Charles S. Peirce, El Pragmatismo. Edición de Sara Barrena. Ediciones Encuentro. Madrid, 2008.

José María Atencia

La reunión en un pequeño volumen de dos escritos de publicación cercana en el tiempo de Charles S. Peirce (1839-1914), ¿Qué es el pragmatismo?, de 1905 y Pragmatismo, de 1907 constituye un acierto y una buena noticia, no sólo para quienes se interesan por este autor, considerado el intelecto más original que América haya producido, y por el propio Pragmatismo, corriente de la que se ha afirmado constituye el más importante de los desarrollos filosóficos que se hayan visto nacer en los Estados Unidos. También su lectura resulta estimulante, en un sentido muy preciso, para los estudiosos de Ortega, por razones que expondré más adelante.

Este pequeño gran volumen se abre con una “Introducción” muy interesante y atinada. La autora recuerda la propia y contradictoria personalidad del extraño científico filósofo que fue Peirce, hombre tan proclive al conflicto (su vida privada es una buena muestra de ello) y la controversia (sólo mantuvo una plaza de profesor universitario durante cinco años, hasta su expulsión) como dado a la perpetua revisión de sus propias ideas, una revisión que tenía en cuenta tanto filosofías anteriores como recientes avances científicos y que vertía en trabajos académicos (dejó 80.000 páginas de manuscritos), en su mayor parte nunca publicados. Ha sido considerado el iniciador de la semiótica (v.g., concepción triádica del signo) y algunas otras corrientes.

Especialmente, es el fundador del pragmatismo (hecho que señaló William James), objeto de la atención del libro. Los dos textos pertenecen a los últimos años de la vida del filósofo, en los que trata de dar forma a su “sistema”, revisa su semiótica y su peculiar versión del pragmatismo partiendo de sus concepciones cosmológicas y su metafísica evolutiva. Por tanto, resulta particularmente acertado presentarlos en un único volumen. El pragmatismo, nacido en las reuniones del “Club metafísico de Cambridge”, nombre que denotaba una cierta actitud desafiante frente al ambiente claramente antimetafísico de la época, se plasmó en un escrito no conservado redactado para dejar algún testimonio de las ideas debatidas en las reuniones del Club cuando éste se disolviera. Más tarde, entre 1877 y 1878, se publicaron las Illustrations of the Logic of Science, el primer escrito sobre el pragmatismo, si bien en dicho escrito el término mismo no se menciona.

A continuación, Sara Barrena pasa a la caracterización del término “pragmatismo”, lo que le lleva a las razones de la negación de la duda metódica y su vinculación con el método de la ciencia, que nos permite investigar las repercusiones prácticas del conocimiento de la realidad externa: algo es la idea de sus efectos y el significado de una concepción intelectual viene determinado por las consecuencias prácticas de esa concepción.. La comprensión de un concepto se da en el “tercer grado de claridad”, que sólo se obtiene a través de sus efectos prácticos.

Esta noción, ya establecida en 1878, sufrió una serie de matizaciones: en “Pragmatismo”, por ejemplo, enfatiza que no es una doctrina metafísica ni trata de establecer la verdad de las cosas, sino sólo un método para averiguar los significados de las palabras brutas y de los conceptos abstractos. Para evitar confusiones, Peirce sustituyó en sus escritos el término “pragmatismo” por el de “pragmaticismo”, confiando en que su carácter cacofónico alejaría a cualquiera de la tentación de apropiárselo usurpativamente (“Qué es el pragmatismo”). A la definición y aclaración del término “pragmatismo” se dirigen los dos artículos contenidos en el volumen que presentamos.

La única mención de Ortega a Peirce que conozco se halla en VII 310 (Edición de las Obras Completas de Alainza Ed., Madrid, de 1983) y no le concede la menor atención. De hecho, las breves observaciones que llegó a hacer sobre el pragmatismo, no llegaría a afirmar que se encuentren entre lo que podríamos denominar sus mejores aciertos. Así, calificó el pragmatismo de “vergüenza” (I, 119) y le reprochó su tosquedad utilitaria (IV, 357), calificándolo de mero “practicismo suplantando toda teoría” (VII, 310) negándole todo carácter filosófico e incluso sentido alguno (VIII, 372-373). No obstante, más tarde parece llegar a una segunda consideración que le llevó a reformular la noción misma del pragmatismo, impulsado por las exigencias de su pensamiento y en una nota a pie de página afirma que hay en esta corriente algo profundamente verdadero, aunque centrifugado” (IV 97). Este elemento profundo probablemente es que “Es falso que exista un conocimiento no originado en alguna urgencia” “… provocada por la utilidad la teoría misma no es utilidad. Este es el error del pragmatismo” (IX, 320). Ya en 1915, en las Investigaciones psicológicas (XII, 392) había visto en el pragmatismo un “germen oscuro, un trazo precedente, forma pobre y absurda de la razón vital”.

