García-Baró, M., Sentir y pensar la vida. Ensayos de fenomenología y filosofía española, Trotta, Madrid, 2012. 221 pp. ISBN.: 978-84-9879-248-5.

por Juan J. Padial

No resulta sorprendente confirmar la maestría con que Miguel García-Baró se aplica a la fenomenología. Quizá sí lo sea su atención a la filosofía española. Pero todo pensar nace situado, y es propio de la madurez y del espíritu volver a casa. Es propio del espíritu porque éste se define por su reflexividad, por volver a sí mismo con una vuelta completa. Y esto implica volver después de haber salido, de haber conocido mucho. Se vuelve en la madurez. Y por ello, el que vuelve, siendo el mismo que salió, no es ya lo mismo. En el caso de nuestro autor, su largo viaje por la fenomenología, por la filosofía antigua y por algunos de los autores más granados de la contemporánea, hace que volver a sus orígenes sea, simultáneamente, un acto de reconocimiento y de crítica. Un acto de arraigo que al depender de la reflexión se ha aclarado, ha discernido los veneros por los que continúan llegando nutrientes de aquellas otras vetas que descienden de fuentes entre tanto desecas y agotadas.

Más que un libro sobre filosofía española contemporánea, es un libro en el que García-Baró filosofa con Unamuno, Ortega y Zubiri. Y filosofar con ellos es inseparable de sentar las diferencias. Se trata de un diálogo, no es una mera exposición. Pero una conversación filosófica es inseparable de la discusión, del discernimiento de las posturas que confluyen. En tanto que diálogo tiene como presupuesto el reconocimiento y la altura del otro con quien se conferencia.

Desde la propia posición y el propio derrotero especulativo aparecen algunas tesis de nuestros grandes maestros españoles del siglo XX insuficientes o descaminadas. Así, García-Baró detectará la deriva hermenéutica de Ortega y Gasset por la que la realidad radical, en un primer momento de la especulación orteguiana, la vida de cada quien, pasa a ser a la historia. Vuelve García-Baró a casa, pero no sin descubrir y mostrar la etiología de “la peculiar fenomenología antifenomenológica de los filósofos madrileños” (p. 174) discípulos de Ortega y Zubiri. Antifenomenología que ha marcado profundamente los derroteros de la filosofía española en el siglo XX, y que tiene su origen en una comprensión maciza y homogénea de Husserl. Un Husserl en el que la evolución de las Investigaciones lógicas a las Ideas no es tenida en cuenta. Respecto a Unamuno el parlamento y las diferencias surgen respecto a la caracterización del humano “anhelo integral”. Se trata de un punto nuclear porque el modo como se entienda tal ansia y deseo repercute en la comprensión de la vida y del propio ser humano.

Así pues se trata de una obra con innegable valor filosófico. Hay que añadir una nueva virtud, y es la historiográfica. No siendo propiamente una obra expositiva de la filosofía española contemporánea, sin embargo aborda dos aspectos pocos conocidos de la obra de Unamuno, Ortega y Zubiri: sus comienzos filosóficos y su relación con la fenomenología. Y lo realiza con erudición, con conocimientos dilatados sobre las primeras obras de cada uno de estos filósofos, y de lo mejor de la tradición fenomenológica. Estas páginas pasan revista a los primeros ensayos de Ortega, las primeras obras de Unamuno, o la tesina y la tesis doctoral de Zubiri. Al bascular sobre la fenomenología el libro atiende tanto al Ortega pre-fenomenológico como a su descubrimiento de la fenomenología, y el poderoso influjo que arroja sobre Zubiri. De suyo, esta perspectiva sobre la filosofía española bastaría para hacer de Sentir y pensar la vida un libro inexcusable para quien quiera adentrarse en el pensamiento español contemporáneo.

