Cuidar y ser cuidado. La vejez en “Nebraska” de Alexander Payne

Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla.

Ficha técnica. Título original: Nebraska. Director: Alexander Payne.  Guión: Bob Nelson. Año: 2013. Duración: 115 minutos. Actores protagonistas: Will Forte, Bruce Demm, Bob Odenkirk, June Squibb.

Nebraska

No hay exceso de películas sobre la vejez. Es un tema que pareciera maldito o que hubiera que ocultar o, al menos, que dilatar hasta que a uno le toque: “vive intensamente, muere joven y harás un bonito cadáver”. Parecería que no fuera un problema social y es obvio que también hay que enfocar la configuración del sistema socio-cultural occidental desde el punto de vista de los ancianos. Tanto por lo menos como desde el de la infancia y la madurez y más aún que desde la perspectiva étnica o de género tan solo porque todas las razas y todos los géneros posibles –reales e imaginarios- han de llegar a viejos alguna vez. Es desde este sentido desde el que la película de Payne contribuye al debate contemporáneo exponiendo la vejez en una situación límite. A todos nos gustaría, cuando nos llegue, ser el bondadoso ancianito respetado y querido por todos y que a todos da buenos consejos que les sirvan de orientación en la vida. Pero la vejez real viene aquejada y perseguida por muchos fantasmas. No solo por los de la propia incapacidad y la falta de autonomía sino por los de las propias culpas, una hilera de culpas que acompañan el final de la existencia y que nos muestran de forma objetiva en qué medida nuestra vida ha tenido o ha dejado de tener sentido. La película de Payne muestra la vejez en su condición de fracaso humano: un viejo alcohólico que ha sido durante toda su vida un egoísta y que nunca se ha planteado ningún gran ideal, se empecina en realizar un viaje para cobrar un premio que todo el mundo sabe que es un timo. Es, por decirlo así, su última posibilidad de redención para cumplir los sueños que aún le quedan (tener una camioneta nueva y un compresor de aire) y dejar algo a sus hijos (a los que nunca ha querido en exceso ni de los que se ha preocupado en demasía). Si tuviéramos que expresarlo iniciando otro tema, la película muestra la última oportunidad de reconciliación que le queda a un ser humano para consigo mismo y con el resto del mundo. Y la experiencia del ser humano nos dice que en ocasiones eso se busca con desesperación y, a veces, contra las leyes de la misma lógica.

El anciano sabe que a ese viaje de locos nadie le querrá acompañar por lo que, en varias ocasiones, se escapa de casa y es devuelto a ella por requerimiento de su esposa a las autoridades. Pero le espera la sorpresa de que, al darse cuenta de lo importante que es para el viejo, su hijo menor decide ir con él para pasar un tiempo precioso, quizás el último, con su padre. Es decir, sencillamente… por amor. Y es que es verdad que, cuando los hijos crecen y hacen sus propias vidas, demasiadas veces olvidan la necesidad que los padres tienen de ser sostenidos por las manos que tantas veces los sostuvieron a ellos. Darse cuenta de eso es lo increíble que tiene la película: en un viaje hacia lo absurdo –da igual dónde se vaya- la familia se reencuentra en la tarea común de cuidarse unos a otros. Y he aquí uno de los grandes misterios de la existencia: la vida del hombre se lidia entre el cuidar y el ser cuidado y el grado de madurez se encuentra precisamente en saber cuándo uno está en la situación de tener que hacer una cosa u otra. En la película esa es una cuestión que acaba siendo asumida por todas las partes en su justa medida y, en consecuencia, puede decirse que el final implica la redención del viejo egoísta y, junto con él, la de toda su familia. Y parece que eso es verdad: la redención no es una redención del ser aislado sino que uno triunfa o fracasa existencialmente junto con los otros –muchos o pocos-que le rodean. Y es el triunfo del amor o el fracaso del odio, de la victoria de la comprensión o de la derrota de la indiferencia quizás revestida de un halo de justicia si llegara a pensar que ese viejo egoísta se merece todas las desgracias que le puedan pasar. También la libertad, en esos proyectos comunes a los que llamamos familia, es algo compartido que exige responsabilidades por parte de todos. Un buen uso de ella implica el cuidado de los demás. Quizás no hayamos reflexionado sobre ello en occidente de la manera deseable y, por ello, da la impresión en ocasiones de vivir entre un conjunto de átomos que se estorban los unos a los otros.

