Dennett, Daniel; Consciousness explained, Littele and Brown, 1991; La conciencia explicada. Una teoría interdisciplinar, Paidós, Barcelona, 1995, 512 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Daniel Dennett en 1991, en La conciencia explicada, defendió la posibilidad de un lenguaje en tercera persona propio de la neurociencia, que fuera capaz de justificar la objetividad, o más bien intersubjetividad, de las bases neuronales del propio conocimiento, sin necesidad de remitirse a entidades metafísicas inverificables, como la mente, o la propia subjetividad de la conciencia. En su opinión, los procesos comunicativos epistemológicamente “válidos” son aquellos que se remiten a unos “qualia” informativos neuronales verdaderamente compartidos, en virtud de la “objetividad”, o más bien “intersubjetividad” de los métodos de la neurociencia, sin necesidad de remitirse a simples estados subjetivos de conciencia o a otro tipo de entidades metafísicas de imposible verificación experimental. Se postula a este respecto una reducción de los datos sensoriales percibidos a simples “qualia” informativos neuronales, que podrían haber sido procesados al modo de simples serie aleatorias de algoritmos mediante el recurso a circuitos cibernéticos, como los de von Neumann y otros similares.

Dennett postula a este respecto la progresiva eliminación por parte de la neurociencia de cualquier lenguaje en primera persona que a su vez se remite a viejas entidades metafísicas en sí mismas inverificables. Se pretende evitar así cualquier contaminación por parte de la neurociencia con las propuestas mentalistas, con el solipsismo cartesiano, o con la ahora llamada hipótesis del homúnculo, que tan perjudiciales acabaron siendo para el desarrollo de la neurociencia. En estos casos la neurociencia habría acabado atribuyendo a un centro funcional aún más básico un ilimitado poder de reversión y de reinterpretación crítica sobre los mecanismos neuronales existentes en el cerebro, asignándole incluso el procesamiento de la totalidad de la información cerebral disponible, a pesar de que este tipo de entidades metafísicas siguen adoleciendo de una incapacidad absoluta para garantizar su propia verificabilidad. De ahí el profundo engaño de aquellas  actitudes neurocientíficas que acaban atribuyendo al lenguaje en primera persona una actitud creativa y responsable, cuando con este tipo de actos simplemente fomentan un creciente autoengaño como el que experimentan los así llamados “zombis”.

De ahí que ahora se postule una sustitución del leguaje en primera persona por otro en tercera persona que ya no fomenta la falsa ilusión de poder seguir haciendo responsable a la conciencia y al  propio “yo” del posterior uso del lenguaje. Ahora más bien se concibe el lenguaje en tercera persona propio de la neurociencia como el resultado de un triple factor: el desarrollo cibernético de determinadas series algorítmicas, el funcionamiento automático de similares circuitos neuronales y al seguimiento mimético de unas determinadas estructuras lingüísticas cerebrales. En su opinión, las distintas imágenes del  propio “yo” serían resultado de una falsa ilusión lingüística que nos hace concebir estas imágenes como creación propia, atribuyéndoselas a un falso “homúnculo”. Sin embargo estas imágenes del propio yo en realidad también serían un mero subproducto de aquel heterocondicionamiendo mimético generado por los propios circuitos neuronales sobre los que opera el lenguaje en tercera persona, haciéndoles actuar como auténticos “zombis” precisamente cuando se quieren apropiar de lo que les pertenece. Para alcanzar estas conclusiones la monografía tiene tres partes:

1) Problemas y métodos contrapone dos posibles usos de la fenomenología: un uso mentalista que admite la posible referencia por parte de un lenguaje en primera persona a determinadas entidades metafísicas en sí mismas inverificables, basadas asu vez en un ficticio dualismo psico-físico mente-cuerpo, como ahora sucede con la “epoche” fenomenológica, el “yo pienso” cartesiano o la noción clásica de ‘anima’; y, por otro lado, un uso heterónomo de la fenomenología que permitiría justificar la referencia a un lenguaje en tercera persona por tratarse de un requisito para alcanzar una efectiva descripción “objetiva” de tres factores: las series algorítmicas de los “qualia” informativos neuronales, la reproducción mimética de los correspondientes circuitos cibernéticos cerebrales, así como una posible explicación meramente conductista de determinadas estructuras lingüísticas cerebrales.

