D’Ors, Pablo; El olvido de sí. Una aventura cristiana, Pre-textos, Valencia, 2013, 394 pp.

  

por Carlos Ortiz de Landázuri

El olvido de sí. Una aventura cristiana, es una novela de Pablo D’Ors que sorprende por la multitud de posibles lecturas autobiográficas, filosóficas, teológicas, metaliterarias de las que es susceptible. En primer lugar es una narración en primera persona de la aventura cristiana acaecida al Vizconde de Foucauld, que acabaría siendo más conocido como el Beato Charles de Foucauld (1858-1916). Se lleva a cabo a este respecto un análisis pormenorizado de un itinerario espiritual muy preciso plagado de avatares civiles y religiosos a través de un monólogo ininterrumpido, haciendo un alarde preciosista de disección histórica poco habitual, siguiendo a su vez la estructura clásica autodescriptiva de la “Bildungroman” centroeuropea. Primero se describe su periodo de formación militar, como Vizconde, para pasar después a describir sus andanzas ya como misionero ermitaño difusor de la espiritualidad del desierto por el Norte de Africa, para pasar después a Tierra Santa; y, finalmente, en los alrededores de los montes Atlas, donde conviviría durante largos años con las tribus Tuareg, asimilándose de un modo asombroso a su vida y costumbres, hasta el punto de haber sido el primero en dar noticia acerca de su peculiar forma de lenguaje nativo. De todos modos la novela desde sus inicios pretende transcender la mera narración de la vida ejemplar de un camino de santidad, para transformarse sin mojigaterías en una narración en primera persona de la paradoja del autor con la que tropieza casi sin advertirlo el escritor literario cuando pretende dejar que cada personaje se exprese por sí mismos, a pesar de tener que apropiarse de sus vidas dándoles un sentido narrativo nuevo superpuesto al que inicialmente tenían desde un punto meramente biográfico en una concreta situación histórica. En este sentido El olvido de sí, es probablemente la obra donde Pablo d’Ors ha conseguido formular de forma más explícita un paradójico programa literario de narración novelística que ya con anterioridad había tratado de materializar en varias publicaciones, pero que ahora ha alcanzado una especial madurez al enfrentarse directamente a la resolución de dicha paradoja.

El rasgo común en sus obras anteriores había sido recurrir a diversas metáforas literarias para tratar de poner de manifiesto la singular relación que cada uno de los respectivos personajes mantienen a su vez con su autor literario, en la medida que tanto los personajes, como el narrador en primera persona, como los sucesivos metanarradores en tercera persona, o incluso los propios interlocutores de la susodicha narración, anteponen otra relación más básica y fundamental que a su vez mantienen con el propio autor fundamental de la vida, es decir, Dios, consiguiendo así un efecto narrativo verdaderamente maravilloso a lo largo de todo este proceso. Para conseguir este efecto artístico tan peculiar es necesario que todos los posibles agentes intelectuales afectados compartan un común olvido de sí para anteponer en su lugar aquella visión efectivamente total de su auténtico significado, sin ver en este proceso ningún tipo de autoenajenación o perdida de la razón, sino de ganancia de los más propio de uno mismo. De todos modos la consecución de este resultado metaliterario exige practicar una sistemática renuncia de los diversos artificios artísticos particulares habitualmente utilizados para dar satisfacción a los intereses literarios de alguno de los intervinientes en este proceso, teniendo que ir directamente al centro nuclear del proceso mediante la práctica de un sistemático “olvido de sí”, sin irse por las ramas.

A este respecto El olvido de sí pretende hacer más explícito el propósito último de algunas anteriores publicaciones de Pablo d’Ors, que anteriormente nunca había terminado de hacer explícito. Por ejemplo, El Guardián del museo, trató de describir la práctica rutinaria tan habitual del hombre cultivado espiritualmente que con frecuencia guarda un tesoro que sin remedio le supera, ya se le denomine arte, cultura o religión, sin acabar de apreciar el enorme débito heredado que mantiene con este tipo de legado en sí mismo intangible, teniéndose que conformar con ejercer de mero transmisor anónimo de una determinada tradición. Por su parte, Andanzas del impresor Zöllinger, o Estupor y maravilla, constituyen dos fábulas morales metaéticas, donde se narra la posible aparición de lo milagroso, lo extraordinario, lo artístico, lo genial, lo divino, lo religioso, a través de la narración de la vida cotidiana más prosaica y vulgar, con sólo cumplir una condición previa: describir con la mayor parsimonia y lentitud posible los movimientos rutinarios de la vida profesional y social, sabiendo describir allí el reverberar de lo divino, sin atribuirse uno a sí mismo falsos méritos.

