Arana, J., Filosofía de lo cotidiano. Hojas de calendario, Biblioteca Nueva, Madrid, 2005, 122 pp.

por Juan J. Padial

Hace ya algunos años Amando de Miguel publicó “Ahora mismo. Sociología de la vida cotidiana” (1987). Este de la cotidianeidad era un tema que le preocupaba. Fueron cuatro los libros que le dedicó: desde el ensayo primero de dos sociologías de la vida cotidiana española: “Ahora mismo” (1987) y “Los españoles” (1990) hasta el ápice sistemático de dichas investigaciones en: “La vida cotidiana de los españoles en el siglo XX” (2001) y “Las transformaciones de la vida cotidiana en el umbral del siglo XXI” (2002). Amando de Miguel consiguió reflejar en los buenos espejos de sus libros las tendencias sociológicas del sistema sociocultural en que nos ha tocado vivir.

Pero este ser alcanzado por el destino no es desde luego objeto de sus disquisiciones. Parece más propio de las disquisiciones teóricas de filósofos hispanos como Marco Aurelio, Adriano o Séneca. Siglos más tarde, también en Híspalis, vuelve a encararse con el sino de los tiempos un filósofo, que ya no escribe Meditaciones, ni Epístolas morales. En un tono menor desgrana los días con ese gesto tan cotidiano de arrancar la hoja del día que se fue, o del mes transcurrido en nuestro almanaque. El ave de Minerva levanta su vuelo a la caída de la tarde. Juan Arana lo levanta al día o al mes siguiente. Suficiente distancia como para objetivar la marcha de los días y de las cosas, y no demasiada como para que surja el lamento ciceroniano “Oh tempora, oh mores!”. Quizá sea ese tono afectivo distante de la moralina y de la queja, y cercano a la entereza segura de quien ama su tiempo una de las características más sobresalientes de este libro.

Ni la patria está en peligro, ni el cónsul amenazado, ni los tiempos son depravados. La mirada de Arana se engolfa en cuestiones tan de nuestro ahora como los tatuajes, el encanto de viajar o los teléfonos móviles. Quizá este engolfarse sea lo propio de la teoría tal como Pitágoras quiso describírnosla al inventar la palabra filosofía. Ver-disfrutando como lo hace quien va al fútbol no a trabajar, sino a contemplar el espectáculo. Sacar la filosofía de la enésima vuelta de tuerca, en que gira sin apretar, en los corrillos de schollars y eruditos, y bajarla a la arena de la vida corriente, sin ceder un palmo en cuanto a rigor académico se refiere, es todo un mérito, y un destilado congruente de la reivindicación moderna de lo cotidiano, como Charles Taylor puso de relieve en “Las fuentes del yo” o en “La ética de la autenticidad”. Es en esa línea de la reivindicación de los grandes logros de la modernidad, desde la ciencia hasta la literatura de Borges, en la que se inscribe la obra de este catedrático de filosofía de la Universidad Hispalense.

Quisiera señalar dos ideas que vertebran estas hojas de calendario: el papel que a la conciencia lúcida y a la prudencia vigilante compete en la vida humana, de una parte; de la otra el acento que presta Arana a lo contingente y lo efímero, a la finitud. La conciencia clara, la objetivación no distorsionada de la situación, es recalcada por Arana en muchos momentos, desde la reflexión sobre la infancia (ir)recuperada hasta el momento de las sospechas. Pero es en el estudio de la fuerza que los cuentos de hadas ejercen sobre la psicología infantil (los resortes morales), donde el valor de la conciencia clara centellea múltiples sugerencias e insinuaciones filosóficas. Wittgenstein en las “Observaciones a la Rama Dorada de Frazer” señalaba que los viejos mitos del bosque de Nemi o de la rama dorada, debían de ser narrados en un tono tal que produjese miedo o terror, porque lo que muestran (imposible decirlo) es la majestad de la muerte. Ese valor de resorte, de tensor y ballesta, de los cuentos de hadas, las canciones infantiles, los mitos y leyendas o el mismísimo coco, es algo en lo que no suelen reparar psicólogos o pedagogos. Ese mismo papel que le compete a la conciencia por encima de las apariencias brota en la recreación que de la historia de Abelardo y Eloisa hace en “Amor puro”, o de la terrible conciencia que de la transitoriedad y fugacidad de los días de vino y rosas corporales tienen quienes tributan culto al cuerpo. Es quizá en la cavilación sobre los tatuajes donde estas dos direcciones de la obra se juntan: la eternidad de la promesa, reflejada en lo indeleble de la marca corporal, y las contingencias, quiebras y fallas de nuestras biografías.

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