Construyendo el hogar. El viaje interior de “Tren de noche a Lisboa” de Bille August.

foto-tren-de-noche-a-lisboa-2-665Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla

Ficha técnica. Titulo: Tren de noche a Lisboa. Título original: Night train to Lisbon. Año 2013. Alemania. Duración 111 minutos. Dirección Bille August. Actores protagonistas: Jeremy Irons, Martina Gedeck, Jack Huston y Mélanie Laurent. Guión adaptado de la novela del mismo título de Pascal Mercier (Aleph, 2008).

Exitus-reditus. Salida-retorno. El viaje, uno de los motivos comunes de muchas narraciones, presenta en la película  Tren de noche a Lisboa una estructura particular que la convierte en especialmente recomendable: muestra un mayor ajuste a la realidad social contemporánea que las historias que habitualmente adoptan esa forma de contar las cosas. Epopeyas como La Odisea o El Señor de los Anillos tratan sobre héroes o antihéroes ajustados a su entorno de realidad, una realidad bien construida a la que se desea volver. Y es por la vuelta por la que se superan terribles obstáculos. Los protagonistas tienen que ser engañados o forzados a abandonar “el nido” y frecuentemente se quejan de que están fuera de su lugar natural. Podría decirse que el viaje supone una transformación interior muy a su pesar y que los esfuerzos, como en el caso de Ulises, se invierten más en el volver que en el ir.

El problema es que, hoy en día, debido a la movilidad geográfica y a la deslocalización del espacio que significa la web, no hay lugar natural en el que se nace y muere y, en vez de personajes ajustados a sus raíces, vivimos en sociedades insatisfechas y desarraigadas en las que nos sentimos como engranajes de una máquina más o menos chirriante pero suficientemente engrasada como para dejar que nadie se escape del sistema.El viaje se plantea, más bien, como una necesidad de reencuentro con lo más esencial de uno mismo. No se está en el hogar sino que hay que construirlo.El hogar no está en un “aquí” determinado sino que tiene que ser creado en cualquier “allí”. La película de August empieza con la vida nada satisfactoria del profesor Raimond Gregorius. Gregorius imparte clases de lenguas clásicas en un colegio suizo y lleva una existencia que, posiblemente, muchos desearían para sí ya que tiene casa, trabajo, salud y goza del reconocimiento de sus colegas y alumnos por la profesionalidad y entrega que tiene en sus labores docentes. Tiene la desventaja de haber sufrido una ruptura matrimonial que le ha marcado y que le hace vivir de una forma un tanto despreocupada, en el sentido literal de no tener que ocuparse afectivamente de nadie. Pero pese a su aparente normalidad, o precisamente por ella, está vacío y triste, todo lo contrario de lo que se siente cuando se está en casa. Gregorius no tiene hogar porque le parece que su vida es anodina, que le ha faltado la aventura que justifica el reposo en la casa construida con esfuerzo. Es un hombre inquieto sometido a unas rutinas que no llenan su vida. Gregorius, en resumen, quisiera ser protagonista de algo extraordinario que justificara su existencia. Y lo fuera de lo común le llega al salvar del suicidio a una chica portuguesa que a la postre huirá dejando tras de sí un libro y un billete de tren para Lisboa.

Gregorius marcha hacia Lisboa sin pensarlo, no hay nadie que lo empuje a la aventura porque poco hay que lo retenga en su vida ordinaria. Incluso sin equipaje, simbólicamente desnudo, tal era su necesidad de cambio, marcha a tomar un tren que quizás suponga la única oportunidad de redención de su existencia. Marcha hacia el misterio, marcha hacia lo asombroso. Es en la capital portuguesa donde investiga y descubre la figura de Amadeo de Prado, el autor del libro, médico y miembro de la resistencia a la dictadura de Salazar. Y lo descubre como aquel que vivió una vida con la que él hubiera soñado: una vida comprometida y llena de sentido.