2) Una teoría empírica de la mente, justifica la evolución de la conciencia humana en virtud de los anteriores procesos de heterocondicionamiento mimético, sin necesidad de remitirse a un centro funcional regulador superior. De este modo se explica la aparicón del llamado teatro cartesiano del “yo”, así como los demás fenómenos subjetivos de conciencia, concebidos ahora como malentendidos generados por el mal uso del lenguaje en tercera persona. Habitualmente a estos estados de conciencia se los considera como un subsistema con autonomía propia, como habrían pretendido Libet, Walter, o el llamado efecto Baldwin. Sin embargo se trata de falsos “homúnculos” originados por la sustantivación de un simple modo de acción más intenso de la propia actividad cerebral, sin que haya un fundamento proporcionado para ello. En cualquier caso el descubrimiento de los anteriores mecanismos de imitación (memas) habría hecho evolucionar el modo de concebir la conciencia subjetiva como una forma cada vez más sofisticadas de autoengaño. Pueden crear la ilusión de estar haciendo un uso correcto de un lenguaje en primera persona, cuando en realidad se seguiría tratando de un mero subproducto meramente mimético e igualmente heterocondicionado por un defectuosa interpretación de un lenguaje en tercera persona.

3) Los problemas filosóficos de la conciencia, se propone eliminar de la neurociencia cualquier referencia a la conciencia, al “yo” o a cualquier otra entidad metafísica en sí misma inverificable. La neurociencia a este respecto sólo podría garantizar la “objetividad” de unos “qualia” informativos neuronales, teniendo que atribuir a la conciencia subjetiva del propio “yo” un mero carácter epifenoménico respecto de estos otros elementos cerebrales plenamente “objetivos” y mejor justificados. En este contexto el recurso por parte de la neurociencia a un lenguaje en primera persona es visto como un resto residual de una vieja mentalidad metafísica, más propia de “zombis” que de humanos, cuando lo coherente hubiera sido recurrir exclusivamente al lenguaje objetivo en tercera persona propio de la neurociencia.

Para concluir una reflexión crítica. Dennett defiende un materialismo eliminativo que le exige excluir de los automatismos neuronales cualquier referencia a principios metafísicos de imposible verificación, como de hecho ocurre con cualquier justificación del lenguaje en primera persona. En su lugar Dennett presupone el recurso a un lenguaje en tercera persona, basado exclusivamente en la descripción objetiva y neutral de los “qualia” informativos neuronales, sin necesidad de postular la existencia de falsos “homúnculos”, o de fomentar actuaciones propias de “zombis”. Evidentemente ahora se concibe este lenguaje en tercera persona como un instrumenrto heurístico plenamente objetivo y absolutamente libre de supuestos, cuando no lo es. De hecho un lenguaje de este tipo debe seguir presuponiendo la referencia a una previa comunidad de científicos, o mas bien de neurocientíficos, o simplemente de hombres, así como a un posterior uso en común de unas previas estructuras lingüísticas, cibernéticas o simplemente algorítmicas, cuya justificación escapa ya totalmente a los procedimientos de prueba de la neurociencia. Evidentemente Dennett no ha prolongado este tipo de análisis sobre los presupuestos implícitos en el uso compartido de un lenguaje en tercera persona, estableciendo una disociación entre el lenguaje en primera y tercera persona, que posiblemente se pudiera haber evitado.

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Archivado bajo Historia de la filosofía contemporánea, Teoría del conocimiento

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