Cué, Carlos E.; ¡Pásalo! Los cuatro día de marzo que cambiaron un país, Península, Barcelona, 2006, 143 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Carlos E. Cué en 2004, en ¡Pásalo! Los cuatro días de marzo que cambiaron el país, ha analizado el singular movimiento de masas generado por el móvil e Internet a propósito de la información dada por el gobierno y la televisión oficial del PP sobre los atentados del 11-M, con el consiguiente  impacto en el vuelco electoral del 14-M. Se trataría de la primera vez en que las nuevas tecnologías de la información habrían tomado la delantera a los otros medios de comunicación en la creación de un determinado estado de opinión, demostrando su efectiva capacidad de generar un movimiento de masas, como se materializaría a corto plazo en los resultados del proceso electoral en marcha. A este respecto se intenta reconstruir el proceso microsocial de creación de un estado de opinión compartida desde la primera persona que envió el primer mensaje con la consigna, ¡pásalo!, hasta el posterior proceso de adhesiones a diversas manifestaciones que generó espontáneamente. Se recurre así al método microfísica de la teoría social para justificar el efecto mimético de contagio producido por la transmisión espontánea de un determinado mensaje por parte de una red ‘mosquito’ que generaría una interacción de efectos múltiples, después amplificada mediante el concurso de los medios de comunicación tradicionales. Se justifica así la singular capacidad del móvil y a Internet de expresar determinados estados de opinión, en este caso el rechazo de las mentiras y manipulaciones del gobierno del PP, con una inmediatez y capacidad de persuasión mucho mayor que el resto de los medios y con una capacidad inesperada de conformar decisiones colectivas, cuando confluyen una serie de circunstancias tan singulares como las de entonces. Evidentemente el fenómeno de la influencia de los medios sobre el electorado es conocida desde los tiempos de Goebels, y todos los protagonistas de los acontecimientos eran muy concientes de ellos, ya quisieran reconducir el proceso en un sentido u otro. Sin embargo hasta el 11-M no se habría tenido conciencia clara de que los mensajes a través de Internet también podían producir un efecto de naturaleza similar.

Para alcanzar estas conclusiones la obra se divide en seis capítulos: 1) El primer mensaje reconstruye el mecanismo mimético, la microfísica social y los profundos cambios comportamentales, que a su vez generó la transmisión del ¡pásalo!; 2) Dos años en la calle analiza los movimientos de protesta previos, desde las manifestaciones contra la guerra de Irak o con el vertido de petróleo del Prestige, que alimentaron un creciente sentimiento de impunidad contrario a las mentiras pre-fabricadas de los medios de comunicación oficialistas; 3) El día del horror analiza la singularidad de este atentado terrorista, la confusa atribución inicial de su autoría, la lentitud de reflejos de determinados responsables políticos y mediáticos, así como la respuesta espontánea popular ante las manifiestas mentiras oficiales; 4) ¿Quién ha sido?, analiza el complejo cambio de atribución del atentado, desde asignárselo a ETA hasta el reconocimiento de la participación de Al Qaeda u otro movimiento terrorista islamista, con el singular protagonismo desempeñado por los mensajes de Internet, como punta de lanza proseguido después por otros medios, coincidiendo con una masiva manifestación unitaria de rechazo del atentado, que tuvo un efecto decisivo en el cambio de estado de opinión; 5) ‘Queremos la verdad, antes de votar’, analiza los mensajes de Internet vía móvil realizados durante la jornada de reflexión el 13-M, utilizando la red mosquito que anteriormente ya había sido usada con motivo de las manifestaciones contra la guerra de Irak o contra el Prestige, teniendo un efecto inmediato en el crecimiento de la participación electoral, elemento clave del resultado electoral; 6) No nos falles, quiere reflejar las paradójicas motivaciones que provocaron los resultados electorales del 14-M, con la lentitud de reflejos del gobierno saliente a la hora de asimilar la derrota, y la agridulce sensación de victoria por parte de una oposición en unas circunstancias totalmente anormales.

Para concluir una reflexión crítica: Sin duda la interpretación de Carlos E. Cué sobre el proceso electoral del 14-M es muy discutible desde el punto de vista político, aunque en mi opinión hay un aspecto indudable. Pone en evidencia la eficación de la transmisión de un simple mensaje de Internet, ¡pásalo!, para producir un vuelco electoral que sorprendió hasta a sus propios protagonistas. Pero es precisamente aquí donde surge la cuestión: ¿Hasta que punto el 14-M demostró que las nuevas tecnologías son una tecnología limpia imposible de manipular desde instancias externas, o más bien puso de manifiesto la ilimitada capacidad de la cultura postmoderna de incrementar su poder de dominación sobre este tipo de tecnologías, que hasta ahora parecían totalmente alejadas de una manipulación de este tipo? ¿Hasta que punto la red de móviles de Internet se puede librar de los efectos secundarios cuya presencia ya se habían demostrado sobradamente en otros medios de tipo más tradicional? Son preguntas que han dado lugar a un inacabable debate político en el que no vamos a abundar. Pero en cualquier caso el 11-M visualizó una capacidad por parte de Internet de catalizar estados ideológicos o culturales de opinión, que después se vería todavía más confirmada por otro tipo de situaciones similares, como ocurriría en los atentados del metro de Londres del 7-J, aunque su desenlace final tuviera un sentido muy distinto.

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Archivado bajo Filosofía política, Teorías de la democracia

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