Pero no es una obra cuyo valor estribe exclusiva o predominantemente en lo historiográfico. Su mayor virtud es temática. El objeto de estudio nuclear de García-Baró en este libro es la intersección entre la filosofía española de comienzos del siglo XX y la fenomenología. Pero lo que puede tomarse por un mero enfoque pronto se torna en un importante hallazgo. Efectivamente, la madurez y la voz propia de Ortega aparecen en su encuentro con la fenomenología. En ello además radica el influjo de Ortega sobre Zubiri. De aquí que no se trate meramente de un estudio especializado sobre la recepción de la fenomenología en la primerísima filosofía del siglo pasado. Se trata de una auténtica clave de arco para comprender los sistemas maduros de Ortega y de Zubiri, así como de las derivas de los mismos, y de la filosofía ulterior en España.

Mas como García-Baró atiende a los comienzos filosóficos de estos autores, y reconstruye la acogida por parte de ellos de la fenomenología, ha de perseguir un centro del filosofar en los comienzos de Ortega en el que el descubrimiento de la fenomenología traiga madurez y originalidad a su pensar. Tal centro de gravedad en el primer Ortega estriba en la relación con Unamuno. Una relación no sencilla, y no exenta de contradicciones según el momento y la obra que se examine. Los dos autores persiguen el mismo propósito regeneracionista. Pero lo hacen desde diversas perspectivas y utillaje filosófico. Unamuno desde Hegel y de su interpretación de la casta como intermedia entre el pueblo y la nación. Ortega desde Nietzsche y los ideales pedagógicos y de reforma que encuentra en el neokantismo de Cohen y Nartop. Ideales por los que concibe cierta síntesis entre liberalismo y socialismo, entre la regeneración de la universidad española, de la ciencia y la cultura, y por la que se encuentra a sí mismo en la ciencia como deber.

La conflictiva relación entre Unamuno y Ortega alcanzará su momento de mayor tensión en el descubrimiento orteguiano de la fenomenología. Descubrimiento que es inseparable de la separación entre la vida como objeto del filosofar de Unamuno, y mi vida como drama y sistema por parte de Ortega. Drama que se desarrolla en el encuentro con la circunstancia, y que exige la respuesta racional de un argumento coherente. Pero pronto aparece en Ortega la sustitución de la fenomenología por la hermenéutica, el trueque del conocer por el pensar interpretativo de la circunstancia.

Estos son algunos de los elementos más valiosos del historiar que García-Baró lleva a cabo en este libro. Pero como es un libro en el que el filosofar se ensaya y se ejerce al hilo del exponer, me gustaría subrayar un elemento de indudable enjundia en el pensar de García-Baró, y es su rehabilitación de la intersubjetividad. Este es el tema clave en la discusión con la fraternidad Unamuniana y con la deriva hermenéutica de Ortega. A Ortega, García-Baró le critica que no es lo prioritario mi pensar respecto de la circunstancia. Son otros brazos ajenos, no el propio pensamiento el que asiste al recién nacido en su advenimiento al mundo, ejemplificado en el bosque de la Herrería del Escorial. Las reflexiones de Unamuno sobre la hermandad y el anhelo integral abren un monumental capítulo del libro. Monumental tanto por sus dimensiones como por el adentrarse de la discusión en los últimos confines de la reflexión metafísica. Allí, al Dios productor de la inmortalidad de Unamuno, García-Baró opone un Dios origen de la vida, del sentido y acompañante en la muerte. Son páginas de especial belleza y profundidad, que recomiendo vivamente al lector avezado del sentido trágico de la existencia.

Para terminar tan sólo querría llamar la atención sobre una de las virtudes formales que más he apreciado en este libro. Está escrito con rigor, casi diríase que con la severidad del historiador erudito y del fenomenológo ortodoxo, pero este rigor no es rigidez ni inflexibilidad, ni tiesura. El estilo literario de García-Baró conjuga la precisión y el rigor como actitud intelectual con la amabilidad de un castellano pulcro y cuidado.

Resulta innegable el buen hacer de la editorial Trotta. Buen hacer que se ve recompensado por la edición de títulos como este que reseño.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Fenomenología, Filosofía española, Historia de la filosofía contemporánea

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