Lecciones de ilusión, por su parte, narra la actitud de cinco personajes reunidos en un pabellón sanitario de enfermos crónicos que a su vez ejemplifican el enigma de un mundo contemporáneo postmoderno, que es incapaz de transformar en virtuoso este círculo vicioso que ahora se genera entre las ilusiones narrativas y la específica locura particular de la que adolecen cada uno de los participantes en este tipo de procesos artísticos cuando cada uno antepone sus propios intereses meramente psicológicos a la pretensión metafísica de alcanzar una efectiva narración de carácter total. Especialmente cuando se comprueba que las pretensiones narrativas de cada uno de los diversos personajes generan un mundo cada vez más fragmentado, solipsista, relativista, superficial y nihilista, en la medida que se ha vuelto más obsesivamente egocéntrico. Se  olvida así en todos estos casos la única estrategia que permitiría reportar una auténtica solución a sus problemas, invirtiendo el sentido final de estos efectos narrativos, a saber: servirse del método comparativo a fin de localizar aquella peculiar narrativa literaria que a su vez les podría permitir invertir aquella peculiar interrelación que dentro de cada personaje se establece entre la ilusión y la locura, sin renunciar a la pretensión metafísica de lograr una narración auténticamente verdadera de carácter en sí misma total, paro sin confiar solamente en el paso del tiempo que al final todo lo cura. De todos modos Lecciones de ilusión se conforma con contraponen estas diversas versiones de los distintos personajes en su búsqueda particular de un autor, o de una narración efectivamente total, cuando ya sólo le queda el tener que reconocer su fracaso a la hora de tratar de enmarcarlos en un proyecto metaliterario común.

Finalmente, en la obra que no ocupa, El olvido de sí, se da un paso más, como ya antes se había indicado; es decir, se trata de explicar aquel artificio metaliterario fundamental que en aquellas obras anteriores habría hecho posible resolver las efectivas locuras y paradojas metaliterarias de cada personaje, aunque fuera de un modo fragmentario. En este sentido ahora Charles Foucauld se transforma en el vehículo del que se sirve Pablo d’Ors para explicarnos las complejas relaciones que el autor literario o metaliterario, mantiene a su vez con sus diversos personajes, a la hora de resolver los habituales estados de locura, de desadaptación o de falsa ilusión, que con frecuencia genera el sentirse sujeto creador y a la vez pasivo o receptor de la propia narrativa literaria. Especialmente cuando se tiene que reconocer su fracaso a la hora de pretender divulgar la narración de un acontecimiento maravilloso de una forma total para el mayor público posible, cuando simultáneamente el metanarrador se tiene que conformar con una mera descripción en sí misma fragmentaria en competencia con otras similares con pretensiones igualmente válidas, debiendo de practicar un sistemático olvido de sí respecto del protagonismo que inicialmente buscaba, si verdaderamente quiere ser coherente consigo mismo. De todos modos ahora se trata de poner de manifiesto la vida de uno de los grandes místicos del siglo XX, iniciador de la nueva “espiritualidad del desierto”, como es el caso del beato Charles de Foucoult, al que ahora sin embargo se le atribuye un papel muy singular, a saber: el haber sido uno de los mayores locos literarios cuya vida habría sido el resultado de haber hecho una lectura atenta y de una posterior imitación y seguimiento de la vida de Cristo desde la ‘espiritualidad del desierto’, sin poner ningún freno u objeción a este ulterior posterior proceso de creciente autoenajenación o de olvido de sí, a fin de que sea Cristo el personaje principal de este proceso narrativo o más bien metanarrativo, de progresivo vaciamiento de uno mismo.