Llegaría a afirmar, a mi vez, que se da un verdadero pragmatismo en Ortega, y la presente publicación ayudará a establecer con claridad su sentido. W.T. Graham (A pragmatist philosophy of life in Ortega y Gasset University of Missouri Press, Columbia, Missouri, 1994) y, entre nosotros, E. Armenteros (El pragmatismo de Ortega: una “impronta” de su Filosofía. Sevilla, Facultad de Filosofía, 2004) han podido hablar de un pragmatismo orteguiano. Los efectos prácticos de que habla Peirce, el sentido vital del conocimiento, no son en modo alguno mera exaltación de la acción, sino verdadero intento de conectar los significados de las cosas que los conceptos expresan con los hábitos que son capaces de sustentar. En este sentido un hábito-creencia que, formado en la imaginación, determinará las acciones en la realidad. La mención de la imaginación -Ortega hablará de “fantasía”- no es casual. La mente no resulta únicamente modulada por influencias exteriores, sino que también lo es por la influencia de la imaginación, a través de la cual modificamos nuestros hábitos. A pesar de su énfasis en la experiencia y en el método científico, el pragmatismo no es mera exaltación de la acción. Es mucho más, porque concibe el conocimiento como proceso creativo en el que se aceptan o desechan hipótesis según el desarrollo de nuevas acciones que aumentan la comprensibilidad del universo, trata de afrontar el futuro y establece una continuidad entre teoría y práctica, conocimiento y vida. Según los principios fundamentales del pragmatismo el significado de un concepto sólo es comprensible en relación con la práctica, es decir, para comprender el valor de un concepto de un objeto hay que analizar qué efectos prácticos puede implicar. Por tanto, un significado que no sea práctico carece de sentido. La coincidencia con la noción orteguiana de razón vital parece bastante a la vista: en la experiencia originaria del hombre ante el mundo se da el azoramiento, no saber a qué atenerse. El ser humano naufraga en la circunstancia, primo visu carente de toda organización, en la que hay cosas que aún no son objetos. El correlato noemático de la mirada es el mundo. En él, la mirada organizará jerárquicamente sus ingredientes y acontecimientos, dirigida por la fantasía pero inicialmente, de raíz, apoyada en la creencia. De ella surgirán la matemática, la ciencia, la religión, productos fantásticos en todo el sentido de la palabra, que poseen, no obstante un ajuste suficiente a la realidad para hacer posible nuestra acción en el mundo. Por su parte, la realidad en sí constituye un enigma y las cosas son puntos de referencia, elementos de control sobre nuestros mundos interiores creados por la fantasía, que son los que arrojarán luz sobre la circunstancia y la convierten en mundo.

De otro lado, la actitud pragmatista parte del abandono de toda especulación abstracta que no haga referencia al hombre y rechaza, toda solución meramente verbal de los problemas. Es el hombre, o, mejor, la vida, la medida de todas las cosas, como quería Protágoras, a quien recuerda Ortega, quien consideró como “el tema de nuestro tiempo” la lucha contra todo idealismo. La filosofía pragmatista busca y persigue nuestra orientación en el mundo. De ahí que dicha actitud pueda haber sido -y lo ha sido de hecho- calificada de relativismo, al pretender no admitir verdades absolutas, intemporales, utópicas o ucrónicas.

Conocemos un ente, por ejemplo, la substancia, por sus accidentes, esto es, por lo hay en él que incide sobre nosotros. Para esta actitud “ser” equivale a sernos. “Ser es lo que “nos es” y en realidad, cuando digo algo del mundo lo digo de mí. La misma noción de “cosa” ha de entenderse como aquello que me resiste y me asiste. El significado de las cosas son las sensaciones que recibimos de ellas, la dificultad o facilidad que suponen en mi vida.

Ello no significa que lo que defiende el pragmatismo es que se afirma la verdad de un concepto cuando responde a mi utilidad práctica. Es aquí donde radicaría la crítica fácil: la verdad lo es relación con un sistema de realidades. La verdad no es  “eterna” sino en relación al hombre (entendido el término en sentido general). La afirmación es verdadera cuando está de acuerdo con los objetos de la experiencia (adecuación a la realidad). Una idea es verdadera o falsa: ¿qué consecuencia tiene ello en la vida del individuo? Son verdaderas aquellas que podemos validar o invalidar, asimilar, verificar…. Por tanto la verdad de una idea no es una propiedad estática suya, sino algo que le sucede a las cosas, que llegan a ser verdadera. Su validez es procesual.

De ahí que el pragmatismo incluya un ingrediente realista: para el pragmatismo una idea es cierta cuando está de acuerdo con la realidad, pero para él no hay un orden de verdades trascendentes. Cuando habla de verdades eternas, se refiere a verdades que siempre serán válidas mientras el hombre exista. Pero adecuación no es sólo copia, significa ser guiado hacia la cosa, ser colocado en contacto activo con ella para manejarla. Toda verdad es relativa al ser del hombre. Pero las cosas tienen un ser y cuando se relacionan con el hombre éste descubre la verdad, lo que indica que en las cosas hay verdad. No puede encontrarse la verdad sin relación al hombre, pero tampoco prescindiendo de su objetividad.

J.Mª Atencia Páez

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