García Montero, Luis; Inquietudes bárbaras, Anagrama, Barcelona, 2008, 217 pp.

por Carlos Ortiz de  Landázuri

Inquietudes bárbaras analiza el ambivalente panorama cultural de nuestra época, en la así llamada posmodernidad, basculando entre dos actitudes opuestas: un romanticismo antiilustrado que está aún más radicalizado en su reafirmación de unas identidades aún más antihumanistas, antiuniversalistas y antirracionales, con la consiguiente vuelta a una barbarie; y, por otro lado, un clasicismo desencantado respecto de sus indudables virtualidades universalistas de generalizar una educación cívica verdaderamente racional y defensora de los derechos humanos, sin tampoco poderse hacer muchas ilusiones de encontrar una tercera alternativa más positiva al respecto. Además, en el caso español, el panorama se agravaría aún más por las secuelas tan conflictivas dejadas en el imaginario colectivo por la memoria histórica de una guerra civil excesivamente cercana, así como por la posterior transición  política hacia una democracia partidista en una época de profundo relativismo y de gran confusión ideológica que tampoco habría contribuido a dar una respuesta suficientemente satisfactoria a los problemas que ya se arrastraban. Indudablemente hoy día se rechaza de forma unánime por todos los gestores de la vida pública la vuelta a la barbarie de una nueva guerra civil, pero a la vez se detecta cómo cada vez son más los defensores de una ética cívica y unos valores republicanos que tienen que actuar a contracorriente, exponiéndose al desprestigio y a la ira del gran público simplemente por llevar a cabo una auténtica defensa de un espacio público y de un pacto pedagógico sin exclusiones de ningún tipo.

A este respecto Luis García Montero (Granada, 1958) enmarca este problemático panorama cultural contemporáneo en el contexto general de la crisis provocada por el romanticismo respecto de la ilustración. El motivo alegado fue la gran carga sentimental de las nuevas identidades colectivas entonces reivindicadas por el romanticismo, ya fueran de tipo étnico, nacionalista, religioso o cultural, frente a las pretensiones universalistas, igualitarias, progresistas y fraternales de los ideales racionalistas de  algunos ilustrados utópicos, teniendo estos últimos todas las de perder. Precisamente este fue el drama que no sólo terminó haciendo fracasar el innovador proyecto político de la segunda República española, sino el que al final también ha provocado la tergiversación de la posterior transición política hacia la democracia, debido en gran parte a su incapacidad de lograr mantener el temple moral y la altura de miras que en un principio hubiera cabido esperar.

En este contexto fue imposible que la democracia lograra recuperar el innovador contrato pedagógico que, en su opinión, constituyó el eje central sobre el que gravitó la experiencia de la segunda República española, en la medida que se concebió como un proyecto programático de transformación moral de todo un pueblo. En este contexto la guerra civil significó la irrupción de una barbarie irracional que impidió una efectiva culminación de dicho proyecto. Sin embargo las cosas hoy día las cosas tampoco han terminado de cambiar para mejor. De hecho la posibilidad de alcanzar un acuerdo pedagógico sin exclusiones seguiría estando igual de amenazada que entonces, sin tampoco poderlo concebir con un mínimo de seriedad, debido a la irrupción de una segunda barbarie aún peor que la anterior, que a su vez ha generado la difusión generalizada de una mentalidad derrotista a cualquier transformación de tipo moral o educativo, a diferencia de lo que en su opinión ocurrió el 14 de abril de 1931.

