Inciarte, Fernando, La imaginación trascendental en la vida, en el arte y el la filosofía, Eunsa, Pamplona 2012, 188 pp.

Por Miguel Martí Sánchez, Departamento de Filosofía, Universidad de Navarra

mmarti.1@alumni.unav.es

Fernando Inciarte ha sido uno de los grandes intelectuales españoles del siglo XX. Sus campos de reflexión van desde la metafísica a la teoría del arte, sin dejar de lado el campo de la ética y de la ciencia política. Desarrolló su actividad afincado en Alemania, donde entre otros cargos fue Decano y Catedrático de la Universidad de Muenster. En los últimos años han aparecido algunos de sus inéditos -traducidos desde el alemán- de la mano de varias personas que le conocieron o trabajaron con él, como son Alejandro Llano o Lourdes Flamarique.

El libro que quiero presentar aquí fue publicado hace un par de años (2012). Las páginas de La imaginación trascendental en la vida, el arte y en la filosofía rebosan pensamiento y en algunos casos, por cierto, buena literatura. Escrito alrededor de los años 60 aborda un problema siempre perenne en filosofía: el de la relación de finito e infinito, estudiado en concreto en el ámbito de la filosofía y literatura romántica e idealista del siglo XVIII. A lo largo de sus páginas desfilan las ideas de personajes como Schiller, Fichte, Hölderlin o Hegel. Lo interesante de este enfoque, aunque podrían darse otros muchos, es el esfuerzo de Inciarte por ir derecho al grano. Dicho brevemente su tesis es que cabe deshacer el nudo gordiano de esta dialéctica entre finito e infinito y no hacerlo more hegeliano.

El libro es una monografía pero en cierto sentido inacabada. Muchos capítulos podrían quizá alargarse, hacerlos más “académicos”, pero el núcleo del problema -su ya difícil enunciación y exposición- aparece con todo rigor y profundidad. Como es sabido el período romántico-idealista fue una vuelta al entusiasmo y apasionamiento por el saber. De tal manera que tornó radicales las preguntas y las respuestas, como si la vida dependiese de ello y con plena confianza en la potencia especulativa de la razón. Esa atmósfera idealista y romántica impregna también los conceptos y argumentos de esta obra. Lo que otorga al libro todavía más interés y también algo de ingenuidad, o más bien de inocencia y juventud, pues se entrega todo o casi todo a las posibilidades del pensar, rasgo característico de todo idealismo.

Según Inciarte y con él en general el idealismo trascendental, la dialéctica de los conceptos de infinito y finito atraviesa toda la vida humana y sus manifestaciones más altas como el arte o la filosofía. De hecho existe una tendencia en estas actividades a lograr la perfecta unión o síntesis entre ambos conceptos; y de hacerlo a partir del ejercicio perfecto de tales actividades. Tal es por ejemplo, el modo de entender al genio en el romanticismo, a saber: aquel que supera su propia finitud de tal modo que convive con el infinito. No obstante, argumenta Inciarte, uno de los problemas inherentes a este planteamiento es que acaba por dejar fuera de juego a la finitud. Si cabe un simbiosis perfecta, sin residuo, entre finito e infinito, no queda más que sólo infinito. Desde el punto de vista del sujeto finito que busca o tiende a la infinitud esto significaría la destrucción de su autonomía.

Esto se debe, opina Inciarte, a que la autonomía de lo finito cuando se quiere elevar hasta su más radical separación y elevación cae paradójicamente en la más pura heteronomía, la de la infinitud a la que aspira. No obstante si de antemano renuncia sin más al intento de hacerse infinita tal subjetividad (finita) se agota en su misma finitud y apaga esa tendencia que le es tan íntima. Como escapatoria a este dilema Inciarte llama la atención sobre el concepto de determinabilidad, como punto intermedio -no localizable espacial ni temporalmente- en el que uno debe quedarse para no autodestruirse de ninguna de esas dos formas. Más aún dice Inciarte tal determinabilidad es la expresión conceptual e incluso existencial consecuencia de la imaginación trascendental.