En este sentido, a través de una descripción minuciosa en primera persona de la vida y virtudes de Charles de Foucauld, Pablo d’Ors se propone llevar a cabo una descripción lo más verosímil posible del acontecimiento maravilloso del descubrimiento del artificio básico que permite a su modo de ver lograr una narración total efectiva, en la forma como habría ocurrido por primera vez a un personaje histórico absolutamente insospechado, en unas circunstancias muy concretas. En este sentido las pretensiones metanarrativas con que se aborda la vida de Charles de Foucauld obliga a Pablo d’Ors a adoptar desde un principio un lenguaje en primera persona haciendo que se produzca una identificación progresiva del autor con el personaje autobiografiado, sin por ello dar lugar a una creciente tergiversación o incluso a una manifiesta impostura en la correspondiente narrativa literaria. En su lugar más bien el recurso a la primera persona se vuelve un modo eficaz de conseguir una narración cada vez más veraz y verosímil de ciertos ámbitos de la personalidad que hubieran sido inaccesibles para el uso habitual del método histórico. Se logra así  que tanto el personaje principal, como el narrador o los hipotéticos lectores se olviden de sí mismos, prescindiendo incluso de los habituales artificios artísticos encaminados a lograr determinados efectos narrativos de éxito seguro, anteponiendo el logro de un fin principal aún más alto, a saber: delimitar cada vez con mayor precisión el centro mismo de la relación que en su caso particular cada personaje histórico mantiene con lo más nuclear de sí mismo y de los demás, al modo como ahora exige el logro de una efectiva narración total, una vez que cada uno ha hecho efectivo el olvido de sí, es decir, Dios.

En este sentido el monólogo interior sobre el que está montada la narración se va despojando sucesivamente de aquellos artificios artísticos de los que habitualmente se sirve la Bildungroman para lograr su cometido, quedando reducidos a los más elementales y simples, como son la estricta relación personal y directa del hombre consigo mismo y a su vez con Dios. Precisamente el momento de mayor clímax de la novela se alcanza cuando Charles de Foucauld en una situación de máximo aislamiento  y enajenación en el desierto trata de lograr un creciente olvido de sí, en unas circunstancias muy adversas donde ya incluso se le hace imposible celebrar misa, o de tener la reserva del santísimo, aparentemente queda totalmente a merced del mundo hostil que le rodea, sin poder aplicar ningún mecanismo de autodefensa. Sin embargo es entonces cuando logra que sus relaciones personales con Dios se antepongan a las de él consigo mismo, produciéndose entonces el acontecimiento maravilloso que constituye el centro de toda la trama de la novela, a saber: alcanzar un correcto entendimiento de la función de la Eucaristía, o más bien del sagrario vacío, como aquel ámbito posible donde todavía podría llevarse a cabo una comunicación personal con el mejor interlocutor entre todos los posibles, con tal de recurrir a un mecanismo narrativo un tanto insospechado, a saber: anticipar de la futura presencia real de Jesucristo en la Eucaristía en el marco de aquel sagrario todavía vacío, como forma de acceder a una nueva forma de narración total donde se deberían involucrar todos los posibles factores que influyen este tipo de procesos, invirtiendo el sentido “autoenajedado” que hasta entonces tenían, para darles otro completamente novedoso y creativo. Hasta el punto que para Foucauld, como ahora también para Pablo d’Ors, la narración literaria solo adquiere el auténtico sentido de alcanzar una verdad total cuando a su vez fomenta un efectivo sometimiento al juicio último que ahora aporta su posible conmensuración con  el olvido de sí que conlleva la presencia eucarística. De todos modos ahora también se hace notar como habitualmente el narrador se debe conformar con preparar las condiciones narrativas para que llegue a ocurrir aquel acontecimiento maravilloso, como sucede en el sagrario vacío, teniendo que añadirse otro tipo de condiciones ulteriores para que el artificio literario consiga realizar la efectiva presencia real que ahora se busca.

