Llevar el peso del mundo. Sobre el buen pastor en Calvary de J. M. McDonagh.

Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla.

Calvary

Ficha técnica: Guión y dirección John Michael McDonagh; nacionalidad: Irlanda, Reino Unido; duración 104 minutos; año 2014; estreno en España: 6 de Marzo de 2015; actores principales: Brendan Gleeson (Father James), Chris O´Dowd, Kelly Reilly.

Hay profesiones que tratan con las fronteras profundas de la sociedad: policías, sanitarios, profesores, etc. Tal es su labor que se les reconoce que para ejercerla bien deben tener una especial vocación y entrega. Son profesiones que, de una forma u otra, ocupan las veinticuatro horas del día y que no se ven recompensadas con grandes contraprestaciones por parte de la comunidad. Como es lógico, la mayoría acaba arrojando la toalla al cabo de los años y la imagen social que se tiene de ellos a través de la cinematografía no es muy positiva: la del policía corrupto, la del sanitario despreocupado del dolor del paciente y la del profesor aquejado del síndrome burn-out. El modelo que viene a regenerar esas profesiones siempre es un mal comprendido héroe-protagonista que afortunadamente pone un poco de luz en la conveniencia del sacrificio y del servicio.

Otra de las profesiones que llevan el dolor del mundo –y muy especialmente- es la de sacerdote, vocación a la que el cine no suele tratar con especial delicadeza y que generalmente pone en relaciones complejas con el poder, el maltrato y el sexo. En este caso el cine en general es reflejo de la sociedad civil occidental puesto que no comprende la necesidad de esta tarea después de la desaparición del así llamado cristianismo sociológico y su sustitución por un cristianismo consciente y libremente elegido incluso contra la corriente: no suele haber películas donde la noche obscura, donde la vocación de sacrificio sacerdotal, se vea desde el punto de vista de la luz, es decir, se vea en el sentido positivo que engendra como tarea que merece  la pena. La pregunta que Occidente se hace es: ¿para qué hacen falta sacerdotes después de la muerte de Dios? Y la falta de respuesta de la mayoría a esa pregunta convierte la vida del presbítero que se mueve por la fe en el auténtico calvario que da título a esta película.

En Calvary se nos presenta la figura de un sacerdote muy humano y muy divino a la vez que tiene en su feligresía la fama de ser un hombre bueno y, es más, un buen sacerdote. Pero no por eso es un hombre comprendido y reconocido en su dignidad: muchos de aquellos a los que quiere ayudar son “ovejas perdidas” que se ríen de que esté alejado del vicio y de que su figura –Father James viste sotana- implique un compromiso con determinados cánones de virtud. Father James sufre el escarnio de todos aquellos a los que se entrega, vive su propio “calvario”. Pero su Semana Mayor, la que le conducirá al martirio y que es la que narra el filme, comienza cuando, en confesión, el penitente le dice que lo asesinará el domingo siguiente en la playa. No narraré el truculento motivo del crimen, solo que Father James hará de chivo expiatorio de los pecados de otros sacerdotes: es la imagen del Cristo Buen Pastor que no solo carga con la oveja descarriada sino también con los pecados de otros dando su vida por ellos. Su Semana Santa peculiar es la búsqueda –día tras día, de lunes a domingo- de aquel que va a matarlo para que no cometa su crimen. Y en esta búsqueda sigue su camino de acuerdo con su conciencia sacerdotal: respeta escrupulosamente lo dicho en el confesonario más allá de lo establecido canónicamente en el secreto de confesión, aplica su saber pastoral para atraer al bien a sus posibles verdugos y sigue haciendo su labor con aquellos que parece que nunca entienden su figura aunque bien que le piden consejo cuando están en apuros espirituales. Father James es el clavo ardiendo que siempre está a disposición de todos aun sufriendo la incomprensión de muchos: ¿quién tiene vocación de sacrificio a cambio de nada material en esta sociedad nuestra a quien todos se mide según su tener, según su placer y según su fama?

La película muestra el proceso por el que el sacerdote aparecerá al final como aquel Señor al que desea imitar: solo, desnudo y clavado al madero; viva imagen del dolor y del desconsuelo. Alguien quemará su templo: el lugar sagrado de su ejercicio ministerial. Alguien matará a su perro: el animal que le acompaña noche y día. Recibirá las críticas de la poca familia que le queda y la marcha airada del compañero sacerdote que le ayuda en sus labores parroquiales. Irá dejando atrás todo lo que le une al mundo, liberándose de las cosas que carga por el camino y convirtiendo sus ropas en andrajos hasta quedarse sencillamente sin nada. Y después de todo eso, de toda la ascesis concentrada en una semana que representa una vida de desprendimiento, llega el momento de la verdad, de enfrentarse con la muerte sin –literalmente- nada que perder. Es el momento del sacrificio y del martirio, de consumar una existencia que más que clamar por la propia vida pide al criminal que no cometa el acto que le condenará. No teme por su vida sino por la de su asesino. Ha bebido el cáliz hasta el final, hasta el amargor de los posos y nada le queda por hacer más que decir que todo está consumado.

¿Qué sentido tiene una vida de sacrificio sin la espera de una recompensa terrenal: sin la riqueza, el placer o la fama? Y solo cabe la respuesta de la fe.  Esa fe que es tan habitual en el sacerdote, centro de su vida y de su vocación, y que parece que está lejana de todo lo humano. El Dios es el motivo de la fe del sacerdote. Él le hace valiente para afrontar su servicio y le confiere sentido a su misión dentro de una sociedad que necesita modelos. Se cuestiona el servicio a Dios, por eso la figura del sacerdote es atacada y vilipendiada. Pero no lo sería tanto si, para entenderla, la comparamos estableciendo ciertas analogías con la fe de aquellos otros que desean cambiar un poco el mundo. Esa misma fe intramundana que mueve a muchos puede hacernos entender –mutatis mutandis- lo que mueve al sacerdote en la aceptación del martirio. Calvary muestra de forma positiva que la labor del sacerdote no es la de ser un funcionario del Cielo, que no se admite en él ningún tipo de síndrome del profesional quemado. De ahí lo ejemplar de su misión. Se dice de muchas profesiones que no son un trabajo sino una forma de vida y una vocación de entrega. Pero es la del buen sacerdote la que me parece que exige más sacrificio puesto que implica la negación de todo consuelo terrenal: el sacerdote toma su cruz, que es la de los demás, y sigue a su Señor sin esperar palmaditas en la espalda, el abrazo de un hijo o el falso consuelo de una borrachera de fin de semana.

¿Qué sentido tiene el sacerdote después de la muerte de Dios? Y la respuesta, posiblemente, es que con su ejemplo de santidad personal clama contra el error de esa misma pregunta. A Dios no lo ha vencido la Filosofía sino los pecados de los hombres y por eso hay que redimirlos. Los seres humanos necesitan un Cireneo que les ayude a soportar el camino de su propia oblación. Los seres humanos necesitan el consuelo y la gracia sacramental. Para algunos seres humanos sigue siendo verdad, parafraseo y al mismo tiempo corrijo a Heidegger poniendo el nombre de Dios en mayúsculas, que “solo un Dios puede salvarnos”. Mientras eso ocurra seguirá siendo necesaria la figura del sacerdote buen pastor que da su vida por sus ovejas. Calvary nos muestra un caso en el que literalmente ocurre exactamente eso. Es una película para ver y pensar. Es una película que, en general, puede ayudar a cambiar un mundo que necesita una transformación urgente.

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