La nostalgia del hogar. “Viajo sola” de Maria Sole Tognazzi

Por Sonsoles Peñacoba

Año: 2013; País: Italia; Dirección: Maria Sole Tognazzi; Intérpretes: Margherita Buy, Stefano Accorsi, Lesley Manville, Diletta Gradia,Fabrizia Sacchi, Fausto Maria Sciarappa, Carola Signore, Gianmarco Tognazzi; Guión: Maria Sole Tognazzi, Ivan Cotroneo, Francesca Marciano; Música: Gabriele Roberto; Fotografía: Arnaldo Catinari; Distribuye en cine: Caramel Films; Distribuye en DVD: Cameo

Viajo-sola

Sinopsis oficial

Soltera, guapa y en la cuarentena, Irene está entregada a su trabajo de inspectora de hoteles de lujo. Disfruta de los mayores placeres y los resorts más impecables, pero siempre sola y de incógnito.

Cuando su mejor amigo y ex-pareja Andrea, que siempre ha sido una fuente de apoyo emocional, deja de estar disponible, Irene comenzará a replantearse si su éxito profesional la ha alejado de sus deseos más personales. Es entonces cuando tomará la decisión de comenzar un viaje hacia su propia vida.

Crítica

En un difícil equilibrio entre la comedia romántica y el drama, Maria Sole Tognazzi  (1971,  hija del actor  y director  Ugo Tognazzi, nominada al David de Donatello para la mejor Director novel)  en su tercer filme Viajo Sola plantea, sin profundizar demasiado ni decantarse por una posición clara, el tema de la soledad en la sociedad contemporánea. Lo  hace de una forma agradable, sin estridencias ni las exageraciones propias de una comedia. Te hace verla con una media sonrisa  compatible con la reflexión.   N  presenta esa soledad como un “problema”, ni utiliza tintes dramáticos o de denuncia social. No hay ningún personaje marginal, rechazado por determinados grupos; ni aislado y sin relaciones debido a posibles rarezas,  excentricidades o problemas mentales, no. La protagonista, magníficamente interpretada por Marguerita Buy, ganadora de un premio a la mejor carrera en 2011 y a la mejor actriz protagonista en los Donatello de varios años, es una mujer elegante, sofisticada, con mucho prestigio en su trabajo, que realiza con gran meticulosidad y rigor. Parece disfrutar de una desahogada posición económica, tiene buenas relaciones con su hermana y sobrinas; y tiene mejores relaciones aún con su ex pareja. Entre ellos no se da ni la mínima tensión sexual ni de ningún otro tipo, sino una confianza  total, más propia del reducido grupo de los amigos más íntimos o de un matrimonio asentado en el que existe una gran complicidad, donde los silencios no son incómodos ni hace falta “estar” de una determinada manera,  ni importan las pequeñas desavenencias. Es más, se podría decir que Irene encarna el prototipo de mujer reivindicado por feministas, cuya existencia se considera un logro social (conseguido gracias a ellas). Ella ha elegido ese tipo de vida que lleva, esa independencia y autonomía total. Para colmo, el trabajo que tiene, ese viajar continuamente por todo el universo mundo -alojándose en hoteles de lujo, no en hostales modestos como un vulgar viajante-  se asocia, en el imaginario común de muchos mortales, con el sueño más acariciado  si fueran agraciados por un golpe de fortuna. El viajar, el conocer mundo y, para tantísimas mujeres normales y corrientes, el descansar de esa obligación tediosa de pensar qué comemos hoy y que le pongan todo por delante, huir de la rutina, se considera el no va más de los deseos. Irene está, sobre todo, liberada de las cargas del hogar y de los sinsabores del matrimonio, la monotonía y lo prosaico  que tiene que soportar su hermana, prototipo de cierta  ama de casa. El contraste entre sus vidas es enfatizado aún más por la directora por el contraste del carácter de ambas. Irene es una perfeccionista, amante de lo bello y lo bueno, mientras que su hermana resulta un poco desastre, desmemoriada y desbordada por sus tareas como madre y esposa. Quizá peque la Tognazzi de demasiado simplista al presentar con clichés el dilema real de tantas mujeres a la hora de elegir entre una carrera profesional y el formar una familia,  pero ese no es el tema central de la película. Y además, lo burdo del contraste es sólo en la apariencia. Hay muchos matices.