En cualquier caso la metáfora del sagrario vacío se convierte para Foucauldt en el lugar preferente donde confluyen todos los posibles metarrelatos literarios de la memoria histórica de la humanidad, y de cada uno de sus personajes históricos en particular, así como de cada una de las narrativas, incluida esta misma. A este respecto la narrativa literaria trataría de hacer presente de forma artística lo que en la Eucaristía se pretende alcanzar de un modo real, en la media que promete la futura realización efectiva de aquel artificio literario en el conjunto de los hipotéticos destinatarios, en la media que su eficacia es ex opere operato, con independencia de las disposiciones del destinatario. La literatura por si sola no puede garantizar el acontecimiento maravilloso de la narración total en cuando tal, y de la correspondiente presencia real efectiva, ni siquiera en el supuesto de practicar un sistemático olvido de sí. Sin embargo la literatura puede al menos preparar las condiciones para que éste acontecimiento maravilloso efectivamente tenga lugar, como de algún modo sucede con la metáfora del sagrario vacío. Se hace necesaria la aceptación de la mayor de las locuras narrativas, como sucede con la pretensión eucarística de hacer presente a Jesucristo en un simple espacio vacío, para que de este modo se alcance una justificación de las innumerables locuras, paradojas o falsas ilusiones que con frecuencia han fomentado los artificios narrativos literarios a lo largo de la historia, cuando no se ponen al servicio de un fin más alto. En este sentido, la Eucaristía aparece como el autentico mediador necesario de la literatura universal de todos los tiempos, en la medida que señala el artificio universal del que se sirve Dios para hacer presente la dramática que a su vez constituye al mundo y a la propia narración literaria. La narrativa literaria no llega a tener pretensiones tan altas, pero al menos trata de imitarlas.

Precisamente cuando se llega a este primer plano estrictamente religioso se captan otras posibles lecturas de la novela. En este sentido Pablo d’Ors proyecta sobre el personaje  principal diversos problemas contemporáneos, a saber: la función meramente instrumental de una cultura mundana que siempre debe ponerse al servicio de un fin más alto, sino quiere verse envuelta en un proceso progresivo de degeneración cada vez más aberrante; la necesidad de formar el propio carácter, puliendo sus defectos y superando las falsas egolatrías que con tanta frecuencia se hacen presentes en las personas, sabiendo anteponer a los demás sobre uno mismo; la importancia de la autodisciplina y de la ascesis personal en los procesos de formación personal orientados a un creciente olvido de sí; la prioridad otorgada a la caridad y a la benevolencia recíproca por tratarse de la estrategia específicamente cristiana a la hora de abordar los conflictos entre pueblos y culturas; el lugar de la evangelización en los procesos de inmersión intercultural de los que tan necesitados se ve el mundo contemporáneo; el papel desempeñado por el “otro”, por el “prójimo”, por el “extranjero”, precisamente para hacer recapacitar sobre las frecuentes imposturas que se proyectan sobre los demás; el desierto como metáfora de un mundo cada vez más engreído de sí mismo y alejado de Dios, en la medida que se cree más autosuficiente, al que sin embargo hay que redimir mediante el ejercicio de un sistemático olvido de sí; la función específica de la llamada al apartamiento del mundo concebida como un testimonio permanente del papel tan singular desempeñado por la vocación religiosa de ermitaño en la resolución por parte de la Iglesia de los graves problemas que hoy día vive un mundo cada vez más engreído que se ha vuelto cada vez más hostil a los auténticos valores salvadores; el papel concreto que Charles de Foucould desempeñó, a través de sus múltiples andanzas y a pesar de la aparente esterilidad de sus esfuerzos, en la inicial evangelización y posterior elaboración y difusión de la primera gramática y diccionario del tuareg al francés, haciendo un claro ejercicio de ayuda desinteresada al necesitado, unido a un profundo olvido de sí.

En conclusión: El olvido de sí narra el proceso de vaciamiento mediante el que Charles Foucault llegó a alcanzar un proceso místico de progresivo acercamiento a Dios a través de un creciente olvido de sí, marcando a su vez el procedimiento narrativo básico que debería seguir el autor literario para lograr que sus propios personajes novelescos se reconozcan a sí mismos, sobreponiéndose a las interferencias inevitables que entre otras ejerce la mediación del autor. En todos estos casos el autor literario trata de imitar el artificio narrativo básico usado por Dios para permanecer permanentemente presente ante la humanidad a través Jesucristo , así como a través de la Eucaristía, y a través en menor medida de la metáfora del sagrario vacío. Es decir, a través de una narración en primera persona, junto a la práctica de un continuo olvido de sí, Pablo d’Ors consigue que el lector de la novela se identifique con la vida y virtudes de Charles de Foucauld, mediante un ejercicio narrativo que es a su vez un ejemplo de buen hacer metaliterario y de identificación personal con el personaje novelado.

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Archivado bajo Filosofía de la religión, Novela

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