Llano, A., Caminos de la filosofía, Eunsa: colección Astrolabio filosofía, Pamplona, 2011, 404 pp. 2ª edición 2012.

Por Juan J. Padial

La vida académica, intelectual y pensante de Alejandro Llano no dejan de suscitar interés. Se han publicado ya dos volúmenes de sus memorias, que han alcanzado gran difusión, y no menor expectación ha creado este libro-entrevista en el que se examina su devenir filosófico. En unos meses se han realizado dos ediciones de estos Caminos de la filosofía. Caminos, en plural. Porque hablan de las rutas por las que transita habitualmente este filósofo, y que hollaron sus maestros, él mismo, sus discípulos, y muchos otros que han tomado inspiración en su ya dilatada obra.

Tierras holladas que al ser transitada por ellos han hecho caminos donde no los había. Y esto significa una ganancia muy grande en muchos casos. Mérito de Alejandro Llano ha sido traer a la discusión filosófica española temas, autores y debates de otras latitudes. Quizá el caso más conocido fuese su discusión sobre la postmodernidad llevada a cabo en La nueva sensibilidad, ya en la década de los 80, o la relevancia que para la metafísica tuvo la filosofía analítica, realizado en Metafísica y lenguaje una década antes.

La originalidad no es un valor en filosofía, en cambio el camino si lo es. Primero, porque abrir camino es inseparable de resolver aporías, de hacerlo transitable, de despejarlo de las dificultades que salen al paso, que como la Esfinge, pueden acabar con la vida, ya la de Edipo, ya la vida filosófica.

En segundo lugar, el camino implica reconocimiento, no hay camino sin que la tierra esté hollada, sin muchos que lo transiten. Camino en filosofía implica discusión, lugares comunes, cierta tópica de conceptos y métodos comunes. Y esto engarza con la concepción que de la universidad tiene Alejandro Llano. Una comunidad de profesores y alumnos en busca de la verdad. De aquí que el filosofar de Llano arranque situado en sus maestros: Antonio Millán-Puelles y Fernando Inciarte, a los que incesantemente se refiere Llano en las páginas de este libro. Sus caminos no han caído en el olvido, sino que son muy transitados actualmente. Por eso, el libro que presento, adquiere la forma de un diálogo, de una entrevista, sobre temas filosóficos; mejor sobre la filosofía asimilada, realizada e incorporada. Los interlocutores son tres de sus discípulos: Lourdes Flamarique (Universidad de Navarra), Marcela García (Ludwig-Maximilians-Universität, Múnich) y José María Torralba (University of Chicago). Su transitar estos caminos de la filosofía no es acrítico, sino que son para ellos caminos filosóficos. Esto se pone de relieve en la agudeza de sus observaciones, y en las novedades con que prolongan la inspiración inicial y los planteamientos de Llano.

Entre los caminos recorridos por Alejandro Llano, quisiera destacar sus andanzas por la interpretación trascendental de Kant, la superación del representacionismo, la antropología fenomenológica, la teoría de la acción y las convergencias entre filosofía contemporánea y filosofía clásica.

Quizá en el centro de todos estos caminos se encuentre su realismo sin empirismo, que como Wittgenstein señalaba, es lo más difícil en filosofía. De ahí arrancan sus estudios sobre el fenómeno y la experiencia en Kant. De ahí también sus intentos por descosificar la metafísica, y abrir sitio a los principios, a las relaciones y a las dimensiones de lo real que se manifiestan fenoménicamente. De ahí también la necesidad de estudiar la representación, y atender a lo enigmático de esta investigación, pues para tratar con la representación hay que hacerlo representativamente. De ahí también arranca la necesidad de distinguir entre concepto y representación, y al hacerlo demarcar lo real de lo objetivo, lo conceptual de lo representativo. De ahí también que Llano aborde los temas antropológicos desde la centralidad de la apertura cognoscitiva, y la trascendentalidad de la libertad. En estos dos temas es nuclear el tema de la irrealidad, de la objetividad, tanto que el autor llega a rectificar la definición zubiriana del ser humano, y considerarlo más como animal de irrealidades que de realidades. Tan sólo así se le hace espacio a la libertad, la deliberación y a los objetos puros que son patrimonio exclusivo de la intelección.

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