Las luces y las sombras. Sobre el cine y la estética de Terrence Malick.

the_tree_of_life_frenchPor Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla

Estoy profundamente impresionado por las dos últimas películas de Malick: El árbol de la vida y To the wonder. Ciertamente apuntaba ya maneras en La delgada línea roja, pero en sus dos últimas obras ha acuñado una estética propia que muchos cinéfilos aplaudimos con entusiasmo. Pero esa misma estética abre también grandes disensos entre otros muchos cinéfilos que la conciben como una concesión al subjetivismo intercalada de bellas imágenes que distraen de la trama principal. A mi parecer las discusiones sobre el cine de Malick ponen el dedo en la llaga sobre qué debe ser el cine y cuáles deben ser los límites de la expresión cinematográfica. Habrá quien diga que el cine es un arte y que solo está limitado por el genio del artista (y de quien quiera financiarle su expresión). Por otro lado habrá quien afirme que la misión del cine es contar historias y todo lo que sea separarse de ello es caer en sensiblerías que no merecen el nombre de película. Comprendo ambas posiciones y admito que cada una tiene razón en su propio ámbito. Pero el propósito de este escrito no es establecer condescendencias, sino decir, sin tapujos, que las historias que cuenta Malick y la forma en la que lo hace son la manera en que transcurre la vida habitual de los seres humanos.

Las películas de Malick están llenas de comentarios interiores. ¿Quién negaría que eso es así habitualmente? La mayoría de nuestros pensamientos no son expresados en verbos sonoros como sucede en la mayoría de los filmes. En  ese sentido las películas “realistas” son poco reales porque no dejan trascender a ojos del espectador el mundo interior de los personajes. Que por una vez intentemos meternos en el interior de los sujetos es un ejercicio fuerte de sinceridad que descubre el personaje en su verdadera esencia. Hace falta hacer eso, especialmente si no hay un  narrador omnisciente y objetivo que señale con el dedo al bueno y al malo. Vivimos en los gestos y en los comentarios y de retales tenemos que construir todo un entramado. No está mal que a veces se nos enseñen los trozos y que rompamos la falsa “conciencia de continuidad” que nos crea el cine convencional.

Las películas de Malick expresan los dolores y los gozos tal y como son vividos por personajes en primera persona y, además, en toda la fuerza de su evolución: desde el inicio del acontecimiento hasta la tragedia o la reconciliación final. En este sentido están presentes las luces y las sombras de la vida cotidiana de los seres humanos en todos los instantes de su transcurso. Y eso es profundamente humano: todos hemos sentido el zarpazo de la muerte y hemos tenido nuestra historia de amor, todos hemos dado una respuesta a la pregunta sobre Dios y hemos optado por el servicio más o menos expreso, o más menos oculto a los demás, tanto en el ámbito familiar como en el social. Especialmente me llama la atención el tratamiento del sacerdote católico en To the wonder. He escuchado sobre él todo tipo de opiniones: un nuevo San Manuel Bueno o un hombre de fe sincera que se refugia en la acción social para acallar su obscuridad personal. A mí, sin embargo, me parece que retrata de forma especialmente atrevida la situación de todo creyente. La fe se tiene  en la noche oscura y se mantiene dentro de la obscuridad. A veces la fe es querer creer, especialmente cuando exige una entrega radical o en situaciones de especial dolor: quien diga que la religión se inventó para consolar no ha entendido nada de la religión. Ante la muerte el creyente debe llorar la pérdida y solo consuela una esperanza de la resurrección que no te quita ni un ápice de dolor. Al creyente se le plantea la pregunta por el sentido de su propia fe y eso es vivencia del creyente real y no de la ficción de lo que “debería” ser un creyente según algunos dañinos planteamientos espiritualistas que conciben que la luz de la fe borra la obscuridad del alma.

Malick juega con imágenes bellísimas, que no son fruto del esteticismo sino que tienen un doble sentido: subrayar aquello que nos atrae del mundo y que nos hace volver la mirada hacia las cosas, especialmente hacia el espectáculo asombroso de la naturaleza (la niebla, la flor, el verde del jardín). Y sobre todo conferir un sentido objetivo a aquello que sin darnos cuenta estamos creando: el tapiz, el hermoso tapiz, del que subjetivamente solo vemos su parte de atrás. En esos dos sentidos Malick juega con la fotografía. Tengo un amigo al que admiro mucho que dice que cuando de una película se destaca sobre todo su fotografía o la actuación estelar de algún protagonista es que cojea mucho en otros aspectos. Y eso, que es verdad de muchas películas, aquí no funciona. La fotografía es un mérito porque se consigue, a través de la imagen bella, despertar una sensibilidad que hace conectar con las vivencias de los personajes. La imagen no es fin en sí mismo sino medio para comprender el alma del personaje, para ponernos en su horizonte: nos lleva de la mano del sentimiento, que despierta empatía con lo que están sintiendo otros.

Y, por último, las películas de Malick, sin ahorrar contingencias y dudas, están abiertas a la luz. Admiten una lectura claramente trascendente o, al menos, no están ideológicamente sesgadas hacia el sin sentido, hacia la vida como un acontecer falto de esperanza. No hay revelaciones de lo alto, pero la posibilidad de Dios ante el sin sentido y la situación dramática es una puerta abierta, muy abierta. De esta forma conecta con la forma de ver la vida de muchos a los que no se nos aparecen los ángeles ni tenemos sueños premonitorios; pero que hemos experimentado subjetivamente muchas veces que la posibilidad de que todo este entramado tenga algún sentido no es una fantasía supersticiosa que tenga que ser prohibida. Es una forma de ver las cosas de muchos que debe ser respetada y, aún, transmitida.

Esas son mis razones, expresadas de forma desnuda y sin ningún tipo de erudición, para decir que Malick no hace películas raras sino que reflejan la vida de la conciencia de los seres humanos tal y como realmente se da. Quizás debamos deconstruir la imagen que tenemos de nuestra propia conciencia, hecha a la manera de la novela o la película clásica -que tiene inicio, nudo y desenlace-, para conectar con la conciencia tal y como de hecho la expresamos. Creo que Malick ha hecho ese esfuerzo y le ha salido bien y que, por ello, es un autor que será clave en la historia de la cinematografía.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Crítica cultural, Filosofía de la religión

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