Investigar sobre Amadeo le cambia la existencia y reconstruye su historia con pasión a pesar de las dificultades que encuentra. La búsqueda, el viaje interior, le enfrenta con diversos personajes con los que irá estableciendo lazos que le van transformando su corazón de hombre solitario. Una vez que descubre el secreto de la vida y de la muerte de Amadeo, antes de volver a Suiza, una petición le llega de parte de una mujer a la que empieza a amar: ¿por qué no permanecer en Lisboa?, ¿por qué no hacer de Lisboa su hogar? Hacer de ese “allí” su más radical “aquí”. Y con esa pregunta se llega al final; tiene que dar una respuesta que, por coherencia con la trama, se adivina positiva. El viaje interior le ha cambiado y lo ha abierto a la esperanza, le ha dado sentido para continuar. Ha calmado su inquietud y ha encontrado la paz. Y eso es realmente estar en casa. Ha hallado un lugar en su viaje, un lugar que no es retorno a uno físico, que puede estar en cualquier “allí”, pero que es reencuentro –reditus– con lo más fundamental de uno mismo.

El viaje de Gregorius es una buena metáfora de la existencia humana porque el hogar no es un lugar físico, eso en todo caso lo será la casa de ladrillos en la que vivimos. El hogar se construye teniendo un proyecto expreso de realización del propio ser y cuidando y dejándose cuidar y sabiendo cuándo hacer lo uno o lo otro en cada momento. Y hasta entonces, remedando a S. Agustín, nuestro corazón estará inquieto buscando, como Gregorius, un reposo que no llega. Si hay algo que criticar de la historia es el afán del protagonista por lo extraordinario. En nuestras sociedades rutinarias es difícil que algo extraordinario ocurra y lo corriente es el metal del que están hechos nuestros días. Pero comprendo al profesor, porque posiblemente nunca haya experimentado la libertad tanto como cuando tomó el tren hacia Lisboa. Quizás toda su vida fue seguir el carril marcado por otros sin adoptar la decisión de elegirse a sí mismo. Y es fácil, con la conciencia acallada, pensar que la libertad no existe… aunque las ansias de libertad nos hagan morir de insomnio. El primer paso para el hogar es el ejercicio libre del compromiso, que es lo que Gregorius descubrió en Amadeo. Y eso tan fácil le hizo asumir su condición de ser capaz de construir realidades, de crear algo nuevo; en eso consiste el espíritu humano y por eso se mide su grandeza: por su capacidad de sobrepasar o, mejor, de trascender, de ir siempre más allá. Eso no está ligado necesariamente a un lugar sino a una actitud. Y realmente tampoco lo está a lo extraordinario. El hogar se construye de tal manera que unos se sienten en él en cualquier parte donde estén y otros no lo sienten nunca aunque permanezcan atados a una tierra la mayor parte de sus días. Exitus-reditus, la aventura es salir de un sí mismo vacío y volver a un sí mismo pleno de sentido. Y si en el camino hemos encontrado algunos buenos amigos que nos acompañen, miel sobre hojuelas. El hogar está en cualquier parte donde esté lo que amamos.

La película no ha tenido excesiva buena crítica porque concentrar en menos de dos horas una novela de casi seiscientas páginas no es tarea fácil. De ahí sus defectos. Pero el elenco de actores, especialmente Irons, realiza su labor de forma portentosa. Y, en cualquier caso, la historia de un hombre corriente que acaba encontrándose a sí mismo es, cuando está suficientemente bien dirigida y August es un excelente director, un tema apasionante para el ser humano de hoy porque interpela a nuestra propia conciencia y hace que nos identifiquemos con él. Gregorius representa el misterio del hombre corriente, un hombre que puede que no sea famoso pero que en ningún caso es –como los medios de comunicación gustan llamarlo- un ciudadano “anónimo”. Hacia ese hombre corriente deben ir dirigidos los esfuerzos de la comprensión contemporánea, para que no sucumba en la masa, para que se sepa digno, reconocido y valorado en su individualidad. Esa es la condición de posibilidad de iniciar un camino propio y compartido que consiga que todos tomemos nuestro tren hacia Lisboa.

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