POLO, L.; Lo radical y la libertad, Cuadernos de Anuario Filosófico, nº 179, Universidad de Navarra, Pamplona, 2005, 67 pp.

Alvar Camero

En este breve escrito, Lo radical y la libertad, D. Leonardo Polo nos introduce de manera magistral en las nociones de lo radical para la cultura clásica, la cultura moderna y la cultura cristiana; y en el concepto de libertad que de cada una de ellas se deriva. El supuesto es el siguiente: cada uno de estos tres momentos históricos, de estos tres modos de concebir el mundo, han resaltado algún aspecto en particular como lo  radical; de donde surge y a donde va toda su superestructura cultural, esto es básicamente, hacia dónde se dirigen y en qué ponen sus esfuerzos. Pues bien, el radical moderno sería la producción, el clásico la actualidad y el cristiano la persona. Según Polo, con diferente profundidad, cada uno de ellos es válido y verdadero, y se van incluyendo unos en otros a modo de muñeca rusa, la productividad en la actualidad, y la actualidad en la persona; siendo el radical cristiano el más elevado y profundo de todos ellos.

 Pues bien, de estas tres concepciones se deriva todo un mundo conceptual y metafísico al que se dirigen los esfuerzos, anhelos, deseos, realidades, etc… de las gentes que viven en ellos.

 En la primera de ellas, hablando por su profundidad y no de modo temporal, es decir, en la modernidad, del hombre se destaca su capacidad  de ser un homo faber. Pero esta es una postura que descentraliza y que aliena al ser humano, ya que descarga toda posibilidad de realización sobre lo producido sin importar los medios o los fines. Pone el ser de la persona en algo que no es propiamente ella, sino algo de lo que dicha persona elabora. De tan desastrosa postura observamos toda la serie de nefastas consecuencias que la modernidad ha traído consigo tanto a las personas, como al entorno. Y la libertad es concebida como una especie de indeterminación en la que el hombre se va determinando, eligiendo de las diferentes posibilidades, a producir unas cosas  u otras, y, llegados a este punto, a consumir unas cosas entre otras. En conclusión, esta postura moderna ha reducido al hombre a una pura máquina  y a mero hombre consumidor (para el moderno hay esta ecuación matemática: capacidad de consumo = felicidad, libertad y éxito), acumulador de grandes riquezas y volcado definitivamente en lo exterior, en un claro olvido del ser interior; y  con motivaciones extrínsecas siempre a si mismo. Esta postura ha vuelto al hombre un ser ajeno a si mismo.

 Como segunda concepción, por su profundidad, la radicalidad clásica recae en la actualidad, en la correspondencia entre el ser y el pensar. Y este es el gran descubrimiento de los padres de Grecia. Por otra parte, la acumulación de riquezas y la productividad en exceso se veía entonces como un caso de hybris (soberbia) y la hybris atrae la cólera divina; así con este simple planteamiento los antiguos estaban libres de la posibilidad de desarrollar la tecnología, aunque muy bien la podrían haber desarrollado como afirma Polo. En este caso, el hombre es visto como el ser que se actualiza a través de sus actos; de acuerdo con lo cual, habrá actos buenos y actos malos. La libertad  es vista aquí como la capacidad de crecimiento o decrecimiento del ser del hombre por la práctica de sus actos humanos, lo que conduce a una ética de virtudes y vicios. Como se puede apreciar, el ideal de vida clásico, su radical, es algo mucho más humano que el del mundo moderno, mucho más lógico y más verdadero. Y en vez de poner metas como el consumo desaforado, para el hombre clásico la meta es la arete, es decir, la excelencia de aquellos que ha perfeccionado sus virtudes. Por lo tanto, en este caso la motivación es intrínseca: cada uno se ocupa de si mismo y de pulir su propio ser.

 Finalmente, en la cúspide de los tres radicales, esta el radical cristiano, y es el del descubrimiento de la persona, y cómo el trascenderse, el destinarse entregándose como donación al otro, es lo radical de la persona. Este planteamiento sí es realmente novedoso dentro del marco de la historia de la filosofía y de las ideas: el ser humano sale de sus propios límites únicamente cuando sale de su propio egoísmo en pos del bien ajeno. Y la libertad es concebida como esa capacidad de autodestinarse, de buscar el bien; pero esta libertad no es indeterminación por que entonces estaría abierta a la nada, ni tampoco independencia ni autonomía como quería Kant puesto que entonces seria soledad; sino que la libertad es puro comienzo, en cada una de las personas, y depende de un principio: Dios; es una búsqueda efusiva de comunión, de intersubjetividad. Se aprecia claramente como la concepción cristiana supera con mucho a las dos precedentes. Y como la motivación que este radical produce no es una motivación extrínseca como la moderna de la producción, ni intrínseca como el autoperfeccionamiento clásico sino una motivación que transciende.

             La obra finaliza con una descripción del poder y de la comunicación dentro de cualquier organización y cómo con los principios del Cristianismo se pueden superar las neurosis modernas. Ya que el poder  no ha de ser ni unilateral ni totalitario sino que ha de servir para ayudar a los demás a desarrollar sus propias capacidades o poderes. Al igual pasa con la información: en cualquier organización sea privada o estatal, la reserva de información y la no comunicación sólo da testimonio de la mala organización de la misma.

             Por nuestra parte, elogiar sin duda su gran erudición y su  gran conocimiento de la filosofía, así como el preclaro y acertado análisis de esos tres momentos culturales del hombre occidental. Pero únicamente podemos hacer una critica al texto, una critica a un pensamiento que está  presente como telón de fondo, y que se muestra en Polo a la hora de juzgar las obras y actos de la sociedad moderna, en la cual vivimos. Para Polo, y así lo afirma en Lo radical y la libertad, el planteamiento moderno es verdadero y el fallo que tiene es que es falto de profundidad; no estamos de acuerdo ni en lo uno ni en lo otro. El planteamiento moderno es desde su raíz falso y lo bueno –o salvable- que pueda tener contenido en él le viene directamente de la tradición cristiana, mientras que lo malo que tiene es pura fantasía y falsedad, o negación e inversión de la tradición de la cual procede, como es el caso de Nietzsche con la tradición griega y cristiana; así es común ver a los modernos y postmodernos como adalides de una serie de ideas que propiamente no les pertenecen sino que son calcos de la tradición bajo otros aspectos. Es decir, los aciertos de la modernidad son los aciertos de otros, o bien, por hablar en términos polianos, de los radicales clásico o cristiano; y sus errores son la negación de esos mismos radicales de los que la modernidad bebe.

Alvar Camero

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Archivado bajo Antropología filosófica, Historia de la filosofía contemporánea

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