Competir o cooperar. “Dos días y una noche” de J.-P. y L. Dardenne

Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla

Dos-dias-una-noche

Ficha técnica. Título original: Deux jours, une nuit. Nacionalidad: Bélgica, Francia, Italia. Duración: 95 minutos. Guión y dirección: Jean-Pierre y Luc Dardenne. Actores protagonistas: Marion Cotillard (Sandra), Fabrizio Rongione (Manu). Estreno en España: 24 de Octubre de 2014.

Que la naturaleza social de los seres humanos les llevara a dividirse el trabajo forma parte de una consideración filosófica cabal acerca del hombre. Que esa división les condujera a desarrollar sociedades hipercomplejas donde la condición para el progreso sea la especialización forma parte entrañable –aunque no necesaria- de ese mismo proceso. Que ha sido la competencia el valor que ha movido la creación de riqueza en Occidente es también un dato histórico. Ninguna de esas verdades se puede cuestionar. Lo que quiero plantear es si a esos datos consistentes se les debe añadir otros datos éticos que hagan deseable un cambio de valores: ¿es una sociedad consumista de “mileuristas” el mayor logro social de la civilización humana? Y que esos mileuristas, que no llegan a fin de mes sino a costa de muchos sacrificios, no hagan más que competir los unos contra los otros, ¿constituye una sociedad digna de encomio? Con este tema se puede hacer demagogia barata y no es mi intención hacerla. Tan solo quiero señalar el hecho hiriente de que nuestra sociedad consiste en millones de átomos solitarios –o de pequeñas moléculas familiares- que se unen a estructuras impersonales con el único propósito de sobrevivir todo lo que puedan. Y quiero concluir que una vida así no merece la pena, al menos si es lo máximo que cabe esperar de ella. Tenemos vidas privadas llenas de sacrificios de unos por otros, vidas donde se fomenta la cooperación y el esfuerzo, donde las familias son escuela de virtudes. Y vidas públicas donde toda compasión sobra y solo vale la ley del rey de la selva. ¿Qué ocurriría si los valores privados se trasladaran a lo público? ¿Qué ocurriría si la cooperación sustituyera a la competencia? Pensarlo sería un interesante experimento y ver esta película ayuda a ello.

Sandra es una enferma depresiva que lleva tiempo de baja. Cuando se va a incorporar de nuevo al trabajo se encuentra con que sus compañeros, obedeciendo órdenes de los jefes, tienen que votar entre cobrar una prima de mil euros o el despido para Sandra. La empresa no puede afrontar los dos gastos. Sandra tiene un fin de semana para hablar con sus compañeros y convencerles de que voten por ella porque necesita desesperadamente el dinero del salario. Al tratar de convencerlos se encuentra con realidades sociales difíciles que hacen muy complejo que la decisión pueda ser tomada en conciencia y no mirando las propias dificultades financieras de cada familia.

La tesitura de la película nos muestra a una protagonista enferma del mal de nuestra época: la depresión. La cuestión es que en un sistema de competencia donde pocos pueden triunfar, la mayoría está condenada al fracaso. Y eso engendra falta de autoestima, autodesprecio y autoagresión psíquica. Lo milagroso es que no esté todo el mundo –salvo los triunfadores- tomando pastillas (¿o sí lo está?). Por ello, Sandra no es un caso aislado sino una buena representante de las clases medias trabajadoras. Es el arquetipo de ciudadano fracasado y perdedor que ponen como heroína los guionistas y directores de la película. Y aún así, apoyada por su marido, no quiere hacer una revolución que le cae muy lejos: lo que quiere es sacar adelante a los suyos. Se quiere mantener dentro del sistema productivo, pero no a toda costa, no haciendo daño o con efectos colaterales. Sandra, a pesar de su enfermedad, conserva la conciencia de una dignidad fundada en el valor de que se sale adelante por el mérito del trabajo y no poniendo zancadillas ni medrando a costa de otros.