Inciarte no lleva a cabo aquí un estudio pormenorizado de esta facultad a la que dedicó una disertación: Fichte. Además se trata de un concepto que, como suele ocurrir con los muchos conceptos fundamentales, ha tenido varias versiones a lo largo de la historia. Inciarte parece seguir sobre todo el planteamiento de Fichte y Schiller. Ve en ellos un acercamiento moderado al problema. Lo cual les lleva a librarse de excesos, como los de un planteamiento que defendiese la tesis de llevar a la unión definitiva lo finito o la finitud y lo infinito o la infinitud. No se aborda aquí el tema de la imaginación como facultad empírica, es decir, en lo que pueda tener de conexión con el substrato orgánico, cerebral. Más bien se comprende la imaginación como punto de contacto entre el espíritu y la naturaleza, o en palabras de Inciarte: en cuanto que “constituye la condición de posibilidad de la unión de la sensibilidad con la inteligencia” (p. 27). Por lo tanto, lugar paradigmático de encuentro de la finitud y la infinitud. Además, añade el filósofo español, por esto mismo no es simplemente una facultad cognoscitiva o intelectual sino también engarce de la dimensión moral (moralität) humana con la vida corriente o cotidiana del ser humano.

Según Inciarte, y de nuevo sigue aquí sobre todo a Schiller y a Kant, la esfera de la moralidad es la ratio cognoscendi de la libertad humana, y por tanto, si se me permite hablar así, su esencia. Ahora bien ninguna acción humana, ni siquiera las más altas, dan como resultado el cumplimiento de los fines a los que llama la moral. Y sin embargo, forma parte de esta dimensión el convertirse en fin absoluto, que mediante su logro otorga al ser humano una autonomía real (por ejemplo, respecto de la naturaleza como fuente de inclinaciones). Nos encontramos otra vez con una paradoja: sin moral no cabe autonomía pero la realización completa del ideal moral parece que se encuentra siempre por encima de las posibilidades humanas. ¿Qué cabe hacer entonces con ella? Por un lado no cabe renunciar a ella, sin ella, como se ha observado, no hay libertad, pero al mismo tiempo, por otro lado aceptarla en todas sus consecuencias nos subsume bajo la heteronomía. Y con ello aparece el siguiente dilema, a saber: o bien aceptar la heteronomía y negar la posibilidad de una autonomía real, o bien declarar perfectamente asequible esa posibilidad para un sujeto finito.  Ahora bien con esta última opción volveríamos al problema de la disolución de la finitud.

Según Hegel es posible superar la heteronomía de la moralidad y alcanzar la síntesis de ambas esferas, y en cualquier caso la dicotomía entre autonomía y heteronomía. No entra Inciarte en detalles de la concepción hegeliana, le interesa sólo mostrar por cuál de los lados del dilema se decanta el germano. En cambio la propuesta del filósofo español pasa por denunciar lo ilusorio del dilema. Según el cual habríamos o bien de renunciar a la autonomía, o bien aspirar a que esta sea absoluta. El mismo hecho de la existencia de la imaginación trascendental es una pista del modo en que el hombre conjuga y debe conjugar autonomía y heteronomía. Ser verdaderamente autónomo significa, primero advertir la heteronomía a la que estoy unido -yo no he puesto mi ser yo (por ejemplo, mi ser sujeto moral), sino que siempre me precedo- y segundo, al mismo tiempo reconocer mi autonomía como ser cognoscente al que esto se le hace evidente. Y por consiguiente vivir en esa tensión por la cual, a pesar de saber que lo infinito siempre será inalcanzable, es decir, aunque se me obliga a renunciar a una total autonomía, y con ese conocimiento a cuestas, no cejar en el empeño por tornarme infinito.

