Diosdado, Concepción, Más allá de la teoría, Kronos, Sevilla, 1997

por Alejandro Rojas Jiménez

Schelling, como Hegel y antes que él, pretende construir un idealismo absoluto, y por ello se irrita cuando Hegel cosecha su fama.  Si bien, hay una diferencia entre Hegel y Schelling que hace que a los ojos de Hegel lo que de Schelling se puede recoger sea sólo su idealismo de la naturaleza (cfr, Juan A. García, “comunidad y diferencia entre Hegel y Schelling”,  Filosofía y cultura a finales del s.XX, congreso internacional, Mijas (Málaga) 8-10 Marzo 1989). Si Hegel piensa tal cosa es principalmente porque considera que en Schelling la consideración de que el desarrollo del espíritu consiste en ir manifestando la indiferencia entre lo subjetivo y lo objetivo en sus aparentes oposiciones, se resuelve, como dice en el prólogo a la Fenomenología del espíritu, en la indiferencia en la que todos los gatos son pardos.  Si bien, lo que no ha visto Hegel, y sí Schelling, es que el absoluto no es un resultado lógicamente pensable, que no es un concepto, sino que “la realidad posible de adjudicar al Absoluto es entonces sólo la de «ir llegando» de lo finito a su fin, y con ello la estructura ontológica no se diferenciaría de la de lo finito” (Más allá de la teoría, p 185). Para acabar de entender esto es especialmente interesante el excelente trabajo de investigación que llevó a cabo Concepción Diosdado en la Ludwig-Maximilians-Universität de Múnich y que se ha publicado como una reelaboración de su tesis doctoral con el título de Más allá de la teoría.

En esta investigación, que muestra que la libertad (como el principio y el fin de la Filosofía) y la exigencia de unidad y perfección que se le plantea al hombre constituyen los cimientos de los primeros trabajos filosóficos de Schelling, Concepción Diosdado expone magistralmente cómo debe entenderse lo absoluto en los primeros estos primeros escritos; y en el análisis de dicha exposición el lector se hace, guiado por una agradecida facilidad de escritura,  con la clave para entender la superioridad especulativa de Schelling sobre Hegel: mientras que para Hegel el Absoluto es todo lo pensable y la contemplación del proceso en la que el Sujeto contempla su identidad (suidad), Schelling advierte, y pronto, que el Idealismo debe incorporar dentro de sí un límite respecto a su propia consumación; Schelling se percata de que en la intuición intelectual del Yo (que comparte él mismo en el Vom Ich, junto con toda la filosofía moderna) se pierde la vida misma de la subjetividad, y por ello, coloca el absoluto como demanda que mueve a su realización. Quiero decir, la autointuición se quiere, y aunque dicho querer exige presentar su actividad en un objeto, la autointuición requiere ver más allá de él la fuerza productiva: “lo que el espíritu persigue no es conocer tales productos, sino su propia actividad en ellos. Para ello se le hace necesario separar la acción por la que se origina el producto del producto mismo” (Más allá de la teoría, p 166). Al separar la actividad del producto, se libera del objeto y atiende a la sola forma de su actuar, llegando a ser consciente de su propia operación, y de lo que esencialmente es el espíritu: actividad pura. Y por ello para Schelling el eterno presente hegeliano en el que se contempla en paz el proceso es “el momento de la aniquilación” (cfr, Schelling, Philosophische Briefe I/1, p317), porque de ningún modo el espíritu puede reconocerse en un concepto, en tanto que  la actividad no se reconoce en su producto como tal: “el sujeto cognoscente en modo alguno es conocido objetivamente porque la actividad intelectiva se oculta a favor del objeto” (Juan José Padial, “sobre la constancia de la presencia mental y la congruencia de la reflexión cognoscitiva”, en Futurizar el presente, Universidad de Málaga, 2003, p 253).

Schelling formula este hallazgo introduciendo la noción de límite, ya que sólo como continua superación de sus límites cree poder pensar, sin reducir la actividad a un concepto, la autonomía (determinación de sí y por sí) de un absoluto que se produce libremente a sí mismo: “toda filosofía nos conduce pues a una exigencia, que sólo se puede cumplir más allá de los límites de la experiencia y más allá también de los límites del saber; allí donde yo mismo «produzco la tierra»” (Más allá de la teoría, p 69). El límite “termina siendo condición de que tal poder pueda manifestarse, y con ello se sigue imponiendo de alguna manera la necesidad de que la contradicción se mantenga” (Más allá de la teoría, p 183).