En efecto, hoy día existe una confabulación de los medios de comunicación y de los distintos grupos de presión económica, los credos religiosos o simplemente ideológicos, a fin de tergiversar un proyecto colectivo de este tipo, haciendo imposible la culminación de un pacto pedagógico sin exclusiones de ningún tipo como el entonces se proyectó. Además, para lograr este propósito con mayor eficacia se ha recurrido a similares estrategias de desprestigio a las usadas anteriormente por el romanticismo para mostrar la cara más negativa del proyecto ilustrado moderno, sin tampoco ser capaces de ofrecer algo mejor para superar las deficiencias entonces denunciadas. De todos modos ahora se opina que ya entonces la ilustración dio la respuesta adecuada a las denuncias planteadas por el romanticismo, marcando la vía a seguir a la hora de pretender hacer frente a la resistencia que también hoy día la postmodernidad sigue oponiendo a la transformación moral que supone la aceptación de un contrato pedagógico de este tipo. En cualquier caso ahora se defiende la urgente necesidad de renovar un contrato pedagógico de tipo republicano, mediante el que se pueda hacer efectiva una auténtica educación ciudadana verdaderamente tolerante, neutral, creadora, que a su vez permita dar un paso adelante hacia una nueva sentimentalidad efectivamente abierta a todos, sin hacer distinciones a este respecto por razón de credos, géneros, identidades o culturas. Sólo así será posible que el individuo se comprometa a respetar el espacio público generado a su vez por el Estado democrático, sin dar lugar a exclusiones de ningún tipo.

De todos modos García Montero opina que hoy día se está aún muy lejos de haber conseguido este objetivo, a pesar de la urgencia de los retos ahora abordados. A este respecto hoy día se estaría viviendo una de las etapas más decisivas del conflicto permanente que a lo largo de la historia de la literatura y de la cultura se habría vivido entre dos planteamientos en sí mismos irreconciliables:

a) por un lado el romanticismo, cuyos valores estéticos están basados en la exaltación de las identidades diferenciadas, así como en la reafirmación sentimental de las propias creencias subjetivas en pugna con aquellas otras con las que se entra en conflicto, ya sea en razón de la nación, de los diversos credos o culturas, recurriendo con este fin a todos los medios a su alcance, incluyendo la caricatura, la difamación o el insulto.

b) Y, por otro lado, el clasicismo humanista que otorga una primacía a la justificación de unos valores comunes a partir de la aceptación compartida de una estética del trabajo bien hecho, basado a su vez en el dominio de unos mecanismos ilusionistas de larga tradición histórica, ya tengan su origen en el clasicismo griego, en el renacimiento o en el barroco, pero que hoy día también habrían vuelto a renacer con un nuevo brío. En este sentido la lucha contra la barbarie cultural fomentada por el romanticismo debería empezar por el campo educativo mediante una sistemática recuperación de las herramientas ilustradas que permitieron al clasicismo humanista terminar imponiéndose sobre los movimientos disgregadores y de reafirmación identitaria del romanticismo.

En cualquier caso, entre los enemigos de la creación de un espacio público abierto a todos, ahora no sólo se sitúa a los defensores de los movimientos identitarios, como sucede con los movimientos nacionalistas de reafirmación de una cultura diferenciada. Ahora en este grupo también se incluyen los diversos credos religiosos cuando hacen una defensa partidista de la libertad de enseñanza a la hora de crear centros de iniciativa privada, a diferencia de lo que en su opinión sucede en una enseñanza en libertad de tipo público donde la titularidad de la educación corresponde en exclusiva al Estado republicano, el único que estaría verdaderamente legitimado para llevar a cabo una empresa moral de este tipo.

Pero por similares razones ahora también rechaza aquel tipo de educación cívica basada en mensajes doctrinarios radicalmente contrarios a una libertad auténtica, como ahora ocurriría con el principio evangélico de “amar a los demás como uno se ama a sí mismo”, por considerarlo un principio absolutamente contraproducente dada la crisis de la subjetividad o de la llamada muerte del sujeto acaecida en el ámbito cultural contemporáneo. Por eso se recomienda empezar formulando una denuncia lo más generalizada posible del resto de proyección impositiva de la propia identidad sobre los demás ciudadanos que aún queda en este tipo de proclamas, tan fáciles de manipular mediante eslóganes aún más provocativos. De hay que ahora se reivindique la creación de una espacio público neutro, tolerante, laico, refractario a todo tipo de confesionalidad doctrinal o ideológica, por tratarse de la condición necesaria para el desarrollo de una vida en común dentro de un marco institucional efectivamente libre y compartido.