Sucede algo así como una salida de la “minoría de edad” que se cree autónoma. Que tiene como fruto caer en la cuenta de la radical heteronomía en la que vivo. En ese momento se desata una tendencia al infinito heterónomo, que me ofrecería una verdadera autonomía. Pero todavía falta otra “reflexión” que en este caso se haga cargo de que ese infinito no es alcanzable por mí -sujeto finito- en cuanto tal. Aquel que no lleva a cabo este último giro se lanza a una vida de producción -ya sea intelectual o moral- incansable con el fin de hacer presente la infinitud en sus obras. Sin embargo en ese mismo instante pierde cualquier posibilidad de tratar o conectar con el infinito real, lo trascendente, el Otro. Porque la genuina advertencia de la heteronomía nota al mismo tiempo su distancia insalvable. De modo que el logro que se llama autonomía absoluta no es una posibilidad del hombre, sino más bien la condición del que convive entre finitud e infinitud, entre autonomía y heteronomía. Es la imaginación trascendental la que se encarga de colocarnos y mantenernos en ese “entre”, por el cual sabemos que es posible evitar a la misma determinabilidad.

Ejemplos de este vivir, o mejor convivir, “entre” finito e infinito son el arte y la filosofía. En cuanto que actividades más alta de la espiritualidad humana, el arte y la filosofía, sirven como piedra de toque de la misma esencia de la vida humana en general. En cuanto que actividades o manifestaciones que preguntan por el sentido de la vida, esa búsqueda no les pertenece en cuanto que manifestaciones -por ejemplo ser una técnica- sino en cuanto que humanas. Ser racional (intelectual) y ser libre (moral) son las manifestaciones más propiamente humanas, y en esto consiste tanto su ser autónomo como su ser finito y su tendencia al infinito. Esto significa, a su vez, que podría darse el caso -como ocurrió en buena parte del romanticismo alemán del siglo XVIII- que se considerara que el sentido de la vida sólo puede lograrse a través del ejercicio de estas manifestaciones. De ahí que algunos optasen por afirmar que la filosofía debía ser absoluta para cumplir su vocación y denunciar que el arte, por otro lado, debía dejar paso a ese saber absoluto.

Para Inciarte el error más profundo de la solución de Hegel al tema de la finitud y la infinitud es que consideró posible la asunción de la finitud en la infinitud. Y en segundo lugar obligaba a la filosofía (expresión más alta de finitud) a convertirse en saber absoluto (para eliminar la distancia). En cambio admitido que lo propio del sujeto humano es vivir entre la finitud y la infinitud se hace justicia a ambos contrarios. La infinitud que habita en el ser finito llamado hombre lo hace sólo como tendencia. Pero si esa tendencia es previa a cualquier decisión posible (es determinabilidad) entonces no está ahí para ser satisfecha sino vivida.

De ahí -concluye Inciarte- el regalo de la existencia, del arte y de la filosofía. Reconocer tanto el don de la autonomía (mi ser me precede -también en cuanto yo-), como también la exclusividad de aquella heteronomía que me ha “puesto” (lo Otro). Por consiguiente no es necesaria la (auto)realización en la vida de la completa autonomía mediante la subsunción de lo infinito en lo finito. Sino vivir la gratuidad de la existencia en su misma posibilidad de ‘no haber sido’, y lo mismo en el caso del arte y de la filosofía. A las que además les está reservada la capacidad de hacer patente esta gratuidad, mediante su ejercicio tan inútil como necesario. “El auténtico arte -escribe Inciarte- ensancha la capacidad del hombre para decidirse a la acción moral absoluta como la ontología ensancha la capacidad de la mente mediante la imaginación trascendental para recibir las verdades de la metafísica y de la fe” (p. 184-5); porque con ella el hombre descubre su verdadera vocación: asombrarse de la posibilidad de su existencia y actuar en consecuencia.

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Archivado bajo Estética, Filosofía española, Metafísica

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