Marina, José Antonio; Dictamen sobre Dios, Anagrama, Barcelona, 2001, 272 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

En Dictamen sobre Dios, Marina ha recurrido a una fenomenología de la experiencia religiosa, a fin de determinar el tipo de asentimiento que en la llamada ultramodernidad se puede aún seguir otorgando a las pruebas racionales a favor de la existencia de Dios. Con este fin ha contraponiendo dos modos posibles de acceder al conocimiento de Dios, a saber: Por un lado, la crítica de la religión o negación de la teología, propia de un pensamiento laico o secular, que rechaza la aceptación acrítica de presupuestos religiosos previos. Así se justifica la denuncia pública sistemática de las numerosas falsedades ideológicas propiciadas por los pintorescos simulacros sustitutivos del mundo profano, que a su vez se habrían introducido a través de los procesos de secularización que acompañaron a las pruebas racionales a favor de la existencia de Dios, como acabaría defendiendo el principio de refutación o falsación de Popper. Por otro lado, una teología positiva, basada en simples creencias religiosas privadas, que permitiría justificar la ‘ilusión’ humana por alcanzar un posible conocimiento del ser de Dios y de sus atributos, a pesar de no poderse justificar racionalmente, como de hecho pretenden todas las religiones, incluido el cristianismo, o en general las creencias, al menos según W. James.

En cualquier caso ya no es posible una tercera posibilidad: recurrir a las argumentaciones públicas profanas propias de la ciencia para justificar el así llamado círculo sagrado ‘inventivo’ característico de los distintos tipos históricos de experiencia religiosa privada. Sin embargo este tipo de puentes virtuales en todos los casos ahora analizados, desde la teología de la muerte de Dios hasta el hinduismo, la promesa de un futuro Reino de Dios, o el testimonio de Simone Weil, se habrían demostrado absolutamente intransitables, ni mediante el seguimiento una vía moral. En efecto, ya se tome como punto de partida las conclusiones de la ciencia, de la religión o de la ética, sus conclusiones se tendrán que valorar desde una nueva teoría averroísta de la doble verdad, sin hacerse falsas ilusiones, sin poder ya confundir en ningún caso la razón pública efectivamente compartida con lo que son meras creencias religiosas privadas.

De todos modos la teología afirmativa permitiría justificar una noción específicamente religiosa de Dios, que a su vez toma como punto de partida el testimoniar acerca de la experiencia de lo divino que cada uno puede aportar. De este modo se contrapone el ahora llamado Dios profano de la razón natural, ya sea científica o meramente cultural, que estaría basado más bien en una teología negativa, respecto del Dios de la experiencia religiosa que lo envuelve todo, haciendo posible la captación de la dimensión divina de la realidad, tanto por parte de la mística oriental como occidental, y que tendría rasgos claramente positivos. Sin embargo la progresiva moralización de la religión por obra fundamentalmente del cristianismo acabaría demostrando la imposibilidad recorrer este tránsito aparentemente sutil entre la mística religiosa privada y las exigencias racionales de un Dios profano, que a su vez se haya sometido a las exigencias coyunturales de una razón pública compartida. Por ello ahora se postula una moral transcultural – situada más allá de lo sagrado y de lo profano, de lo público y de lo privado -, que debería permitir reconocer el poder ‘inventivo’ de las experiencias religiosas, sin por ello negar el poder ‘justificativo’ público propio de la ciencia y de la ética (p.224 y 213).

Para concluir una reflexión crítica.  Como claramente ha reconocido en otra obra posterior, Por qué soy cristiano. Teoría de la doble verdad (Anagrama, Barcelona, 2005), Marina contrapone claramente el acceso religioso y científico para justificar un posible reconocimiento de la existencia de Dios, sin admitir una posible complementariedad entre ellos. Piensa que lo que la religión puede justificar en el ámbito privado por una vía más bien subjetiva, no lo puede después convalidar la razón discursiva hasta el punto de otorgarle un reconocimiento público de tipo laico o secular. Evidentemente esta propuesta se formula desde una crítica de las ideologías en contexto de autores muy distintos a los tradicionales de este tipo de cuestiones, por lo que tampoco seria relevante hacer una comparación de este tipo. Sólo indicar que recurrir a la teoría averroísta de la doble verdad para justificar la posible valides de una determinada crítica de las ideologías, y de los subsiguientes procesos de secularización y de reencantamiento de las ideas cristianas que a veces se genera en este tipo de procesos, puede aportar a primera vista una solución brillante de este tipo de problemas, pero a la larga supone una renuncia por completo de lo que siempre se debe proponer una crítica de este tipo: denunciar las falsedades y contradicciones culturales que se puedan introducir en cualquier ideología, ya las proponga un individuo, una sociedad, una religión o el propio cristianismo.

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Archivado bajo Filosofía española, Teología natural

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