En su ronda de encuentros con todos sus compañeros de empresa surgen argumentos de distinto tipo, pero la situación es idéntica: todos tienen dificultades financieras y todos comprenden la situación de Sandra. El dilema está servido: satisfacer la necesidad propia o hacer un sacrificio altruista. Pero aún siendo una difícil opción: ¿tendríamos realmente libertad para optar por una cosa u otra? Si la hubiera quizás merecería la pena el sistema de las necesidades en el que nos inscribimos ya que por lo menos nos haría personas de criterio. El problema es que los valores de la competencia convierten el autosacrificio en algo muy difícil. Si se compite es siempre para tener más, para crecer económicamente: en lujos, comodidades y prestigios. Y es muy difícil dejar algo de eso por otra persona. No me refiero a dar alguna limosna, me refiero a hacer alguna negación importante por otro de forma altruista. Cada uno se esfuerza por trabajar para ganar y se nos educa en que cada servicio tiene su precio. ¿Se puede cambiar la lógica de ese sistema? Mi argumento es que la competencia no deja suficiente holgura a la conciencia para que tome libremente la decisión sino que la sesga hacia la satisfacción material propia. Solo los que salen del poder del ganar, apelando a Dios o a la moral o a la amistad, pueden ejercer la elección responsable de mirar el rostro del otro y ver sus necesidades.

Lo importante de la película, no desvelaré su final, es la lucha de la protagonista y el apoyo de su marido para salir adelante. Por ello hace un guiño a la esperanza que deja buen sabor final de boca. Quizás en un futuro, con una buena educación en valores, nuestra sociedad cambie la competencia por la cooperación. Cooperar no es beneficencia, no es dar a todos por igual sin valorar la calidad del trabajo, no es el reino de los aprovechados. Cooperar es integrar al que se ha quedado fuera y darle una oportunidad. Es triunfar entre todos y que todos puedan contribuir con las cualidades y formación que tengan al gran conjunto de la sociedad humana.

No sé si la solución, como he dicho, será una cuestión de educación, que es donde acaba todo planteamiento bien pensante que plantea utopías irrealizables por definición. Pero yo he visto cambiar mentalidades –por ejemplo, referidas al nacionalismo- por haber educado durante treinta o cuarenta años a una población entera –desde infantil- en unas ideas fijas. ¿Por qué entonces no será posible cambiar estos valores en la organización productiva? La respuesta del resignado es, perdón por tan solo nombrarlo, que a los poderosos no les interesa. Y quizás tengan también razón, pero no me parece un argumento suficientemente “poderoso” si a ellos se opone una mayoría importante. A casi nadie le gusta ver el sufrimiento ajeno, existe hoy en día mucha conciencia de solidaridad, mucho deseo de hacer el bien. Quizás falte un poco de organización entre todos los movimientos sociales y un poco más de educado descaro para afirmar delante de todos que otro mundo es posible. Se habla mucho de que la ilustración ha sido superada y personalmente me inclino por afirmar que nunca se ha alcanzado. Y sería conveniente que siguiéramos erre que erre buscando ese propósito. Sería útil para el cambio de valores que la cultura no siguiera siendo algo superfluo y ornamental. Creo que la auténtica revolución vendrá por las ideas, cuando podamos decir que la mayoría de los ciudadanos están preparados  para un debate de altura. Y ese día llegará: la sociedad del conocimiento nos está empujando a ello. Del analfabetismo real hemos pasado en un siglo al analfabetismo funcional; quizás en otro siglo se pase a la superación de todo analfabetismo en absoluto y se llegue a una visión democrática de la cultura en el sentido de que todos puedan por su formación apreciarla y contribuir a ella. Sandra se va llenando de fuerza a medida que la película avanza porque sabe que está luchando por algo importante, no meramente circunstancial y por salvar su situación concreta. Un ideal, que personalmente me llena de fuerza, es llevar la cultura a la gente para que la gente, una vez despierta, pueda decir: basta del triunfo de unos pocos, es el momento de triunfar todos juntos.

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