectivas o puntos de vista. Son diversas formas de mirar. En su primera época, en la de Ser y tiempo,  la  verdad se da como “robo”, como un hecho “violento” llevado a cabo por aquel que conoce. Más tarde Heidegger hablará del momento de la verdad, de la verdad como un “dejar ser”, como dar un “paso atrás”, para dejar que se muestre lo que es, para dejarlo en libertad. En el segundo capítulo describe con gran claridad la Kehre heideggeriana y explica correctamente cómo la esencia de la verdad es la libertad. La libertad implica el compromiso con el “paso hacia atrás”, retroceder ante el ser, dejarle ser. La actitud sugerida para permitir su manifestación es la serenidad. Esta actitud es precisamente la que nos llevaría a permanecer abiertos a la experiencia de lo otro, de lo que tenemos frente a nosotros, una actitud que consiste en ese “estado de ánimo” privilegiado que en Heidegger es fundamental y que posteriormente en Gadamer servirá de fundamento de su hermenéutica. Pero la verdad, tal y como nos dice la autora en el capítulo tercero, acontece  en unos pocos modos esenciales, pero sobre todo acontece como arte. Y de una manera especial como técnica, que es el modo dominante de la Aletheia en nuestra época actual. En unas páginas resume con gran claridad Paulina Rivero el sentido de la técnica en Heidegger, ese modo de “hacer salir de lo oculto”, que no es cualquier modo, sino que tiene el carácter de “emplazar”, de provocar, y que se resume en ese neologismo que es la Ge-stell. Pero también hay otros modos de Aletheia, tales como el sacrificio esencial, la interrogación del pensamiento y el arte. De este modo, el arte no es un fenómeno de disfrute estético, sino uno de los modos esenciales en los que la verdad puede manifestarse. Reducir el arte a la estética es uno de los fenómenos que caracteriza a nuestra época. Se describe también en pocas páginas y de una manera clara lo que es para Heidegger el arte, una verdad que implica el rompimiento con la cotidianidad media, una verdad que no acontece de manera cotidiana. Es cierto que la obra de arte puede impulsarnos hacia fuera de la existencia cotidiana, y llevarnos a comprender algo que antes no habíamos ni visto ni comprendido, puede llevarnos a ver lo que otros no ven.

En el epílogo, tal vez la parte más sugerente de la obra, se trata de abordar el llamamiento a lo sagrado y su relación con los planteamientos éticos y ecológicos en el pensamiento de Heidegger. Uno de los fenómenos que caracteriza nuestra época es la desdivinización del mundo o la huída de los dioses (Nietzsche diría la época de la “muerte de dios”). Pero eso no significa que el ser humano se convierte en la medida de todas las cosas. Hay que seguir preguntando hacia dónde nos remite la idea de lo sagrado ahora que no hay dioses, o lo que es lo mismo, encontrar un lugar para lo sagrado y lo profano. Aunque vivimos la era del abismo, de la ausencia de fundamento, hay que sentirla en su máxima profundad para poder preparar “la morada a los dioses” . ¿Cómo es posible esto?, se pregunta la autora. Al dios verdadero ya no hay que buscarlo en el cielo, ni en el pasado, sino que son las “cosas de este mundo” las que nos hablan de la presencia de los dioses, de la unión entre los divinos y los mortales. Eso es lo que la mirada capta: en cada cosa que nos rodea están presentes cielo y tierra, humanos y divinos. Luego, consagrar la vida es una posibilidad humana. Y de aquí a la mística sólo hay un paso. Por lo tanto, si Dios no existe, podemos no obstante respetar lo que es, permitir que el ser se manifieste, lo cual implica la idea del respeto a un nivel casi ecológico, respetar y cuidar nuestro planeta, en lugar de usarlo y explotarlo meramente. Lo sugerido por Heidegger hace pensar a la autora del libro en See-yat-al en su defensa de las tierras apaches:”la tierra no es del hombre sino que el hombre es de la tierra”.

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Archivado bajo Historia de la filosofía contemporánea, Teoría de la verdad, Teoría del conocimiento

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