Finalmente, se justifica la pertenencia del autor a la corriente poética de la “nueva sentimentalidad” y de una “poesía de la experiencia”, donde la propia personalidad deja paso a un “nosotros” colectivo de tipo generacional, sin compartir el fuerte individualismo personal y vital de los llamado “novísimos”. También encuadra su estilo literario dentro del llamado grupo poético de los 50, donde también estarían un conjunto de figuras generacionalmente muy afines, como son Ángel González, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente o Francisco Brines. Habría sido esta generación de poetas la que concibió a las humanidades y en concreto a la poesía como el agente educativo apropiado de este proceso moral de salida de la barbarie romántica y de inicio de una auténtica formación cívica para todo un pueblo. En su caso la poesía no sólo debe aportar las herramientas ilusionistas apropiadas que consigan difundir los grandes ideales ilustrados de la humanidad, sino que además debe denunciar la fuerte tendencia a la animalización y a la fragmentación identitaria que es característica de los mecanismos caricaturescos y difamadores del romanticismo. Es más, en su opinión, sólo la poesía está capacitada para llevar a cabo una auténtica denuncia moral de aquel tipo de comportamientos que son claramente regresivos, mediante el correspondiente reconocimiento del sentido preciso y el significado real de cada situación histórica de un modo más o menos definitivo, sin dejarse engañar por manipulaciones más o menos oportunistas. Finalmente, la poesía debe dar a conocer el efectivo talante moral de cada poeta, juzgándolos en razón de su aportación efectiva a un proyecto moral de tipo republicano, configurándose como un baluarte inaccesible a las opiniones de los medios de comunicación y de propaganda. Para alcanzar estas conclusiones la obra se divide en nueve apartados.

1) “Para andar por casa” describe la paradójica situación del momento presente donde la defensa de las libertades más básicas choca con la barbarie irracional y la incomprensión más injusta por parte de la opinión pública, con el peligro de volverse impopular y de tener que ir contracorriente;

2) “Palabra de honor” analiza la importancia que tiene la literatura y la poesía, incluidos los libros en general, en la configuración de un espacio público donde todos los ciudadanos deberían poder recibir una formación ética adecuada;

3) “Perder la educación”, analiza a través de Jovellanos, Giner de los Ríos, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Alberti, Cernuda o Ángel González, el papel desempeñado por el contrato pedagógico en la sociedad ilustrada, por ser el ámbito natural donde se deberían dirimir las discrepancias de pareceres, constituyendo la pérdida más irreparable y la gran amenaza cultural del momento presente;

4) “Los otros” analiza los mecanismos literarios de exclusión utilizados con profusión por los propios poetas en contra de sí mismos, como ocurrió en el malditismo de numerosos románticos, dando lugar al efecto perverso de reforzar aún más los respectivos procesos de identidad colectiva. Pero algo similar continuó sucediendo en la poesía contemporánea de Jaime Gil de Biedna, Rafael Sánchez Ferlosio, Federico García Lorca, cuando más bien el poeta en su lugar se debería dejar llevar por el nosotros de una ética ciudadana efectivamente compartida;

5) ¿Quién manda en mí?, analiza el significado que el 14 de abril de 1931 tuvo para toda la generación de poetas que vivió la llegada de la segunda República española y sus proyectos educativos de democratización de la vida social, al modo como ahora también sucede en Europa, a pesar de las fuerzas reaccionarias que entonces y ahora se siguen oponiendo a este tipo de proyectos;

6) “La historia leída”, analiza el papel decisivo de la poesía en la toma de conciencia del respectivo momento histórico, según se valla a favor o en contra de la propia historia, como ahora se comprueba a través de Caballero de Bonald, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Alberti, Ángel González;