La película ha sido clasificada dentro del género dramático y de la amplísima categoría de “road movie”. Es una peculiar película de viajes en lo que lo de menos es el punto de llegada ya que cualquier ser mentalmente sano sabe que el final será una decepción. Lo importante en consecuencia, también para el espectador que sabe igualmente que el premio es un timo y no tiene que preocuparse de “ese” final, es el “mientras se llega” y las relaciones humanas que se establecen en él. Solo para quien no sabe eso, el premio y el dinero son más importantes que la persona misma del anciano: toda su familia lejana, todos sus supuestos amigos, los socios de años de trabajo compartido, solo ven en él una posible fuente de ganancia extra y se alegran con él por su suerte y le ríen las gracias de sus borracheras… con la esperanza –por las buenas o las malas- de que algo les toque. Pero, ¿y él?, ¿él por sí mismo? ¿No se ha esforzado toda la civilización humana por teorizar sobre la dignidad en sí del hombre como fin? Y la película nos muestra que reconocer los defectos de los otros y ayudarles a redimirlos en la medida en que todavía sea posible es el sentido real de la existencia humana por encima de lo que los seres humanos hayamos hecho de ella y sigamos haciendo de facto.

Así como alguna vez cuidamos de nuestros hijos y debimos cuidar de nuestros padres, también fuimos cuidados de pequeños y tendremos que ser cuidados de ancianos. El problema en la ancianidad es que la pérdida de energía y la conciencia de ser una carga son plenas y efectivas. Y eso a nadie la gusta. Asumir la propia decadencia es una buena medida del conocimiento propio que tiene un mérito indiscutible, pero también es la medida del amor a la humanidad, de entregarse en manos de la humanidad, que supuestamente debió ser el motor de la mayor parte de las acciones que hicimos. Y pido perdón por la ingenuidad que pueda suponer ese planteamiento. Es fácil hablar del niño caprichoso o del viejo demente que no es dócil a las indicaciones de sus cuidadores y que quieren hacer su santa voluntad. Pero la respuesta es que ahí no se está en condiciones de cuidar a otros ni tampoco de cuidar-se. El niño y el loco están tan “fuera de sí” que otros deben encargarse de su sí mismo. Están tan en contacto con la divinidad que otros deben ejercer de guardianes permanentes de su corporalidad y de sus necesidades de formación y de estimulación intelectual. Y los otros son los maduros, los que por tener conciencia del mundo deben bregar con él. Es el universo de aquellos a los que toca durante cierto tiempo cuidar.

Posiblemente el pensamiento de que la madurez consiste en saber cuándo cuidar y cuándo ser cuidado no esté a flor de piel en las sociedades contemporáneas occidentales porque en ellas está poco presente la intergeneracionalidad: la mayor parte del tiempo el niño está en unos sitios, los mayores en otros y los ancianos en otros  y sus lugares y tiempos de encuentro son difíciles de cruzar. Creo que cuando se habla de fomentar políticas que posibiliten  compatibilizar el trabajo y la familia se tendrían que tener unas miras más amplias que las habituales y que fueran dirigidas al fomento de la vida entre las generaciones. Sería una forma de engendrar respeto de todos por todos y de darse cuenta de que la sociedad la sacamos adelante entre todos, entre otras cosas porque la hacemos, como fin consciente y universal, para todos. Quizás algunos preferirían una sociedad clasificada por edades, pero se perderían muchos matices demasiado esenciales de la existencia si eso ocurriera así. Por supuesto eso no es motivo para apelar contra el buen cuidado profesional que deben recibir los ancianos en salud y los niños en educación, es una apelación a que los puntos de vistas de las diferentes edades –por múltiples motivos- ayudan a enfocar mejor los asuntos y a comprender mejor sus fines por graves y difíciles que parezcan. Y es que nada hay como la convivencia en la que se cuida y se es cuidado.

Algunos podrán suponer que el final de la película es demasiado suave para la tragedia existencial que se muestra a lo largo de ella. Y no creo que eso sea así, reconociendo que lo que no tiene es un final amargo. El final es el propio de la reconciliación que todo hombre debería tener al final de su vida y que, a pesar de ser consciente de haber hecho algunas o muchas cosas mal, la encuentra en el perdón y en el amor de los suyos. Todo ser humano debería tener esa oportunidad: la posibilidad de morir en paz. Y que quedara lo demás en manos de Dios, el Justo, el Misericordioso.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Ética

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