La productividad no tiene por fin el producto (el error de Hegel es haber creído que era un producto el que impulsaba, como tarea,  la productividad), sino la productividad misma, y sin embargo, el producto es exigido como condición del aparecer de la productividad y como condición de su conocimiento: “para Schelling tanto la actividad como la vida tienen como condición el límite y la oposición” (Más allá de la teoría, p 184). La unidad de productividad (natura naturans) y producto (natura naturata), pensada así como una dualidad en unidad es “el autodesarrollo de una Subjetividad absoluta que se limita a sí misma y contiene en sí una bipolaridad originaria y una vida sumisa al movimiento” (Más allá de la teoría, p 185). Lo que Schelling ha visto con claridad es que la actividad libre como tarea no se diferencia del atareado ejercicio activo, y de este modo que en el continuo movimiento se “va alcanzando siempre en cierto sentido la meta final” (Más allá de la teoría, p 173).

Aunque la filosofía de Schelling tiene como punto de partida y meta lo absoluto, se ve obligada a reconocer y potenciar la dualidad recogiendo las múltiples formas tradicionales bajo las que esa dualidad aparece y mostrando que “la naturaleza en su totalidad se basa en polaridad y dualismo” (Más allá de la teoría, p 98). Pero esta afirmación de la dualidad corre paralela a la consideración unitaria de que se trata en suma “de las épocas de lo absoluto” (Leyte, Las épocas de Schelling, Akal, Madrid, 1998, p 15): lo que Schelling expone es el desarrollo del absoluto, y en esta misma visión se fundamenta la imposibilidad de su comprensión (de la comprensión de lo absoluto como sustancia). La unidad se piensa como tránsito o actividad libre que liquida la diferencia entre uno y todo en la medida en que el absoluto se pone así mismo. Y si la filosofía de la naturaleza busca desentrañar cómo la naturaleza puede ser ya espíritu, la filosofía de la historia buscará cómo el espíritu es ya naturaleza (es preciso explicar cómo productividad y actividad son las formas del devenir de lo absoluto).

Pero de este modo Schelling está pensando el absoluto como dynamis, y no como enérgeia. La consideración de la actividad como potencia le impide colocar el acto antes que la potencia. Siendo estrictos, me da la impresión de que lo absolutamente primero en Schelling no es pues la actividad, sino la tarea que la pone en marcha. Tan importante es ésta, que si Schelling exige el límite es porque debe salvar al absoluto de la perfección absoluta tras la que dejaría de ser tendencia. Como también ha visto el Heidegger de la Cuadratura, sólo puede permanecer la demanda que nos mueve hacia ella como tal, mientras el límite impida su aniquilación como tal demanda. Si por el contrario Schelling hubiera pensado la actividad como energéia (no entendida como actualitas) habría podido colocar la actividad antes que la potencia y haber visto la posibilidad de abandonar el límite que afirma y que viene exigido por la consideración de que la libertad es una demanda. Pero esta consideración nos conduciría más acá de la teoría (zetouméne epistéme), y por ende, más allá de los primeros escritos de Schelling. Siendo así, esta consideración nos saca del comentario a un libro espléndido cuya lectura considero ideal para conocer los cimientos de los primeros escritos de Schelling.

El excelente trabajo de investigación de Concepción Diosdado nos dirige al corazón de la filosofía de Schelling, se introduce en lo nuclear de una filosofía compleja y en continua evolución. Este modo de proceder no deja impasible al lector que, de la mano de Concepción, se atreve a pensar lo central de una filosofía que a menudo se nos ha presentado eludiendo pensar continuidades. Este trabajo no sólo muestra que la filosofía de Schelling es una filosofía de la libertad desde sus inicios, y no a partir de 1804, sino que además provoca en el lector la actitud positiva de atreverse a pensar a uno de los autores menos conocidos de la cumbre de la historia del pensar occidental.   

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Archivado bajo Historia de la filosofía moderna, Teoría del conocimiento

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