Morales, José; La experiencia de Dios, Rialp, Madrid, 2007, 255 pp.

Carlos Ortiz de Landázuri

Morales en 2007, en La experiencia de Dios, ha mostrado como el inicial carácter privado, inexpresable, inefable o simplemente místico de las creencias religiosas, históricamente no ha sido un obstáculo insuperable para su posterior transmisión verbal, ni para poder alcanzar un efectivo relieve público. En su opinión, en los análisis actuales de la experiencia religiosa ha ocurrido algo similar a lo sucedido en la filosofía de la experiencia ordinaria. En ambos casos el análisis de este tipo de presupuestos se considera como un requisito previo para convalidar el posterior uso teórico, doctrinal o simplemente existencial que se pretende dar a este tipo de experiencias. De todos la experiencia de Dios y a las subsiguientes creencias religiosas presentarían una singularidad respecto de las experiencias ordinarias: ya no concebirían a Dios como un simple objeto de conocimiento demostrable a través de unas pruebas de tipo racional, al igual que ocurre con otros muchos objetos de la ciencia. Ahora más bien Dios se concibe como el sujeto propiamente activo, que se afirma como el verdadero gestor de este tipo de experiencia; es decir, que se afirma como un presupuesto implícito que envuelve a toda la realidad, de modo que el propio sujeto se acaba concibiendo como un simple co-sujeto secundario o simple destinatario receptor de esta misma experiencia.

A este respecto la experiencia de Dios siempre tendría una estructura paradójica bastante similar. Se trataría de un tipo de experiencia esencialmente privada que, sin embargo, inevitablemente debe tener una clara dimensión pública, al menos en el ámbito eclesial. La experiencia de Dios reuniría así un conjunto de rasgos antitéticos, ya que teniendo un carácter en sí mismo inefable, sin embargo buscaría expresarse a través de un lenguaje humano verdaderamente compartido; atribuyéndole un origen irracional o al menos suprarracional, sin embargo admitiría determinados procedimientos de convalidación racional por parte de la comunidad; perteneciendo al mundo sobrenatural, sin embargo lograría materializarse a través de las realidades más cotidianas y naturales. Se pone a este respecto un ejemplo paradigmático de todos estos contrastes, al menos en el caso del cristianismo: la experiencia religiosa del Reino de Dios. A pesar de tratarse de algo en sí mismo inefable, sobrenatural y en sí mismo interior o privado, sin embargo reiteradamente se convoca al pueblo cristiano para que contraste con este modelo sus distintas realizaciones de la vida privada y pública, tratando de sacar a su vez las consecuencias oportunas. Pero en última instancia sólo habría un procedimiento para convalidar la efectiva realización de dicho Reino de Dios, a saber: su efectiva comprobación a través de la integración eclesial y la praxis cristiana así generada, siguiendo a su vez el principio evangélico de ‘todo árbol se conoce por sus frutos’ (Lc. 6, 44).

En cualquier caso la mística cristiana siempre exigió a este tipo de experiencias religiosas privadas el seguimiento de determinados procedimientos públicos de convalidación institucional, en razón del contexto histórico en el que se produjeron o del tipo de finalidad eclesial que en cada caso perseguían. De este modo se llevar a cabo una reconstrucción de los diversos procedimientos de convalidación utilizados a lo largo de la historia para otorgar un reconocimiento público a este tipo de experiencias privadas. Por ejemplo en la Biblia a través de la reconstrucción de la efectiva ‘historia de salvación’, en los Evangelios a través de la revelación de un “saber de salvación”, en el cristianismo primitivo mediante los correspondientes criterios de interpretación auténtica, en la reflexión teológica a través de la elaboración de un cuerpo de doctrina sagrada, en las distintas tradiciones religiosas mediante la justificación de los respectivos “modelos salvíficos”, en la posterior espiritualidad cristiana mediante el fomento de las correspondientes llamadas vocacionales, en los distintos caminos de espiritualidad mediante su adecuación a las distintas situaciones vitales, en la liturgia mediante su adecuación al correspondiente significado sacramental. En todos estos casos la experiencia de Dios puede adquirir formas y manifestaciones muy diversas, admitiendo diversos grados de realización, según acentúen más o menos algunas de las dimensiones antes señaladas. Pero en cualquier caso la mística cristiana, a diferencia de otras, siempre fue reacia a admitir un tipo de experiencias religiosas que pretendieran situarse al margen de estos procedimientos de convalidación pública, ya que en ese caso se fomentarían planteamientos unilaterales de carácter subjetivista, panteístas, ontologistas o simplemente dramatizadores.

Para concluir una reflexión crítica. Las propuestas de Morales se formulan en un contexto muy polémico, en el que la crítica de las ideologías ha denunciado el carácter paradójico, o incluso contradictorio, del que ahora hace gala la fenomenología de la experiencia religiosa. Por su parte Morales hace notar como este carácter paradójico no es exclusivo de la experiencia religiosa y muestra a su vez con profusión de ejemplos los diversos procedimientos de convalidación utilizados para contrarrestar las posibles contradicciones que en cada caso se pudieran generar. A este respecto se deja claro que la experiencia de Dios sigue siendo el paradigma básico en el que se deben seguir mirando las demás formas de experiencia si efectivamente quieren sacar a relucir todas sus virtualidades. De todos modos Morales no se detiene ahora a comprobar el posterior uso civil que en muchos casos se acabaría haciendo de estos mismos procedimientos de convalidación en los consabidos procesos de secularización, dando lugar a un concepto profano de la historia, los saberes, las tradiciones, las doctrinas, las culturas, las profesiones, los protocolos o los simples ritos o costumbres sociales. Y en este sentido tampoco analiza un problema posterior sobre el que se prolongaría el presente debate. ¿Hasta que punto la noción de Dios se puede seguir considerando como un elemento espurio cuya simple aceptación por sí sola ya invalida a cualquier tipo de experiencia religiosa, o si por el contrario, sigue siendo el único punto de referencia posible capaz de devolver a las cultura posmoderna las pretensiones de verdad, de validez y de sentido que en sí misma contiene.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Teología natural

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