Pasada la media vida. Decadencia y amistad en “Barbacoa de amigos” de Eric Lavaine.

Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla.

Ficha técnica: Título original: Barbecue. Director: Eric Lavaine. Guión: Eric Lavaine y Héctor Cabello Reyes. Nacionalidad: Francia. Duración: 98 minutos. Estreno en España: 25 de Julio de 2014. Actores principales: Lambert Wilson, Franck Dubosc, Florence Foresti.

Barbacoa-de-amigos

A los amantes del “cine profundo” puede que la decisión de comentar esta película les resulte incomprensible. “Barbacoa de amigos” no oculta que es una comedia sin muchas pretensiones sobre la decadencia y la amistad. Pero por eso mismo me ha hecho pensar. Habiendo cumplido la cincuentena y rodeado de excelentes amigos que aguantan los evidentes defectos que padezco, me cuestiono: ¿quién puede afirmarte pasada la media vida sino los amigos que compartieron contigo los mejores (y los peores) momentos de tu existencia? Cuando decimos que el hogar se crea se afirma que las relaciones libres que establecemos son las que más persistencia tienen con el paso de los años y  las que más consuelo proporcionan a la hora de la verdad, es decir, cuando por lo general uno ya ha dado lo mejor de sí. La amistad es conocimiento derivado de observar al amigo en diferentes situaciones que nos sirven para comprenderlo. Cuando el tiempo pasado juntos es mucho se puede ir más allá de la apariencia, penetrar en el interior, acompañar, gozar y consolar, es decir, amar. Y el amor, al final, es lo único que se necesita. Asumir la decadencia rodeado de aquellos que te afirman puede resultar contradictorio porque: ¿cómo afirmar la decrepitud, no es eso algo a lo que nos debiéramos resistir y mantenernos en la lucha por la eterna juventud? Asumir la decadencia solo puede entenderse como un ejercicio dialéctico de memoria en la que el ser humano, criticando todo peterpanismo, es comprendido no por lo que es ahora sino por la historia que ha recorrido, por una biografía compartida en el ámbito público y, lo más normal, en el privado. Es comprender al ser humano en su esencia: como tiempo vivido o, sin más, como tiempo.

La película narra precisamente la historia de un grupo de amigos desde la época de estudiantes universitarios en el momento en que van cumpliendo cincuenta años y empieza a notarse ya físicamente el paso de la vida. Que Antoine, el protagonista, comience a necesitar gafas es buena muestra de ello. Y si, por lo menos, lo llevara bien. Pero se avergüenza de los síntomas de su ir ya cuesta abajo. Y Antoine se cuida: dieta sana, ejercicio, salud inquebrantable hasta la fecha, nada de excesos. Y todo para que como recompensa sufra un infarto que, médicamente, era imprevisible. Eso le cambia la vida en un sentido radical: Antoine deja de vivir para el futuro, es decir, para tener una vida interminable –objetivamente ya cada vez más corta- y decide vivir el presente, vivir de una vez la vida tal y como la siente en presencia. Eso no tiene por qué significar hacer locuras, Antoine de hecho deja de hacerlas aunque se permita algún exceso de vez en cuando. Lo que significa es un nuevo orden de prioridades: un nuevo orden al que se incorpora la flexibilidad.

¿Qué resulta importante a los cincuenta? Ya no lo es el triunfo en el trabajo, al menos en lo que se refiere al estatus al que se ha llegado y que, evidentemente, se quiere mantener. Pero la prioridad en el trabajo es ahora el hilar fino de cada operación, de cada entrega, de cada contrato buscando el encuentro personal en aquello que antes era impersonal. Ya no hay que hacer “curriculum”. Para los docentes, mi gremio, creo que se busca más el hecho de que cada clase sea una pequeña obra de arte, no en el sentido de que posea un contenido genial y una retórica perfecta, sino en el de que pueda ayudar de verdad a los alumnos concretos que nos escuchan a entender un poco mejor la complejidad del mundo que hemos recibido y que hemos ayudado a construir (o, a nuestro pesar, destruir). También es importante la estabilidad en el afecto. Es verdad que no se trata de apegarse a las canas porque uno se siente ya fuera del mercado, sino porque la seguridad de lo conocido te embarca en las aventuras precisas y en un mundo de detalles en el que los grandes tesoros ya han sido descubiertos. Es, cuando existiendo todavía algo de pasión, lo más importante es el gesto y la ternura. La madurez no busca sorpresas aunque, evidentemente, las puede encontrar por el camino. Nadie puede decir “todo está cumplido” hasta que sellan la losa de su sepulcro.