7) “Objetos para un rato de ocio”, analiza la paradoja del comediante o del artista de Diderot, que más natural parece la creatividad artística del clasicismo cuanto más desapercibido pasa el uso dado a los respectivos artificios literarios ilusionistas, como si realmente no se estuviera recurriendo a ellos, cuando detrás de ese ejercicio hay una gran maestría y mucho trabajo oculto. Al menos así se comprueba en el cuadro de Willian M. Harnett (1879) que da título a este capítulo, en las pinturas de la época revolucionaria de Jacques Louis David o en el caso de Cervantes, frente a la estética romántica de Baudelaire en Las flores del mal;

8) “Ha pasado el tiempo”, analiza el impacto que en su caso le produjo el poema autorreferencial de Cernuda, Birds in the night, recogido en Desolación de la quimera, donde narra las relaciones tormentosas entre Rimbaud y Verlaine. Sin embargo este poema se pone de ejemplo de otros casos semejantes de malditismo romántico que, ya fuera para bien o para mal, paradójicamente también terminaron influyendo en su propia concepción de la poesía de la experiencia, aunque sus planteamientos no fueran clasicistas;

9) “Dedicación a la poesía”, analiza su propia evolución poética a través especialmente de los distintos poemarios que ha publicado recientemente, especialmente El jardín extranjero (1983), Diario cómplice (1987), Las flores del frío (1991), Habitaciones separadas  (1994), Completamente viernes (1998), La intimidad de la serpiente (2003) y Vista cansada (2008).

Para concluir una reflexión crítica. Luis García Montero ha mantenido a lo largo de su trayectoria intelectual numerosas afinidades y distanciamientos respecto del Partido Comunista de España, identificándose especialmente con el proyecto político de regeneración educativa llevado a cabo por Negrín, tanto durante la segunda República, como después durante la guerra civil, como ahora se nos explica. Sin embargo como la mayoría de los poetas de su generación, García Montero no vivió ni la segunda República ni la guerra civil, aunque habría tenido una participación muy activa durante la transición política como militante de base, aunque sin tampoco llegar a ocupar ningún cargo relevante a nivel político. Siempre ha considerado que la práctica en soledad de sus aficiones y actitudes preferidas, como en su caso sucede con la actividad académica en la Universidad de Granada hasta llegar a catedrático, es el tipo de ejercicio más adecuado para hacerse presente en la vida colectiva. A este respecto también ha recibido el Premio Nacional de Literatura (1994) y el de la Crítica (2003), sin dejar de mantener un intenso dialogo y confrontación con las diversas tendencias ideológicas del momento, como ahora una vez más se comprueba.

Su actitud filosófica ante la política se podría asemejar con la autodefinición que Habermas dio de sí mismo, como defensor de un patriotismo republicano. La única novedad estribaría en que ahora se incorpora a este nueva forma de neocontractualismo social de izquierdas una peculiar forma de contrato pedagógico, que también debería tener en cuenta los “colmillos de las utopías” en la forma como suele ser habitual en estos casos. En este contexto, el Estado republicano no sólo se debería apropiar del exclusivo monopolio del ejercicio legítimo de la violencia, sino que también se debería proponer como el único titular efectivo de la impartición de la educación moral y cívica de todo un pueblo, con todos los riegos y peligros que una propuesta de este tipo trae consigo. Evidentemente no todos los defensores de un patriotismo republicano han llegado a extremos tan radicales, y de hecho Habermas terminó reconociendo en el debate que mantuvo al respecto con Benedicto XVI, que las éticas sustantivas de tipo identitario, incluso las que están basadas en motivos estrictamente religiosos o culturales, también pueden transformarse en aliados leales dentro del enfrentamiento generalizado que hoy día debe seguir manteniendo el humanismo ilustrado con la barbarie irracional, ya sean de tipo romántico,  totalitario o simplemente postmoderno, siempre que sean respetuosas con las reglas procedimentales fijadas por la democracia.

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