Barrena, S.; Nubiola, J.; Charles S. Peirce (1839-1914): Un pensador para el siglo XXI, Eunsa, Pamplona, 2013, 367 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Sara Barrena y Jaime Nubiola defienden la creciente vigencia del pragmatismo a lo largo del presente siglo XXI, una vez que ha acabado siendo la filosofía claramente dominadora a lo largo del siglo XX. Su gran virtualidad habría consistido en su capacidad de camuflarse y de fagocitar al resto de lo cuatros grandes métodos heurísticos surgidos a comienzos del siglo XX, como fueron el análisis, la fenomenología, la hermenéutica o el propio estructuralismo. Además, habría tenido una indudable ventaja sobre el resto en lo que después serían los comienzos de la llamada postmodernidad, a saber: Su facilidad para intercambiar papeles, pudiendo presentarse indistintamente como representante de uno u otro método, según los intereses que en cada momento le muevan. De ahí su facilidad para presentase como una filosofía académica y a la vez mundana, cientifista y a la vez metafísica, analítica y a la vez sincrética, abductiva y a la vez inductiva, hipotética y a la vez experimental, americana y a la vez global o multicultural, como ahora se nos muestra en la parte I de Introducción.

Pero por encima de estos rasgos epocales un tanto paradójicos del pragmatismo peirceano, los autores resaltan su común aceptación por parte de las corrientes más diversas de la filosofía, desde las analíticas más estrictas hasta las hermenéuticas más abiertas a las distintas culturas. La razón de ello se debe al papel central que desempeñan en el pragmatismo tres temas muy concretos, a los que ahora se les dedican sendas partes de la monografía:

a) La abducción de hipótesis concebida como un método heurístico principal que a su vez permite aglutinar los correspondientes hábitos intelectuales sobre los que se fundamentan los otros cuatro métodos más específicos ya mencionados. Al menos así sucede con el optimismo con que la fenomenología afronta las sensaciones experimentales más imprevisibles, con el pormenorizado análisis con que la semiótica justifica unos signos lingüísticos en sí mismos inconmensurables, con la creciente creatividad hermenéutica demostrada por unos mundos narrativos de ficción meramente ilusionistas, con la ulterior inmersión hipotética en unas estructuras profundas del lenguaje en sí mismas inconscientes. En todos estos casos se otorga una prioridad al método abstracto, convencional, interpretativo o simplemente psicoanalítico, en la medida que todos ellos se pueden regular mediante el seguimiento de una máxima pragmática para dilucidar el significado;

b) La búsqueda de la verdad concebida como el ideal heurístico que regula las sucesivas configuraciones de la filosofía y de la propia ciencia, especialmente cuando adoptan una orientación pragmatista. Se justifica así la dependencia que el concepto de verdad pragmática mantiene respecto de otros conceptos posibles de verdad aún más básicos. Al menos así sucede  con la separación peirceana entre “prejuicios” e “ideas hechas”,  según acepten o no su posible posterior refutación mediante su ulterior confirmación o no en la propia experiencia.  Pero de igual modo ahora también se analiza el posterior debate entre pragmatismo y relativismo, que recientemente planteó R. Rorty respecto de las propuestas más tradicionales de C. S. Peirce. O el debate que originó Searle respecto de la pretendida infabilidad del presupuesto último de una comunidad de investigadores, tal y como en 1862 lo formuló Peirce, aunque al parecer posteriormente lo volvió a reformular en forma meramente hipotética.

c) Algunas claves metafísicas e históricas, analiza específicamente el “argumento olvidado” de la existencia de Dios, cien años después, cuando el pragmatismo parece haber dado de sí todo lo que cabía esperar. En este caso la existencia de Dios se justifica en virtud de la intrínseca interacción que existe entre todos los seres y representaciones, y que posteriormente podemos comprobar cuando se practica un ejercicio de libre asociación o “ratoneo” (“musement”) entre todas ellas. A partir de aquí surgirá una noción de complejidad sistémica que, como ocurre con el protoplasma de las células de los seres vivos, trata de reflejar simultáneamente la diversidad de funciones interactivas y la profunda unidad de objetivos existente en todo el conjunto y en cada una de las partes del Universo. Evidentemente el logicismo fue una forma posible de realizar este proyecto programático, aunque al final quedaría enormemente atemperado por la importancia que ahora se otorga al ulterior problema de la aplicación, así como a la indudable vaguedad con que son frecuencia se presentan la delimitación de los conceptos, conjuntos o clases. Pero algo similar también ocurre con las ulteriores relaciones históricas que se pueden establecer  entre Peirce y Wittgenstein, ya sea de una forma directa o a través del análisis lingüístico de lady Welby, Ogden, Russell o especialmente Ramsey. En cualquier caso se considera a Peirce y al segundo Wittgenstein como los dos padres fundadores de lo que hoy día en el mundo académico se entiende por filosofía analítica.

Para concluir una reflexión crítica: Sin duda Peirce seguirá desempeñando en el siglo XXI  un papel fundamental en el desarrollo de la filosofía analítica, comparable en gran parte con el desempeñado por Wittgenstein a lo largo del siglo XX, en la medida que acabe prevaleciendo en el análisis lingüístico una tendencia a recuperar sus más auténticos orígenes. De todos modos, ¿no resulta excesivamente simplificador reducir la presencia de Peirce a su influjo en Wittgenstein y a la totalidad de la filosofía analítica, cuando de hecho su influjo se ha terminado haciendo omnipresente en las cuatro corrientes metodológicas principales del siglo XX, sean o no analíticas, como ahora se ha explicado?

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Archivado bajo Historia de la filosofía contemporánea, Teoría del conocimiento

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