Pero ante todo se necesita autoestima para sobrellevar con garbo la carga del tiempo que aún queda. La autoestima de verdad, la que nace y brota por la sonrisa de la cara conocida que se alegra sinceramente de verte y no busca nada a cambio más que tu simple estar y compartir. Y viceversa. Un mundo de complicidades en el que la ironía es posible porque el doble sentido tiene su lugar donde el largo tiempo vivido es mucho y los implícitos se sobreentienden. Por eso la vieja amistad admite el humor, tanto que le es esencial como ejercicio de la inteligencia ya que encuentra sobrado material para ejercerla. Y conoces que en los momentos de crisis te echarán el capote salvador que te librará de cornadas mortíferas. Y el grupo admite la crítica sincera que es corrección y no ofensa mientras que no se admite de los demás-los extraños- cuando la enuncian como juicio objetivo que descalifica a la persona sin darle más oportunidades. La crítica sincera otorga la posibilidad de la rectificación y solo puede darse eficazmente entre amigos. Una crítica que sirve para mejorar y que no tiene el propósito de herir.

Es destacable cómo pasar tiempo juntos con los amigos se representa, en la película, generalmente, alrededor de una mesa. La comida como símbolo de la celebración de la vida. Y es que, a todas luces, la vida debería ser una fiesta. Otra cosa es que nos dejen o que el tiempo y las ocupaciones lo permitan. Pero pasada la media vida, con la jubilación en ciernes, lo normal es arrimarse a esas celebraciones y sencillamente… disfrutar de la compañía de los que quieres en el momento en el que el cuerpo también disfruta de los manjares. Y eso me hace recordar la frase de Platón en el Banquete (precisamente un banquete) en el que afirmaba que el amor es engendrar en la belleza según el cuerpo y según el alma: cuerpo y alma se dan unidos en la fiesta. Y pasada la media vida es hora de flexibilizar las rígidas costumbres de las que se quiere librar por la fuerza la juventud y, sencillamente, disfrutar por propio derecho de la belleza que hemos podido engendrar en nuestra vida. Y a eso lo acompaña el hecho de que se puede hacer sin prisa. Con ciertas edades la prisa es mala porque nos acerca al inexorable final. Por eso, sin obligaciones, con el deber cumplido, habiendo puesto ya todo de nuestra parte, es hora de celebración.

Lo anterior no quiere afirmar la falta de compromiso y el holgazaneo. Muchos hay que cuando les llega el tiempo de jubilarse se dedican a tareas solidarias y en esas actividades vuelcan la formación que han recibido y la experiencia que han acumulado. Y eso es laudable. Y no está reñido con ir contemplando ya el tiempo un poco desde fuera, sin tanta vorágine de llegar a no se sabe dónde, sin que te afecte tanta evaluación externa y que nos traiga al pairo el ideal de excelencia que Bolonia quiere imponernos a todos. Y eso sin dejar de buscar la excelencia de la que uno es capaz: pero desde la propia conciencia y no de la conciencia de otros según no sé qué diseñado por quién estándar administrativo. Pasada la media vida es tiempo de introspección, pero de una evaluación que debe evitar ser taciturna. Y para eso sirven los amigos y para eso sirve la mesa rodeada de ellos. ¿Hay algo mejor que los ratos de disfrute con ellos, algo mejor que una tertulia de amigos? Si el mundo fuera un lugar justo, la experiencia de compartir la vida en un ambiente de amistad sería posiblemente el fin al que aspirarían los seres humanos. Y pasada la media vida, cuando se tiene conciencia de ello, es hora de pasar el relevo y de que otros se ocupen de las cosas “importantes”. Eso significa asumir la propia decadencia: dejar el paso a otros para que nosotros podamos hacer lo que tantas ocupaciones nos impidieron hacer durante tantos años. Y eso no es otra cosa que disfrutar de la amistad. Pasada la media vida nos preguntamos por el sentido de la competición en la que se funda Occidente: unos contra otros. Y es el momento en el que se entiende que es mejor la cooperación, sumar fuerzas en lugar de desperdiciar tantas en lo innecesario. Y lo único necesario es fomentar las condiciones donde posibilitar el encuentro de los seres humanos. Pasada la media vida todavía estamos a tiempo de hacer cosas, pero con otro talante, buscando lo realmente importante. Posiblemente la barbacoa sea el símbolo de ese encuentro final al que deberíamos aspirar. A algunos una barbacoa les resultará poco elegante; pues que piensen en un encuentro en un lugar a su gusto y conforme a su condición. Yo, como en la película, me conformo con una barbacoa porque no es verdad -como Sartre afirmaba- que el infierno sean los otros: el infierno es la soledad y, generalmente, no se hace una barbacoa solo para uno.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Ética

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