Koselleck, Reinhart; Begriffsgeschichten. Studien zur Semantik und Pragmatik der politischen und sozialen Sprache; Spree, U.; Steinmetz, W.; Dutt, C. (Hrsg.); Suhrkamp, Frenkfurt, 2006, 569 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Historia conceptual analiza la posibilidad irrenunciable de otorgar al progreso humano un sentido aún edificante, que permita apropiarnos del legado ilustrado más valioso de las ciencias históricas o del espíritu del siglo XVIII y XIX, a pesar del rechazo generalizado de este tipo de propuestas por parte de la post-modernidad. Según Reinhart Koselleck (1923-2006), recientemente  fallecido, la ilustración acertó a localizar el auténtico sujeto del acaecer histórico, ya se trate del libre-pensador moderno, del ciudadano burgués o del actual individuo democrático, desvinculándolo de los anteriores presupuestos míticos o teológicos de la interpretación de la historia griega (Tucidides, Aristóteles) o cristiana (San Agustín), aunque sin tampoco dejarlo en manos de fuerzas sociales anónimas como acabó ocurriendo en los algunos procesos revolucionarios del XVII-XIX (Robespiere, Napoleón Bonaparte) o en los totalitarismos de inicios del siglo XX (Marx, Engels, Hitler), o en la promesas utópicas de una futura sociedad libre de dominio (Mercier). En su opinión, durante la ilustración aparecieron algunas nociones históricas fundamentales, como la noción de Estado-nación, de progreso, regreso, de emancipación, liberación, crisis o revolución (Herder, Goethe, Kant, Hegel), sobre las que hoy día las más distintas tradiciones mantienen una amplia convergencia de seguir otorgándoles una plena vigencia conceptual, con sólo una pequeña modificación: justificarlas en nombre de la responsabilidad ética mínima (Max Weber) que todas las culturas y naciones deberían prestar al equilibrio ecológico global, al modo como con anterioridad ya sucedió con los ideales universalistas de la ilustración (Kant, Adorno).

Precisamente, según Koselleck, la historia conceptual se propone como una semántica y una pragmática del lenguaje político y social, que pretende evitar el relativismo de los defensores de la historia total mediante una contraposición lo más estricta posible entre el significado semántico y el posterior uso pragmático dado a este tipo de conceptos. Se pretende reconstruir así el hilo conductor subyacente a la evolución interna de este tipo de nociones fundamentales, localizando sus contradicciones internas y sus incondicionadas pretensiones de validez, sin hacerlos ya depender exclusivamente del contexto cultural y social donde se originaron. En su opinión, tanto la historia conceptual,  como la social y cultural generan una dinámica diferenciada de interacción recíproca entre los acontecimientos y sus respectivas formas de lenguaje (Gadamer, Schieder, Sellin), tanto desde un punto de vista sincrónico como diacrónico (Coseriu), sin necesidad de establecer una estricta dependencia causal entre ellas. Por su parte la historia conceptual remite sus respectivos procesos de avance y retroceso a unos ideales regulativos  previos (Vico, Burckhardt, Wieland, Cassirer), de modo que sus respectivos conceptos fundamentales ahora se afirman como un presupuesto trascendental y una condición de sentido del peculiar carácter histórico del ser humano (Gadamer). Sin la mediación de estos conceptos fundamentales tampoco sería posible la elaboración de una historia digna de tal nombre, ya se conciba al modo racionalista ilustrado o ya se le quiera dar un sentido humanista aún más elevado. Sólo así sería posible introducir un mayor distanciamiento a la hora de valorar los logros indudables de los proyectos ilustrados de cada uno de los distintos sistemas democráticos, sin tampoco negar sus carencias y lagunas, según incrementen las posibilidades de autodeterminación y emancipación humana o simplemente las anulen. A este respecto se defiende una teleología histórica en sí misma abierta y en permanente revisión crítica de sus respectivas formas institucionales de realización, tanto a nivel global como individual, incluyendo ahora también a la familia en sus diversas configuraciones jurídicas y sociales.

Para justificar estas conclusiones la monografía se divide en cinco parte: 1) La teoría y el método de la historia conceptual analiza el papel que desempeña una reconstrucción de este tipo en la investigación histórica; 2) Los conceptos y su historia justifica el papel de estas reconstrucciones en algunos casos concretos, como ahora ocurriría con la noción de formación, o más bien autoformación (Bildung), de progreso, de emancipación, de crisis, de patriotismo, de revolución, de utopía o de enemigo; 3) La semántica y la pragmática del lenguaje ilustrado, muestra la necesidad de estos mismos conceptos para denunciar sus propias contradicciones culturales, ya sea al justificar una posible superación del antiguo régimen, o al valorar las innovaciones del lenguaje ilustrado o al establecer los límites de la tolerancia; 4) La semántica política y social en la historia de las constituciones, analiza la continuidad existente entre la filosofía política ilustrada y aristotélica,  al menos en el caso alemán, francés e inglés, a la hora de justificar sus respectivos ideales regulativos o de denunciar sus posibles incoherencias; 5) Desde la historia conceptual a la conceptualización histórica, analiza específicamente las vivencias de cambio social relativo a la casa, la familia o la servidumbre, que se tuvieron durante la revolución francesa de 1789 y la alemana de 1848, estableciendo un paralelismo con las discrepancias contemporáneas sobre la posibilidad de una política basada en el respeto del medio ambiente a nivel global; finalmente, se incluye un anexo de Carsten Dutt sobre diversos fragmentos dejados incompletos por Reinhart Koselleck, antes de dar por terminada su obra.

Para concluir una reflexión crítica. Sin duda Reinhart Koselleck trata de revitalizar la tradición ininterrumpida alemana de diccionarios historiográficos iniciada por Joaquim Ritter y Otto Brumer, adaptándola a los problemas actuales generados por la  globalización económica. Y en este sentido cabría preguntarse. ¿Son comparables los cambios de estratificación social provocados por las revoluciones del siglo XVIII y XIX, con los posibles cambios futuros globales que pudieran venir provocados por la aceptación masiva de los distintos sistemas democráticos del recurso al aborto, a la eutanasia o al control de natalidad, como procedimiento para garantizar el logro efectivo de determinadas metas sociales? ¿El salto histórico producido con la llegada del nuevo milenio puede reducirse a una simple profundización en la visión de la historia ilustrada, como si mientras tanto todo siguiera igual, o se trataría más bien de un cambio más profundo en la justificación de los propios sistema democráticos que ha terminado por poner en crisis un conjunto de conceptos históricos fundamentales, como ahora una vez más se comprueba? ¿Realmente se puede seguir justificando una visión meramente secularizante o laicista de los sistemas democráticos, que permitiría desvincularlos de cualquier referencia a determinados presupuestos teológicos de la historiografía griega y cristiana (Löwitz), cuando simultáneamente se sigue aceptando la referencia a una ética de mínimos y a un equilibrio ecológico global que, a pesar de pretender lo contrario, sigue cumpliendo sus veces?

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Archivado bajo Filosofía de la cultura, Filosofía política, Lógica

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