CORAZÓN GONZÁLEZ, Rafael, Filosofía del trabajo, Colección vértice, Rialp, Madrid 2007; 164 pp.

por Juan A. García González

El autor había publicado hace unos años, en 1999, unos Fundamentos para una filosofía del trabajo (Universidad de Navarra, Pamplona: cuadernos del anuario filosófico, nº 72), con una estructura temática similar a la de esta obra. Y ahora nos presenta en este magnífico libro un desarrollo ya suficientemente maduro, articulado y acabado de su filosofía del trabajo.

El libro se divide en tres grandes capítulos.

El primero de ellos se titula hombre y mundo, porque señala el estar humano en el mundo como la circunstancia que determina ciertas actividades del hombre a las que llamamos laborales: es el topos del trabajo.

El hombre puede quizás ejercer otra clase de actividades, pues dispone de una diversa gama de operaciones; pero, concretamente, mediante algunas de ellas se relaciona con el universo en el que habita. Es el ámbito del trabajo.

Pero, además, como en el hombre se distinguen su ser y su obrar, la acción humana en el mundo pide revestirse de un sentido personal y referirse a un destinatario, en último término trascendente; el trabajo se integra así en la realidad creatural de la persona humana.

El segundo capítulo está dedicado a la dimensión objetiva del trabajo: el producir; señalando especialmente que la producción humana no es mera causación física. Por eso se estudian aquí ciertos problemas éticos del trabajo humano, como la pretensión de sí mismo a la que en ocasiones se asocia, el consumismo que atrapa al hombre en lo que sólo son medios, o el problema ecológico que podemos ocasionar cuando en vez de perfeccionar la naturaleza abusamos de ella.

Y el capítulo tercero examina la dimensión subjetiva del trabajo: señaladamente su moralidad, que no está garantizada de entrada; y su conexión con el ser donal de la persona, capaz de ofrecer su obra a alguien, y en especial a Dios.

Cualidades sobresalientes de este libro, de las que quiero dejar constancia, son la claridad literaria con que trata incluso cuestiones de cierto calado filosófico; ella permite a cualquier persona con interés en el tema, no sólo a filósofos o a especialistas, la lectura del libro. También la erudita documentación con que revisa las posiciones teóricas de la historia del pensamiento humano respecto de las cuestiones tratadas.

Y, finalmente, el bagaje teórico, en buena parte de inspiración poliana, con que el autor trenza sus posiciones. Me parece notable su propósito de limitar la contraposición entre actuar y producir, pues la producción es también acción humana. Estimo feliz su extensión en la conducta de la intención del fin hasta el uso práctico: porque la obra no es tan externa a la acción ni a la persona en tanto en cuanto es medio que se dirige al fin pretendido. Y veo muy sugerente cifrar la necesidad del actuar en que la persona humana tenga algo que dar en el intercambio entre personas; y, en particular, cuando es Dios el destinatario de la donación humana. Son ideas que ayudan a comprender mejor la acción humana en el mundo, y su sentido.

El autor muestra que, desde la asignación griega del trabajo a los esclavos hasta la reducción marxista del ser humano a fabricante, el trabajo no siempre ha sido considerado como un bien propiamente humano; la historia de este extremo está muy bien expuesta en el libro. Los desarrollos teóricos que el autor formula en el libro tienden, en cambio, a entender el trabajo en el seno de la acción humana, realidad intermedia entre un agente libre y su destino trascendente. Este enfoque está muy bien apuntado en el libro. Bien indicado, pero con una omisión que entiendo notable.

El hombre no sólo está en el mundo, sino también en la historia. Una espada es verdaderamente una cierta configuración del bronce, pongamos; y efectivamente no es engendrada por la naturaleza sino un producto humano. Pero el sentido de la espada es el guerrear, que remite al enemigo; sin éste, o sin ganas de pelear con él, no se fabrican espadas. La consideración del producto en orden a la naturaleza que lo sustenta es parcial, si no se atiende a la coyuntura histórica en que se suscita y a la que conduce. El cambio de óptica que sugerimos refiere la acción humana no al espacio y a las cosas, sino al tiempo y a las personas.

Porque, en particular, sucede que la estancia del hombre en el mundo y su inserción en la historia se realizan de distinta forma. El hombre está en el mundo, principalmente, conociéndolo, presenciándolo: el mundo está ante la mirada humana. Pero el mundo está también a la mano, permitiendo nuestra conducta práctica; porque el hombre está en la historia de otro modo que en el mundo: no constreñido por la presencia, sino asumiendo un pasado que proyecta hacia el futuro. Seguramente, ayuda a comprender el sentido humano del trabajo atender a esta diferencia.

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