El papel que representa su hermana, ama de casa y madre de familia, está lejos de una imagen idealizada; sin embargo, creo que hay algo que nos hace pensar en ella como un ser más feliz, con una vida más plena que la de Irene. La vida de esta tampoco se nos presenta como  envidiable. Contribuye a ello el tono apagado, frío, que muestra la fotografía de los lugares que visita. No es apetecible tener que pasar tanto tiempo fuera del hogar, aunque nos rodeen toda clase de comodidades. Es lo que expresa tan sucinta como certeramente esa frase  popular, si no pronunciada, sí experimentada por muchos, aun después de un viaje placentero: Como en casa de uno…. Y esa es la cuestión. Irene no tiene un hogar. Las brevísimas escenas en que aparece el sitio que podría ser su casa contrastan fuertemente con la casa de su hermana o incluso la de Andrea. Es un sitio frío, casi vacío, que carece sobre todo de alma,  más que de muebles. No es al lugar al que uno esté deseando llegar después de la jornada de trabajo o de una estancia más o menos larga fuera de él. Sin embargo, parece que le cuesta irse de casa de su amigo. Entonces, ¿qué es lo que constituye un hogar? ¿Cuál es ese elemento esencial que lo hace tan distinto de un sitio donde simplemente se puede vivir? ¿Es una sola cosa o un conjunto de ellas? ¿Es  algo material o inmaterial?  Es difícil de expresar, pero casi todo el mundo lo sabe, en el sentido de conocerlo experimentalmente. En castellano la palabra hogar tiene un uso mucho más restringido que lo que sería el equivalente en inglés (home frente a house=”casa”). Utilizamos casa o derivados de esa palabra (¡qué reclamo publicitario resulta el adjetivo “casero!”) en mucho casos en que los angloparlantes utilizan home, pero a nadie se le escapa que el sentido en que la utilizamos varía cuando digo me voy a casa a me he comprado una casa. ¿Es la casa una construcción, un tipo de edificio, y un hogar es el conjunto de personas que lo forman, unidos por relaciones familiares? ¿Entonces una persona soltera y que viva sola no puede tener un hogar? Yo creo que sí.  La expresión inglesa homeward bound -título de una deliciosa canción de Simon & Garfunkel, que se podría traducir por camino a casa – curiosamente está formada por el adjetivo bound que significa atado, unido por unos lazos; es como si efectivamente en el hogar nuestro hubiera algo que nos ata, pero en el sentido más bien de atracción fuerte, como si fuera el lugar al que pertenecemos y del que nos sentimos parte inseparable. Y es que en un verdadero hogar  los objetos materiales y las personas que lo habitan forman parte de mi biografía, de mi ser. Es el terreno donde mi intimidad se despliega y la siento protegida, donde soy más libre, aunque los señuelos de la publicidad nos presenten los viajes como una liberación de los estrechos límites de la casa propia. Los muebles de mi casa podrán ser más baratos o estar en peor estado que los de un hotel, pero son mis muebles, mis pertenencias. Es un detalle sin importancia pero sugerente. Cuando la protagonista se lleva un fin de semana a sus sobrinas a un destino muy atrayente, hacen planes muy entretenidos, pero en la habitación del hotel, cosa muy propia de los niños, lían una buena, extendiendo el  papel higiénico y agua y espuma por todo el baño. Su tía les riñe enérgicamente y, por la noche, la pequeña se pone a gimotear preguntando cuánto queda para volver a casa. No creo que su madre les dejara montar esa zapatiesta en casa pero…. no es lo mismo. Chesterton, en varios artículos sobre el matrimonio y la familia, políticamente incorrectos como le corresponde al gran polemista y recogidos en un libro titulado El amor o la fuerza del sino, argumenta que, en contra de lo que muchas veces se dice o se piensa, el propio hogar es el sitio donde más libre se siente uno.

No hay que desdeñar las subtramas. Con dos o tres pinceladas, la historia de Andrea deja claro que las relaciones sexuales y el ser padre biológico no es un asunto trivial. El cambio que se da en la chica, que en principio  pretende utilizarlo sólo para quedarse deliberadamente embarazada y prescindir luego de él, es significativo también de ese prototipo de mujer liberada actual, que en vez de ser víctima sexual de muchos hombres, los utiliza. Y el caso  de la famosa conferenciante sobre la liberación e igualdad de la mujer que conoce en el hotel de Berlín (la genial Lesley Manville) también es muy interesante y mueve a la reflexión (al espectador y a la protagonista).

Pero, definitivamente, lo que uno siente a través de Irene, a pesar de que ella ha elegido la vida que lleva, es la nostalgia del hogar.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Ética

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